Se aleja. Se va. Se pierde
entre la multitud.
Tardo unos segundos en reaccionar. Luego, lentamente, recupero el
control de mi cuerpo y me dirijo hacia la salida.
Seguro que ha pensado que soy un
psicópata, un acosador.
Sacudo
la cabeza mientras el sol de Roma me vuelve a golpear en los ojos, ya en la
calle.
A veces no entiendo por qué la gente acumula tanta ira, tanta
desconfianza y frialdad. Cuando ves la vida con optimismo, las cosas son muy
diferentes. Y no digo que todo sea alegría; ni mucho menos. Simplemente que hay
que mirar el vaso medio lleno, y no medio vacío.
Bah... En cualquier caso, creo que mi mañana artística ha acabado.
Me detengo bruscamente: o no.
Con una nueva idea en la cabeza, me apresuro a llegar a la parada de
bus más cercana. Lo pillo casi por los pelos y, una vez dentro, jadeo en busca
de un asiento libre. No quiero pensar en Giulio, pero cuando me observo en el
cristal su reflejo parece asaltarme. Desvío la mirada y me esfuerzo en no
pensar en él.
Tres paradas más tarde, bajo. Sólo tengo que meterme por un callejón
para acabar en Danzarmonia, mi
academia de baile desde hace siete años. Penetro por su largo pasillo y
desemboco en la clase donde, tengo entendido, se impartía hoy una lección. A la
que, por cierto, ya llego tarde.
—Uno, due, tré… —escucho
desde el otro lado de la puerta y, vacilante, me decido a pasar. Parece que hoy
haremos ballet.
Carlo,
mi excéntrico profesor de baile, está en el centro de la sala. A su alrededor,
un puñado de jovencitas con cancán tratan de mover las piernas al son que
marca. Mientras, en una esquina, dos muchachos calientan en la barra.
Intento
deslizarme hacia el vestuario antes de que me vea, pero mis pretensiones hoy no
parecen que se vayan a cumplir.
—Ma,
che cosa, Romeo?!
—Ciao…—saludo
algo azorado.
—Pero ¿qué horas son estas? —se
indigna.
La
verdad es que, vestido de rosa chicle y moviendo con cierta furia su pequeño
bigote, apenas causa en mí intimidación. Más bien risa; una risa que contengo
para evitar que se enfade más conmigo.
—Excusi… —balbuceo.
—¡Anda! Ve a ponerte las zapatillas.
Ya.
No le hago esperar.
Me dirijo hacia los probadores, y no paso por alto la mirada que me
dirige Fabiano desde la barra. Le sonrío brevemente. Baja la mirada y se vuelve
a concentrar en la conversación que mantiene con Giordano.
Me faltaba ahora eso… Agh. Fabiano a veces es desconcertante.
Dentro del probador, voy a la taquilla de Carlo y escojo las
zapatillas de ballet suaves. Aunque las de punta me observan con esperanza,
cierro la puerta y decido que hoy no es el día de intentar superarse a sí
mismo. Hoy, simplemente, vale la pena dejarse llevar. Por la música, en este
caso.
Cuando salgo, dispuesto a integrarme en la clase, descubro que no
hay nadie. Excepto Carlo, que por algún motivo que desconozco, se ha puesto
unas gafas de sol y ha empezado a fumar. Agito la cabeza.
—¿Qué no sabes que eso está prohibido? —murmuro
mientras me acerco al centro del cuarto.
—Ma…
—se
encoge de hombros—. ¿Se puede saber qué te pasa?
—¿Cómo? —inquiero,
distraído, mientras estiro una pierna para comenzar a calentar.
No es
la primera vez que recibo clases particulares después de otras lecciones, ni
tampoco será la última. Después de siete años, Carlo tiene puestas en mí muchas
de sus esperanzas. Entre ellas, llegar a convertirme en bailarín profesional.
Algo que él ansía desde siempre y que
nunca ha podido conseguir. La típica historia, vaya, de maestro y
aprendiz.
—Te conozco —murmura—.
Así que venga, cuéntamelo. Acabaremos antes.
—Hoy… —estiro
los brazos y retengo el aire. Luego, los dejo caer—.
No es mi mejor día. O sí… —agrego pensando en una mirada que
pronto disuelvo de mi mente—: No sé.
—¿Es por Fabiano?
Agh.
Otra vez.
—No —suspiro.
—¿Lo conozco?
—Carlo… —le
reprocho—. Déjalo, en serio… Yo sólo… —aprieto
los labios—. Sólo… He visto los ojos más bonitos
del mundo. Pero ya está —antes de que pueda decir algo, agrego—:
¿Qué más da? ¿Sólo hay… 4 mil millones de personas en Roma? ¿Aproximadamente?
Quiero decir, ¿hay posibilidades de que vuelva a verle?
—Sabía que era por un chico.
Bufo
y opto por no mirarle. Por el momento, me resisto a pensar que me ha dado tan
fuerte por Giulio. Prefiero engañarme a mí mismo. Aunque sea un poquito. Decido
desterrarlo de mi cabeza durante las próximas horas. Así, al menos, pensaré que
los amores a primera vista, después de todo… existen, aunque sea en el ballet.
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