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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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martes, 5 de abril de 2011

Giulio - VI


En la TorVergata se me acerca un compañero de clase con ganas de ser sociable. Mi cabeza está agitando todavía el lambrusco de anoche y el humo de contrabando, y mi estómago parece una lavadora centrifugando; no debería comprar más ese zumo de manzana austríaco… Como decía, el tipo viene con cara de “buenos días” y una conversación en la boca. Mi madre me ha educado para ser una persona civilizada, de manera que no le sacudo cuando me golpea en el hombro y me dice:
Bon giorno, Scamozzi!
—Vete al cuerno, Lorenzo.
Mi madre me educó para ser una persona civilizada. No una persona sociable.
Pero parece que el resto del mundo está de muy buen humor porque hace sol, porque una ola de calor repentino está sacudiendo Roma. Yo no. Lorenzo se ríe, hace un comentario absurdo y se sienta a mi lado mientras repaso mis apuntes. O finjo que lo hago para que se vaya.
—Resaca, ¿eh? Cómo vives… Esta noche vamos a ir a Bacanal, ¿te vienes?
—Me parece que no.
—Venga, Giulio, necesitas salir de casa. Además, tu colega Iván va a venir. Quiere hablar con el dueño, a ver si os deja tocar allí.
—Qué ilusión —comento. Busco mi reproductor de música en el bolsillo.
—Eso es que vendrás, ¿verdad que sí?
—Seguro.
—¡Estupendo! Te veo allí a las once. Y ponte guapo, que nunca se sabe… —se aleja riendo. Yo no tengo ninguna intención de meterme en Bacanal. Es un garito pequeño, allí la ente sólo va a ver fútbol en las pantallas gigantes, y tampoco es que me apetezca mucho salir después del terrible dolor de cabeza de anoche. Eso sí, las promociones con respecto al alcohol suelen ser buenas. Sobre todo para los estudiantes, que no tenemos ni un céntimo.
Conecto la música y la voz de Jay Smith me aleja de la facultad. Su versión rock de Bad Romance, el éxito de Lady GaGa, consigue calmar a la manada de elefantes locos que me están haciendo trizas la cabeza.
A la hora de comer, me dejo caer en una silla de la cafetería. Estoy con más gente de mi clase, pero no les presto atención. Simulo que me interesa la indignación de una compañera ante un tío que no ha vuelto a llamar. Lógico, si la niña es un cardo. Yo no sé cómo aquel tío tuvo estómago. Lorenzo parece opinar lo mismo, porque me envía una mirada muy expresiva. Vuelvo a mis spaghetti; todavía sobraron aunque los cuatro lobos con los que vivo se pusieron las botas.
El zumbido de mi móvil me da un buen susto. Descuelgo en un acto reflejo, me arranco el auricular de la oreja. Y casi la oreja.
Pronto?
—Buenos días, Giulio.
Frani!
Salgo fuera del recinto, me expongo a la luz solar. En el reflejo de la ventana, veo la sonrisa de idiota que se me ha puesto. Me paso la mano por el pelo y le doy la espalda a mi “otro yo”.
Que Fran sea mi matrimonio concertado no quita que me lleve bien con ella. Porque sí, es verdad, es en serio, Fran y yo estamos prometidos. Fue una locura de mi madre, pero una locura que apoyaron también los padres de ella; parece que les caigo bien. A mí no me incomoda. La conozco desde que somos pequeños, hemos sido vecinos toda la vida y era la única niña con quien jugar en ese barrio de gente con pasta. Así que dentro de unos años, tendré que casarme con ella. Tampoco es para tanto.
—¡Hola…! Qué sorpresa. ¿Qué… qué tal? —tampoco sé qué decirle; de verdad me ha pillado desprevenido.
—Me apetecía saludarte. ¿Ya estás en casa?
—No, me he quedado a comer en la facultad. Tengo que entregar la práctica del Coliseo… —se ríe, o sonríe, o hace algún ruido que me produce un cosquilleo en las puntas de los dedos. Parezco idiota.
—¿Vas a salir esta noche?
—¿Qué tiene todo el mundo con que yo salga esta noche?
—Es que hoy es jueves, Giulio. ¡Fiesta universitaria! —es verdad, se me había olvidado hasta el día en el que estamos. Gruño—. Mis amigas y yo vamos a ir a Bacanal, están locas con sus caipiriñas de fresa y sus pajitas negras… —finge que tose. Estoy convencido de que se ha sonrojado—. Tú… ¿querrías…?
—¿Qué?
—Si querrías… pasarte. Será divertido, seguro. Además, hace tiempo que no te veo, y… bueno, se me había ocurrido.
De repente, la idea no me parece tan terrible. Es verdad que no la veo desde hace dos semanas, o tres. Con esfuerzo, le muestro mi aprobación. Le digo que iré, que a las once estaré por allí. Después, se lo comento a Lorenzo, que loco de contento dice que será una noche para recordar.
A mí, de alguna manera, me da mala espina.

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