La cola para entrar en Bacanal es
insoportablemente larga. Será por eso de las promociones especiales, pero
llevamos aquí plantados cerca de media hora. Suspiro y me recuesto contra la
pared más cercana, dispuesto a cerrar los ojos un momento para… ehm… para relajarme,
supongo.
—¡No
te duermas! —me
sobresalta una voz en la oreja.
Por poco me resbalo y caigo al suelo.
Miro enfadado a Camillo.
—¡Que
no me duermo! Estoy… —dirijo
mis ojos al cielo, buscando una buena respuesta—. Descansando los ojos.
—Già… ahora
se le llama así —se
burla.
Bah. Camillo siempre está igual; vive
por y para las fiestas. Alessandra y Claudia intercambian una mirada conmigo de
resignación. Yo me encojo de hombros.
Miro hacia delante. De verdad que está
cola me está matando.
—Esto
no es normal… —insisto.
Claudia se me acerca y empieza a
juguetear con el pañuelo a rayas que llevo al cuello. Luego, con aire
indiferencia, mira hacia la entrada.
—¿Crees
que pasará hoy algo?
Sé perfectamente a qué se refiere.
Miro de reojo a Camillo y Alessandra. Esta le está gritando al oído que no
piensa cuidarle ni una sola vez más. Camillo, por su parte, se ha puesto a
hablar con unas chicas que nos siguen en la cola.
Ug. Esto va a acabar mal.
Todos en clase creemos que Camillo y
Alessandra terminarán juntos. Ellos se gustan; es una tontería pensar lo
contrario. Las miradas y los gestos lo demuestran. Lo que pasa es que Camillo
es un vividor, un don Juan. Y Alessandra es demasiado orgullosa para admitir
que quiera algo con él.
En fin.
—Yo me
llamo Camillo, dios de las Bellas Artes de…
Esto se está desmadrando. Ante la
mirada de alerta de Claudia, me acerco a Camillo.
—Tranquilo,
todopoderoso dios de las Bellas Artes… —le
sigo el juego mientras le empujo hacia Claudia, de manera que pueda dejar de
incordiar.
Cuando le aparto, descubro al grupo de
cuatro chicas que estaban soportando su perorata. Me encuentro en la obligación
de disculparle:
—Ehm…
está desesperado porque llevamos aquí como, no sé, siglos –sonrío.
—Es
comprensible. Y más a estas horas, después de todo el día en clase. Quién no lo
estaría…
Dirijo mi mirada hacia la chica. De
grandes ojos miel y pelo rubio hasta la cintura, lleva un vestido blanco que
resalta el moreno de su piel. Está muy guap… qué demonios. Es guapísima.
—Francesca
—me
tiende la mano.
—Romeo
—se la
estrecho.
Le vuelvo a sonreír y ella agacha la
cabeza para volver a mirarme, a continuación, con simpatía. De repente, una
amiga suya rompe el contacto.
—¿Tú
bailas?
—Ahm… —me
sorprendo y la observo—.
¿Cómo?
—Te vi
en la función del año pasado —ríe
y explica-: Mi hermano es Giordano.
—Ma… ¿En
serio?
Alessandra me tira del brazo. La cola
ha empezado a moverse. Por fin. Mientras llegamos a la entrada, seguimos
hablando. Francesca es realmente simpática, un encanto de chica. Su amiga insiste
en lo bien que baile, y yo intento restar importancia a sus piropos.
Una vez penetramos en la oscuridad de
la sala, nos despedimos.
—Algún
día iré a verte a bailar —agrega
Francesca con otra sonrisa.
—Me
encantaría —admito.
Me aferro a la mano de Claudia, que me
conduce hacia la barra. Detrás de nosotros Camillo y Alessandra nos siguen.
Pero, de repente, Camillo se va hacia un lado de la sala y lo perdemos de
vista. Alessandra va tras él.
Agito la cabeza, y Claudia suspira.
—Déjalos.
—¿Qué?
—intenta
escucharme.
—Que-los-de-jes.
Nada. Imposible. Intercambiamos unos
gestos que indican que ella va al baño y yo pediré algo para los dos. Intento
hacerme un hueco en la barra, mientras intento hacerme pequeño. Si Fabiano está
ya aquí, no sé si quiero que me vea. Y Tae-Min… a saber. Ahora le enviaré un
mensaje.
Pido a un ajetreado camarero dos
cubatas. Tarda unos minutos que dedico a estudiar mi pañuelo. No sé si quiero
hablar con Fabiano, o si quiera verlo. ¿A qué vino eso de antes…?
Cuando me los da, y me dispongo a
marcharme, recibo un empujón. Me desestabilizo y el líquido se derrama… sobre
la camiseta de un chico que está a mi lado. Agh. Mierda.
—Ma… Excusi, excusi!
El chico se gira.
No me lo puedo creer: es Giulio.
—Ah… —las
palabras no vienen a mi boca—.
Yo…
Me observa con furia. Coge unas
servilletas de la barra e intenta, sin éxito, secarse. A su lado un chico de
ojos enormes me mira, pero yo estoy demasiado preocupado. Siempre la cago.
Mierda.
—En
serio, que lo siento —insisto.
No parece que quiera hablar conmigo.
De hecho, se dispone a marcharse.
—Giulio,
espera —dejo
un cubata y le cojo del brazo.
El contacto parece sacudirle como una
corriente eléctrica. Bruscamente, se aparta, repugnado. Me observa una última
vez; su mirada es fría, abrumadoramente fría. “Enano” y “torpe” son las únicas
palabras que consigo distinguir en medio del barullo. Luego, se aleja.
Me muerdo el labio inferior y dejo el
otro cubata en la barra.
Pues empezamos bien la noche…
Aaaaaaaaaaahh!! ¿¡Por quéee!? (me tiro de los pelos hasta la siguiente entrada)...
ResponderEliminarDe verdad, me encanta!!