En la
penumbra de mi habitación, me restriego los ojos. Todavía no ha sonado el despertador,
pero un rayo de sol se ha colado por la persiana y me acaricia la cara. Sonrío
casi sin quererlo, disfrutando del buen día.
No es que me emocione otro amanecer…
Ajá.
Y ahí está el despertador.
… es que es el primero en que me
vienes a ver…
Alargo
la mano y lo cojo. La canción sigue sonando, y por un momento pienso en
dejarla. Me gusta. Es optimista y alegre. Sin embargo, por miedo a despertar a
alguien más, opto por apagarla.
Me
levanto y subo la persiana. Efectivamente, el sol de Roma me deslumbra y me
pongo una mano delante de los ojos, cegado. Pero qué buen día hace. Pero qué
ganas de vivir siento hoy… Aunque eso no sea raro en mí.
Me
doy la vuelta y me apresuro a vestirme. Escojo unos pantalones verdes, una
camiseta blanca y un pañuelo de rayas de color aceituna. Después, agarro la
cartera y meto unos cuantos papeles a toda prisa, con la impaciente necesidad
de salir fuera y contagiarme del día.
Paso
por el baño y me examino el rostro. Menuda cara. Vuelvo a sonreír, cojo un
peine y me lo paso por el flequillo rápido. Luego busco en un cajón la crema de
manos que me suelo aplicar, y me pongo un poco en la yema. Cierro la puerta con
cuidado y empiezo a restregármela.
Me
deslizo por el pasillo con cuidado y detecto que la puerta de Ángela, mi
compañera Erasmus española, está cerrada. Menuda fiesta se debió pegar ayer. No
aguanto las ganas de que me cuente qué sucedió, pero la puerta de la entrada
parece gritar mi nombre. Y no me encuentro en condiciones de rechazarla.
Salgo
a la calle y me dirijo hacia la parada de autobús más cercana. Tengo que ir a via Arenula, así que… Sí. Miro el número
del bus y me dispongo a interceptarlo cuando gira la esquina. Ya llevo tiempo
yendo a esa calle, pero todavía me cuesta asumir la inmensidad de Roma.
En
esa calle es donde mi padre inauguró hace escasos meses Il dolce sorriso, una heladería. Poco después de que yo me mudara a
Roma para empezar Bellas Artes en la Universidad, mis padres decidieron
instalarse también en la capital. Y lo cierto es que no les ha ido nada mal con
el negocio de helados. Poco a poco, más gente conoce il dolce sorriso. Y aunque viva en un piso de estudiantes, no dejo
de pasarme cada vez que puedo a saludar y ayudar en lo que pueda.
Me
bajo en la parada más cercana a la via,
y camino por las calles absorbiendo la energía del sol. Pero qué buen día hace.
Veo desde lejos el cartel de la heladería, y cuando me acerca los alegres
colores de sus paredes me salpican.
—¡Buenos días, babbo! —saludo a mi padre nada más entrar.
—¡Romeo, buenos días tengas tú! —me
exclama, agachado tras el mostrador.
Dejo
la cartera sobre una de los taburetes situados al lado de una diminuta barra
frente al mostrador, dispuesta para que algunos clientes se tomen allí los
helados. La gama de colores gélidos que se exhiben frente a mí hacen que abra
la boca. Realmente tienen buena pinta. Muy buena pinta.
El
colorido de Il dolce sorriso es uno
de sus puntos fuertes. También lo es los carteles de helados combinados,
anuncios de productos colocados en todas direcciones y un reloj con forma de
sol. Rápidamente me acerco para abrazar a mi padre.
—¿Dónde está mamá? —inquiero.
—Vendrá en un rato, tenía que ir a
comprar unas cosas.
—Va
bene —sonrío.
—
¿Y qué tal…?
Me
detengo al observar que entran por la puerta un grupo de cinco chicos. Mi padre
me guiña un ojo y saluda afablemente. Después de titubear un poco, uno de los
jóvenes chapurrea un buon giorno en
italiano, algo azorado. El resto del grupo empieza a observar, impresionados,
los helados.
Tendré
que dejar para más tarde la conversación con mi padre. Me dejo caer sobre la
barra y sonrío:
—¿Qué os pongo?
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