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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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lunes, 14 de marzo de 2011

Romeo - I


En la penumbra de mi habitación, me restriego los ojos. Todavía no ha sonado el despertador, pero un rayo de sol se ha colado por la persiana y me acaricia la cara. Sonrío casi sin quererlo, disfrutando del buen día.
No es que me emocione otro amanecer…
Ajá. Y ahí está el despertador.
… es que es el primero en que me vienes a ver…
Alargo la mano y lo cojo. La canción sigue sonando, y por un momento pienso en dejarla. Me gusta. Es optimista y alegre. Sin embargo, por miedo a despertar a alguien más, opto por apagarla.
Me levanto y subo la persiana. Efectivamente, el sol de Roma me deslumbra y me pongo una mano delante de los ojos, cegado. Pero qué buen día hace. Pero qué ganas de vivir siento hoy… Aunque eso no sea raro en mí.
Me doy la vuelta y me apresuro a vestirme. Escojo unos pantalones verdes, una camiseta blanca y un pañuelo de rayas de color aceituna. Después, agarro la cartera y meto unos cuantos papeles a toda prisa, con la impaciente necesidad de salir fuera y contagiarme del día.
Paso por el baño y me examino el rostro. Menuda cara. Vuelvo a sonreír, cojo un peine y me lo paso por el flequillo rápido. Luego busco en un cajón la crema de manos que me suelo aplicar, y me pongo un poco en la yema. Cierro la puerta con cuidado y empiezo a restregármela.
Me deslizo por el pasillo con cuidado y detecto que la puerta de Ángela, mi compañera Erasmus española, está cerrada. Menuda fiesta se debió pegar ayer. No aguanto las ganas de que me cuente qué sucedió, pero la puerta de la entrada parece gritar mi nombre. Y no me encuentro en condiciones de rechazarla.
Salgo a la calle y me dirijo hacia la parada de autobús más cercana. Tengo que ir a via Arenula, así que… Sí. Miro el número del bus y me dispongo a interceptarlo cuando gira la esquina. Ya llevo tiempo yendo a esa calle, pero todavía me cuesta asumir la inmensidad de Roma.
En esa calle es donde mi padre inauguró hace escasos meses Il dolce sorriso, una heladería. Poco después de que yo me mudara a Roma para empezar Bellas Artes en la Universidad, mis padres decidieron instalarse también en la capital. Y lo cierto es que no les ha ido nada mal con el negocio de helados. Poco a poco, más gente conoce il dolce sorriso. Y aunque viva en un piso de estudiantes, no dejo de pasarme cada vez que puedo a saludar y ayudar en lo que pueda.
Me bajo en la parada más cercana a la via, y camino por las calles absorbiendo la energía del sol. Pero qué buen día hace. Veo desde lejos el cartel de la heladería, y cuando me acerca los alegres colores de sus paredes me salpican.
¡Buenos días, babbo! saludo a mi padre nada más entrar.
¡Romeo, buenos días tengas tú! me exclama, agachado tras el mostrador.
Dejo la cartera sobre una de los taburetes situados al lado de una diminuta barra frente al mostrador, dispuesta para que algunos clientes se tomen allí los helados. La gama de colores gélidos que se exhiben frente a mí hacen que abra la boca. Realmente tienen buena pinta. Muy buena pinta.
El colorido de Il dolce sorriso es uno de sus puntos fuertes. También lo es los carteles de helados combinados, anuncios de productos colocados en todas direcciones y un reloj con forma de sol. Rápidamente me acerco para abrazar a mi padre.
¿Dónde está mamá? inquiero.
Vendrá en un rato, tenía que ir a comprar unas cosas.
Va bene sonrío. ¿Y qué tal…?
Me detengo al observar que entran por la puerta un grupo de cinco chicos. Mi padre me guiña un ojo y saluda afablemente. Después de titubear un poco, uno de los jóvenes chapurrea un buon giorno en italiano, algo azorado. El resto del grupo empieza a observar, impresionados, los helados.
Tendré que dejar para más tarde la conversación con mi padre. Me dejo caer sobre la barra y sonrío:
¿Qué os pongo?

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