En la TorVergata se me acerca un
compañero de clase con ganas de ser sociable. Mi cabeza está agitando todavía
el lambrusco de anoche y el humo de contrabando, y mi estómago parece una
lavadora centrifugando; no debería comprar más ese zumo de manzana austríaco…
Como decía, el tipo viene con cara de “buenos días” y una conversación en la
boca. Mi madre me ha educado para ser una persona civilizada, de manera que no
le sacudo cuando me golpea en el hombro y me dice:
—Bon giorno, Scamozzi!
—Vete al cuerno,
Lorenzo.
Mi madre me educó
para ser una persona civilizada. No una persona sociable.
Pero parece que el
resto del mundo está de muy buen humor porque hace sol, porque una ola de calor
repentino está sacudiendo Roma. Yo no. Lorenzo se ríe, hace un comentario
absurdo y se sienta a mi lado mientras repaso mis apuntes. O finjo que lo hago
para que se vaya.
—Resaca, ¿eh? Cómo
vives… Esta noche vamos a ir a Bacanal, ¿te vienes?
—Me parece que no.
—Venga, Giulio, necesitas
salir de casa. Además, tu colega Iván va a venir. Quiere hablar con el dueño, a
ver si os deja tocar allí.
—Qué ilusión
—comento. Busco mi reproductor de música en el bolsillo.
—Eso es que
vendrás, ¿verdad que sí?
—Seguro.
—¡Estupendo! Te veo
allí a las once. Y ponte guapo, que nunca se sabe… —se aleja riendo. Yo no
tengo ninguna intención de meterme en Bacanal. Es un garito pequeño, allí la
ente sólo va a ver fútbol en las pantallas gigantes, y tampoco es que me
apetezca mucho salir después del terrible dolor de cabeza de anoche. Eso sí,
las promociones con respecto al alcohol suelen ser buenas. Sobre todo para los
estudiantes, que no tenemos ni un céntimo.
Conecto la música y
la voz de Jay Smith me aleja de la facultad. Su versión rock de Bad Romance, el éxito de Lady GaGa,
consigue calmar a la manada de elefantes locos que me están haciendo trizas la
cabeza.
A la hora de comer,
me dejo caer en una silla de la cafetería. Estoy con más gente de mi clase,
pero no les presto atención. Simulo que me interesa la indignación de una
compañera ante un tío que no ha vuelto a llamar. Lógico, si la niña es un
cardo. Yo no sé cómo aquel tío tuvo estómago. Lorenzo parece opinar lo mismo,
porque me envía una mirada muy expresiva. Vuelvo a mis spaghetti; todavía sobraron aunque los cuatro lobos con los que
vivo se pusieron las botas.
El zumbido de mi
móvil me da un buen susto. Descuelgo en un acto reflejo, me arranco el
auricular de la oreja. Y casi la oreja.
—Pronto?
—Buenos días,
Giulio.
—Frani!
Salgo fuera del
recinto, me expongo a la luz solar. En el reflejo de la ventana, veo la sonrisa
de idiota que se me ha puesto. Me paso la mano por el pelo y le doy la espalda
a mi “otro yo”.
Que Fran sea mi
matrimonio concertado no quita que me lleve bien con ella. Porque sí, es
verdad, es en serio, Fran y yo estamos prometidos. Fue una locura de mi madre,
pero una locura que apoyaron también los padres de ella; parece que les caigo
bien. A mí no me incomoda. La conozco desde que somos pequeños, hemos sido
vecinos toda la vida y era la única niña con quien jugar en ese barrio de gente
con pasta. Así que dentro de unos años, tendré que casarme con ella. Tampoco es
para tanto.
—¡Hola…! Qué
sorpresa. ¿Qué… qué tal? —tampoco sé qué decirle; de verdad me ha pillado
desprevenido.
—Me apetecía
saludarte. ¿Ya estás en casa?
—No, me he quedado
a comer en la facultad. Tengo que entregar la práctica del Coliseo… —se ríe, o
sonríe, o hace algún ruido que me produce un cosquilleo en las puntas de los
dedos. Parezco idiota.
—¿Vas a salir esta
noche?
—¿Qué tiene todo el
mundo con que yo salga esta noche?
—Es que hoy es
jueves, Giulio. ¡Fiesta universitaria! —es verdad, se me había olvidado hasta
el día en el que estamos. Gruño—. Mis amigas y yo vamos a ir a Bacanal, están
locas con sus caipiriñas de fresa y sus pajitas negras… —finge que tose. Estoy
convencido de que se ha sonrojado—. Tú… ¿querrías…?
—¿Qué?
—Si querrías…
pasarte. Será divertido, seguro. Además, hace tiempo que no te veo, y… bueno,
se me había ocurrido.
De repente, la idea
no me parece tan terrible. Es verdad que no la veo desde hace dos semanas, o
tres. Con esfuerzo, le muestro mi aprobación. Le digo que iré, que a las once
estaré por allí. Después, se lo comento a Lorenzo, que loco de contento dice
que será una noche para recordar.
A mí, de alguna
manera, me da mala espina.
Muchachos y muchachas! me está encantando la historia! sigan así!!!
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