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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

miércoles, 30 de marzo de 2011

Romeo - IV


Desde fuera del restaurante chino ya puedo olisquear la comida que están preparando. Años y años pasando tardes junto a una familia asiática me ha dotado de un curioso talento: diferenciar los olores propios de tal cocina extranjera –que no se parece demasiado a la italiana, para qué mentir-.
Abro la puerta y observo que el restaurante está medio lleno. Casi dudo entre marcharme, seguro de que Tae-Min estará ocupado con las mesas; demasiado agobiado para hacerme algo de caso.
Oigo una conversación en chino desde detrás de las puertas que delimitan la cocina. Me mantengo quieto, a la espera. Una última contestación masculina me remite a que Tae-Min, posiblemente, se esté quejando de algo. Sé que la entonación china es muy diferente de la italiana, pero sé distinguir cuando mi mejor amigo está disgustado por algo. Como ahora.
Surge de la cocina después de apoyar la espalda en la puerta, que cede ante su peso. Lleva en un mano un plato repleto de tallarines con ternera, mientras que en la otra se muestra, delicioso, un rollito de primavera.
Me relamo.
Y, entonces, levanta la cabeza y sus achinados ojos me ven.
¡Romeo! sonríe y, de repente, sacude la cabeza, confuso por su entusiasmo. Acompáñame, que ahora acabo agrega con más seriedad.
“¡Eso no te lo crees ni tú!”, escucho desde la cocina, y no contengo una risa. La madre de Tae-Min es así; para ellos lo primero son las obligaciones familiares. Y luego, el resto.
Tae-Min sacude la cabeza en un gesto resignado y enarca una ceja. Me indica que le siga, y me apresuro a hacerle caso antes de que la señora Li nos riña a ambos. Con la mejor de sus sonrisas, sirve los distintos platos. A continuación, se encamina hacia el pasillo del fondo, el que conduce a la parte de arriba, donde está la vivienda.
Me dispongo a seguirle, pero suena el móvil y me detengo para sacarlo de mi bolsillo. Descuelgo y comienzo a subir las escaleras, situadas al fondo del pasillo.
¡Rooomeo! es Ángela, cómo no. Con su llamada de información habitual, como pronto me revela. Se liaron.
¿En serio?
Totalmente. Yo no lo vi, porque justo en ese momento estaba en la barra, pero me lo han contando.
¿Quiénes?
Fuentes de confianza aclara con voz confidencial.
Tú y tus fuentes…
Sí, lo sé –continúa con falsa arrogancia. Escucha cambia de tono de voz. ¿Esta noche fiesta?
Pues… recapitulo brevemente mi día de hoy. Mi estómago se revuelve y me muerdo el labio inferior para no pronunciar el nombre que lleva todo el día dando vueltas por mi cabeza: Si te digo la verdad, hoy no tengo muchas ganas.
¡Pero Romeo…! —se indigna. ¿Cómo puedes no salir? Llevas así más de una semana… ¿Tú sabes lo insano que es eso? ¿Tú sabes…?
Para, para me rindo. ¿Cuál sería el plan?
Eeeso es un sí.
Es un quizá.
No te arrepentirás.
Y me cuelga.
Me quedo mirando el móvil con cara de pasmado, preguntándome qué clase de plan tiene previsto para esta noche. Agito la cabeza y opto por no pensar en ello. A saber…
Alcanzo a Tae-Min, que está prácticamente dentro de su habitación, donde se deja caer sobre la silla del escritorio.
Menudo día comenta.
Y que lo digas… coincido.
¿Por? ¿Ha pasado algo? se inquieta, inclinándose hacia mí.
Pse…
Dejo la cartera en el suelo y paseo por la habitación. Me acerco a la ventana y echo un vistazo a la calle.
Supongo que… no.
Casi puedo saber, sin darme la vuelta, la cara indescifrable de Tae-min. Sin embargo, mantengo la posición, observando el mundo exterior. Giulio me pasa por la cabeza una vez más. Luego, suspiro largamente.
Ya basta. Pensar en ello sólo me hará daño.
Cierro los ojos con fuerza y pienso que su imagen se desvanecerá de mi mente. Que mañana ya ni recordaré ni el color de sus ojos. Y una vocecilla, casi tan estridente como la de la madre de Tae-Min, se apresura a contestarme: “eso no te lo crees ni tú”. Bf. Pues perfecto.


lunes, 28 de marzo de 2011

Giulio - IV


Cuando salgo otra vez a la calle, me envuelve un olor familiar. Es el de una trattoria cercana. Me trae tantos recuerdos. Mi madre vive en uno de los barrios más pijos de toda Roma, en un duplex espacioso y que ha reformado, por lo menos, doce veces. Pero eso en ella es normal. Al menos una vez al mes cambia toda la decoración. Y cuando digo toda es toda. La última vez cambió las escaleras de mármol por unas de forja, de caracol. Mi madre está loca.
Camino por la calle lamentando no haber cogido las Rayban que me regaló por mi cumpleaños. Qué asco de luz solar, yo debería haber nacido murciélago. Cuando llego al ostentoso portal, el portero se pone firme y hace una ligera reverencia.
—Buenos días, signore Scamozzi.
Hago un gesto con la cabeza y me pregunto qué tienen de buenos. El piso de mi madre es el ático. Espero al ascensor y toso un par de veces. Todo el edificio despide un perfume dulzón y probablemente muy caro al que no me he acostumbrado. Ni siquiera después de veinte años viviendo allí. La puerta de mi madre tiene un enorme león en el dintel, de mármol de Carrara, que me mira con mala leche. Me dan ganas de enseñarle los dientes, a ver quién tiene peor cara.
Llamo al timbre, suenan las campanas de Santa María di Fiore y me abre Emilio, el mayordomo de mi madre. Con un escurridor de pasta en la cabeza. Ma, che cosa…!?
—¡Emilio! ¿Qué haces con…?
—Protegiendo las pocas ideas que me quedan sanas, signorino —dice, y con la mano en mi hombro empuja hacia abajo. En el marco de la puerta se clava un puñal. Pego un grito.
—¡Voto a bríos, que el anciano tiene buenos reflejos! ¡Pardiez, maldita tu suerte! Hubiera acertado en todo tu cogote, puedes jurarlo.
—Sin duda, signora.
—¿Quién viene a importunar nuestra sesión de puntería? ¡Que se presente o, voto a tal, le rebanaré el pescuezo!
Esa que está hablando como si acabara de salir del siglo XVII es mi madre. Levanto la mano y la saludo, con una media sonrisa asustada. La veo encima del respaldo de un sofá, con un corpiño ajustado, unas botas altas y todo su pelo oscuro al viento. Y con dos puñales más. Pero en cuanto me ve, los guarda en un cinturón de cuero, da un salto y viene corriendo hacia mí.
Il mio ragazzo! Carne de mis entrañas, luz de mi vida, ¡ven a darle un abrazo a tu vieja madre! Qué precioso estás, ¿te quedas a comer? Te ruego, comparte mi comida conmigo. Emilio, presto! Pon un poco más de condimento en el jornal, ¡el chico se queda a comer! Pasa, pasa, y ponte cómodo, ¡tráeme las buenas nuevas! Emilio, presto! ¡Un refrigerio para nuestro joven signore!
Me dejo caer en el sofá, de estilo neoclásico, con un suspiro de alivio. Por Dios, tendré que reconocerlo, mamá está muy guapa vestida de mosquetera. O de algo parecido. Y es que mi madre cada día hace de su vida una aventura diferente. Escoge una nueva afición, escoge una nueva época. Cada día es una novedad. Desde Reina de Saba, pasando por domadora de tigres, hasta marquesa de la Edad Media. Que, por cierto, fue ese mismo día en el que me prometió con Fran…
Emilio me trae un zumo de naranja recién exprimido. Adoro a este viejo pingüino. No se ha quitado el escurridor de la cabeza.
—¿Cómo es que hoy le ha dado por esto? —le susurro.
—Volvió a leer las novelas del capitán Alatriste, signorino, cuando ayer decía que era una buscadora de tesoros del otro lado del Missisipi —responde, diligente.
—¿Qué? ¡Te pedí que las escondieras! ¡Nada de cosas relacionadas con armas!
—Su madre es sagaz, signorino, y las encontró. Recemos por que no quiera adquirir un cañón o un navío de la Armada Invencible…
—¿Qué chismorreáis, pardiez? ¡Parecéis mujeres! —suelta una carcajada muy masculina y pone los dos pies sobre la mesa. Se acomoda y me dirige una sonrisa preciosa. Qué guapa es—. Tesoro, cuéntame, cuéntale a tu madre.
Siempre quiere que le cuente cosas. Es como si tuviera miedo de que la fuera a abandonar. ¡Ja! Nadie está tan loco como para abandonar a una madre. Porque será excéntrica, extraña y estará como una regadera. Pero es mi madre, y la quiero. Creo que ella y Emilio son las únicas personas que quiero en este mundo.
De repente, y para mi desconcierto, me pasa por la cabeza la risa de Fran y la cara de idiota de ese niño raro del Coliseo.

sábado, 26 de marzo de 2011

Romeo - III


Se aleja. Se va. Se pierde entre la multitud.
Tardo unos segundos en reaccionar. Luego, lentamente, recupero el control de mi cuerpo y me dirijo hacia la salida.
Seguro que ha pensado que soy un psicópata, un acosador.
Sacudo la cabeza mientras el sol de Roma me vuelve a golpear en los ojos, ya en la calle.
A veces no entiendo por qué la gente acumula tanta ira, tanta desconfianza y frialdad. Cuando ves la vida con optimismo, las cosas son muy diferentes. Y no digo que todo sea alegría; ni mucho menos. Simplemente que hay que mirar el vaso medio lleno, y no medio vacío.
Bah... En cualquier caso, creo que mi mañana artística ha acabado. Me detengo bruscamente: o no.
Con una nueva idea en la cabeza, me apresuro a llegar a la parada de bus más cercana. Lo pillo casi por los pelos y, una vez dentro, jadeo en busca de un asiento libre. No quiero pensar en Giulio, pero cuando me observo en el cristal su reflejo parece asaltarme. Desvío la mirada y me esfuerzo en no pensar en él.
Tres paradas más tarde, bajo. Sólo tengo que meterme por un callejón para acabar en Danzarmonia, mi academia de baile desde hace siete años. Penetro por su largo pasillo y desemboco en la clase donde, tengo entendido, se impartía hoy una lección. A la que, por cierto, ya llego tarde.
Uno, due, tréescucho desde el otro lado de la puerta y, vacilante, me decido a pasar. Parece que hoy haremos ballet.
Carlo, mi excéntrico profesor de baile, está en el centro de la sala. A su alrededor, un puñado de jovencitas con cancán tratan de mover las piernas al son que marca. Mientras, en una esquina, dos muchachos calientan en la barra.
Intento deslizarme hacia el vestuario antes de que me vea, pero mis pretensiones hoy no parecen que se vayan a cumplir.
Ma, che cosa, Romeo?!
Ciao…saludo algo azorado.
Pero ¿qué horas son estas? se indigna.
La verdad es que, vestido de rosa chicle y moviendo con cierta furia su pequeño bigote, apenas causa en mí intimidación. Más bien risa; una risa que contengo para evitar que se enfade más conmigo.
Excusibalbuceo.
¡Anda! Ve a ponerte las zapatillas. Ya.
No le hago esperar.
Me dirijo hacia los probadores, y no paso por alto la mirada que me dirige Fabiano desde la barra. Le sonrío brevemente. Baja la mirada y se vuelve a concentrar en la conversación que mantiene con Giordano.
Me faltaba ahora eso… Agh. Fabiano a veces es desconcertante.
Dentro del probador, voy a la taquilla de Carlo y escojo las zapatillas de ballet suaves. Aunque las de punta me observan con esperanza, cierro la puerta y decido que hoy no es el día de intentar superarse a sí mismo. Hoy, simplemente, vale la pena dejarse llevar. Por la música, en este caso.
Cuando salgo, dispuesto a integrarme en la clase, descubro que no hay nadie. Excepto Carlo, que por algún motivo que desconozco, se ha puesto unas gafas de sol y ha empezado a fumar. Agito la cabeza.
¿Qué no sabes que eso está prohibido? murmuro mientras me acerco al centro del cuarto.
Ma… se encoge de hombros. ¿Se puede saber qué te pasa?
¿Cómo? —inquiero, distraído, mientras estiro una pierna para comenzar a calentar.
No es la primera vez que recibo clases particulares después de otras lecciones, ni tampoco será la última. Después de siete años, Carlo tiene puestas en mí muchas de sus esperanzas. Entre ellas, llegar a convertirme en bailarín profesional. Algo que él ansía desde siempre y que  nunca ha podido conseguir. La típica historia, vaya, de maestro y aprendiz.
Te conozco murmura. Así que venga, cuéntamelo. Acabaremos antes.
Hoy… estiro los brazos y retengo el aire. Luego, los dejo caer. No es mi mejor día. O sí… agrego pensando en una mirada que pronto disuelvo de mi mente: No sé.
¿Es por Fabiano?
Agh. Otra vez.
No suspiro.
¿Lo conozco?
Carlo… le reprocho. Déjalo, en serio… Yo sólo… aprieto los labios. Sólo… He visto los ojos más bonitos del mundo. Pero ya está antes de que pueda decir algo, agrego: ¿Qué más da? ¿Sólo hay… 4 mil millones de personas en Roma? ¿Aproximadamente? Quiero decir, ¿hay posibilidades de que vuelva a verle?
Sabía que era por un chico.
Bufo y opto por no mirarle. Por el momento, me resisto a pensar que me ha dado tan fuerte por Giulio. Prefiero engañarme a mí mismo. Aunque sea un poquito. Decido desterrarlo de mi cabeza durante las próximas horas. Así, al menos, pensaré que los amores a primera vista, después de todo… existen, aunque sea en el ballet.

jueves, 24 de marzo de 2011

Giulio - III



Dejo el lápiz sobre el bloc, me quito las gafas y me froto los ojos. Llevo casi dos horas dibujando, perdiendo el tiempo y recibiendo mensajes de texto absurdos de mi compañero de piso, el ojiplático. Que las palomas de la ventana le están cagando las camisas. Que una toalla de color rosa –¿qué tío normal tiene una toalla de color rosa?– se ha quedado gris después de meterla en la lavadora. Para una vez que hace la colada… Espero que no se lo tome como un signo del destino.
Hace un día asqueroso. Demasiado sol. Por eso estoy a la sombra. Podría decirse que hace hasta calor. Pero, de repente, me remueve un escalofrío. Mi madre dice que para eso soy como un animal: siempre sé cuándo alguien me está mirando. Giro la cabeza.
Y le veo.
Me está mirando un crío raro, con el flequillo largo de lado, ¿le ha lamido el pelo una vaca? Un niño, si pasa la mayoría de edad, será cuestión de suerte. Enano, además, probablemente yo le saco una cabeza. Diría que está tísico, pero yo mismo estoy más bien delgado, así que mejor no opinar. Y me mira con una sonrisa de idiota. Arqueo una ceja. ¿Qué le pasa? Echo un ojo a mi alrededor para comprobar si no soy yo el objeto de su estudio visual, pero parece que me equivoco.
Intento volver a mis apuntes, la perspectiva de la grada me está quedando bastante bien. Pero no puedo concentrarme. Siento sus ojos clavados en la nuca. Aprieto el lápiz y le lanzo una mirada amenazadora. Él, rojo como un pimiento, desvía la vista con aire fantasioso. Hace como que estudia las piedras. Que ajusta su reloj. Retuerce el pañuelo que lleva puesto con dos dedos. Y vuelve a mirarme por el rabillo del ojo. Vomitivo. Dios mío, ¿de qué película adolescente se ha escapado?
No lo soporto.
Me levanto, recojo mis cosas y me voy. Ya terminaré la grada. Camino con rapidez, me sumerjo en el mar de turistas y lo pierdo de vista. Menos mal. Encuentro un nuevo sitio para colocarme y paso la página. Hojeo mis trabajos. Y me sube el corazón a los colmillos. Normalmente tomo notas cuando dibujo. Apunto nombres, medidas, cosas así. Entre las últimas piedras viejas que he dibujado, he escrito sin querer: Frani. Incluso he hecho un bosquejo de dos ojos, ¿serán los suyos?
Resoplo con brusquedad. Desde luego, hoy no es mi día.
—¡Qué pasada! ¡Es una maravilla de dibujo!
Ma, che cosa!?
Miro para arriba y contengo un grito. ¡Tengo al crío detrás, mirando mi dibujo por encima del hombro! Cierro el bloc, me pongo de pie y camino. Me sigue.
—¿Estudias Bellas Artes? —jadea, porque le cuesta seguirme el paso.
—No —gruño, y es todo lo que le voy a responder. Me vibra el móvil. ¿Es que todo me tiene que salir mal hoy? El niño no ceja en su empeño y continúa detrás de mí.
—Tus bocetos… —esquiva a una pareja de empalagosos y a un niño pesado—. ¡Tus bocetos son una maravilla! ¡Es increíble lo que haces con cuatro trazos…! Ya quisiera yo…
—¿Pero me quieres dejar en paz, tío raro? —me vuelvo, de repente, y le grito.
Él parpadea muchas veces, con los ojos muy abiertos. Si no ve el cartel de “lárgate” que tengo en la frente, es que de verdad es idiota. Abre la boca, compungido, y balbucea:
—Tienes razón… qué desastre. No me he presentado, ¡qué descortés! Hola, mi nombre es Romeo. ¿Cómo te llamas? —me tiende la mano.
Este crío es gilipollas.
—No te impor… —descuelgo mi móvil, pero no contesto. Al otro lado del teléfono, el ojiplático empieza a gritarme:
¡Giulio, tío! ¡Que las palomas han entrado en casa! ¿Qué hacemos? ¡Tío, son unas asesinas! ¡Giulio! ¿Y si nos…?—cuelgo. El mundo está lleno de idiotas. Y el idiota número uno, el que tengo delante, parece muy contento.
—¿Te llamas Giulio?
—No, me llaman así por hobby. ¡Piérdete!
Casi lo empujo para quitarlo del medio. Me alejo rápido, no vaya a ser que se venga detrás. Mientras camino guardo el bloc y las gafas en la bandolera, saco el bono del metro y me cabreo todavía más. Qué pesadez humana, ¿por qué la gente es tan rara?
Subo en el primer tren que pasa. Me quedo de pie, junto a la barra, y poco a poco me voy calmando. No soporto a la gente, de verdad que sería feliz en un mundo en el que viviera yo solo. Lo cual, en mi situación, es bastante paradójico. Porque, por si no había tenido bastantes locos esta mañana, ahora me voy a ver a mi madre. 

martes, 22 de marzo de 2011

Romeo - II


Así que al Coliseo.
Eso parece aparto la vista. Luego, confieso—: Tengo un attestato de la universidad TorVergata, y voy a aprovechar para dibujar ante la mirada de mi padre, agrego—: Para Análisis de la Forma sigue enarcando las cejas y, al final, me río—: ¡Una asignatura! Tengo que dibujar las figuritas para entender la geometría de… nada. Es imposible. ¡Bah, olvídalo, babbo!
Ya sabes que lo mío son los helados repone con otra sonrisa. ¿Y cómo es que tienes un pase de la TorVergata?
Ostras. Es verdad. Papá no sabe absolutamente nada de cuerpos geométricos en el espacio, cierto; pero tampoco de cómo funcionan las cosas hoy día. Y menos en las universidades.
Pues algunas tienen convenios y otras no. La TorVergata permite entrar gratis a sus alumnos con el attestato. La mía; no.
Ah… asiente lentamente, entendiendo un concepto que me apresura a revelar, contento. Tae-Min te lo ha conseguido, ¿eh?
Sí…
Tae-Min es mi mejor amigo. Lo conozco desde hace diez años, cuando sus padres vinieron a Roma buscando una vida mejor y abrieron un restaurante chino a escasos metros de mi casa, en Fiumicino. Después, y a consecuencia del éxito que cosecharon, se trasladaron a Roma. Pero yo nunca perdí la relación con él.
Siempre ha sido muy especial para mí. De una forma que ni yo mismo entiendo a veces…
Debería irme ya… suspiro.
¿Ya? se sorprende mi padre.
Me acerco y le abrazo con la promesa de que pasaré por la tarde para saludar a mamá. Me mira y me desea un buen día y un trabajo productivo. Y para que se cumplan esas perspectivas, nada mejor que un crêpe de chocolate. Así, salgo de la heladería relamiéndome los labios y con la una perspectiva mejor si cabe de mi vida.
El Coliseo no está lejos. Aunque podría coger el autobús, el día invita a pasearse. Por eso camino con tranquilidad hasta llegar a uno de los monumentos más emblemáticos de Roma. La cola me desespera, pero finalmente llego a las taquillas y muestro mi attestato, el cual alega que soy un estudiante de Arquitectura.
Subo a las gradas superiores y observo el paisaje lleno de turistas. Mis ojos captan tantas cosas que se me escapan. A lo lejos, una pareja se abraza. Un poco más cerca un niño pregunta a sus padres qué actividades realizaban los antiguos romanos en esa estructura. Sonrío sin poder evitarlo y me apresuro a sacar un papel de cartera –me tengo que comprar una bandolera o algo, por cierto- para intentar plasmar en él todos mis sentimientos, aunque me había prometido que hoy me dedicaría a clase.
Llevo el lápiz a mis labios y mis ojos empiezan a recorrer mi alrededor. La pareja a lo lejos comienza a andar cogidos de la mano. El niño tira de la camiseta de su padre aguardando una respuesta. Y…
Se me acaba el aire en un segundo.
Y… él. Él es la causa de que mis pulmones no quieran obedecerme.
Es un joven de mediana estatura, con el cabello despeinado, incluso desaliñado. Sus ojos marrones, fríos, estudian su alrededor para, un segundo después, trazar con un lápiz un dibujo que me moriría por ver ahora mismo. Mi mirada se posa en su nariz. En sus manos. En su boca.
Y trago saliva.
No me puedo creer lo que me está pasando. En serio, no puede ser. Desvío mi mirada, incómodo, inseguro. Pero apenas logro mi objetivo, porque en una fracción de segundo vuelvo a dirigir mis ojos hacia su figura.
“¿Crees en los amores a primera vista?”, me preguntó Tae-Min en una ocasión. “¿Acaso existen otros?”, le contesté.
Definitivamente no. Esté pasando lo que me esté pasando, ya noto mariposas en mi estómago. Y eso, en lugar de asustarme, hace que exhiba una sonrisa pequeñita.
La misma con la que se encuentra él cuando, por primera vez, me mira.