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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

martes, 25 de diciembre de 2012

Giulio - XXIII


Mi primer impulso es arquear la ceja y poner cara de asco. Definitivamente este chaval es idiota.
—Pero si no tienes ni idea de dónde voy, y yo tampoco. ¿Qué vas a ayudarme buscar? —estiro el brazo tan bruscamente que, por un momento, me asusto porque parece que le vaya a tirar el móvil a la cabeza.
Él se encoge, como una tortuga, y mete las manos en el bolsillo de su sudadera. Mira el pavimento y murmura:
—Bueno, lo siento.
Me muerdo el labio. Guardo el móvil y me aprieto los dedos contra el entrecejo; suelo hacerlo cuando estoy nervioso. Por mi cabeza, se pasea mi madre. Y Fran. Suelto el aire bruscamente y dejo caer los hombros.
—Perdona. No… no va contigo.
Y lo pienso de verdad. Estoy que echo humo porque el gilipuertas de Iván Johnny me llamó tres paradas antes de la que tocaba y yo, claro, me bajé del metro. He ido caminando sin rumbo por calles que no conozco, y ahora estoy perdido con la única persona con la que no quiero estar. Aunque de eso él no tiene la culpa. Tampoco tengo por qué portarme como un capullo.
Él vuelve a encogerse de hombros, pero no me mira.
—No pasa nada.
Meto las manos en los bolsillos yo también. Nos pasan los coches, el ajetreo de Roma en general, con el ruido y el barullo; eso hace que el silencio sea menos incómodo. Nos quedamos un rato callados hasta que a mí se me ocurre una de las frases más inteligentes de este universo:
—¿Has comido ya?
Aunque un poco chocado por el ímpetu de mi pregunta, niega con la cabeza y nos ponemos a buscar el local de pizza al taglio más cercano. Mientras esperamos nuestras porciones en el mostrador, me doy cuenta de que es considerablemente más bajito que yo, y tirando a enano. Tampoco es que yo sea un geyperman, todo lo contrario. Pero digamos que es la primera vez que le miro de verdad.
Y tiene un día negro. No sé qué será, pero tiene cara de entierro. No me nace preguntarle nada; bastante tengo ya con mis propios quebraderos de cabeza.
Sentados en las escaleras del edificio de un banco, comemos en silencio. Ninguno dice una sola palabra. Lo veo jugar con la servilleta, por el rabillo del ojo. Está nervioso, y me está poniendo nervioso a mí también. ¿No podría estarse quietecito? Resoplo y miro para otro lado, apoyando la barbilla en la palma de mi mano. Entonces, me llega su vocecilla ridícula:
—¿Desde cuándo… tocas?
—Desde siempre —contesto, mecánicamente, y sin quitarme la mano de la boca. Vuelve el silencio. Me viene a la mente Fran, otra vez. Ella, probablemente, querría que yo fuera amable con el chaval. Ese pensamiento hace que se me revuelva el estómago. Siento que tengo que preguntarle también —: ¿Y tú desde cuándo… bailas?
—Desde siempre —dice, igual de mecánico que yo.
No puedo evitarlo, se me escapa una sonrisa sonora. Qué rencoroso. De acuerdo, supongo que me lo merecía. Cuando vuelvo la cabeza, descubro que me está mirando con unos ojos que no sé descifrar.
—¿Qué? —le increpo.
—No… nada. Pensaba en que… bueno, me resulta curioso que no dejemos de cruzarnos. Quiero decir, Roma es grande…
—Dios, no lo menciones. Parece que hayas cogido el maldito gusto de seguirme a todas partes —refunfuño, mientras me froto la cara—. A todo esto, ¿tú qué haces aquí?
Coge aire y lo suelta en un suspiro muy dramático. Mierda, acabo de abrir la caja de Pandora. La explicación tiene pinta de ser larga. Y yo no quiero que me lo cuente, en realidad. Era una pregunta retórica. Pero no puedo hacer nada por evitar el derramamiento de palabras; ahora me toca ser cívico y asumir las consecuencias de mis actos. Joder, yo hoy llevo la negra.
—Es por una amiga. Lo está pasando bastante mal por culpa de un chico. Bueno, de un chico, que también es mi amigo. Se gustan… pero… él no lo está haciendo demasiado bien. Ella sufre mucho. Está fatal. Yo… venía para hacerle un poco de compañía. A levantarle el ánimo, ya sabes. Vive ahí, justo enfrente. Habíamos quedado aquí pero… no creo que vaya a aparecer.
—Qué poético —me mofo—. O sea, que has venido a hacer de pañuelo de mocos de una persona que ni te va ni te viene, básicamente por que sí. Qué noble. Me vas a hacer vomitar.
—Es lo que hacen los amigos —replica.
—No me vengas a dar lecciones de amistad, chaval. Te saco unos cuantos años y creo saber algo más de la vida, gracias —me voy a levantar, voy a coger mi guitarra y me voy a ir. No quiero estar cerca de él.
Me levanto y le doy la espalda. Me marcho. Ya le he dado la oportunidad, no quiero que nadie me sermonee sobre nada. No quiero volver a verlo. Sea lo que sea aquello que me cabrea cuando lo tengo cerca, quiero que desaparezca.
—¡Dios, no entiendo cómo alguien tan dulce como Francesca puede relacionarse con una persona como tú! ¡Eres insoportable!


Me doy la vuelta y me quedo mirándolo. A los ojos. Se ha puesto de pie, con los puños cerrados, y una expresión que no le había visto hasta ahora. Está enfadado. Tiene cara de “estoy hasta los huevos de ti”. Tiene, exactamente, la misma cara que yo. Entonces, como un relámpago, vuelvo a verlo bailando y representándome a mí mismo encima del escenario.
Algo retumba en mi estómago. Sube por mis pulmones, muy deprisa, y trepa por mi esófago hasta resonar en mi boca y salir. No puedo evitarlo, y me echo a reír. Sin malicia, sin recochineo. Es que me divierte de verdad ver que, por un momento, el crío maravillosamente educado y sentimental se ha transformado en una persona como yo.
—No eres siempre tan agradable y educado, ¿eh?—me río, antes de que él pueda reaccionar.
—Contigo es imposible. Eres odioso.
—Mucha gente lo piensa —digo, y sigo sonriendo. Acabo de descubrir que me encanta sacarlo de quicio. Y que, en realidad, puede que tengamos algún tipo de conexión—. Pero no todo el mundo lo dice. Me gustan las personas sincercas.
Le lanzo la mano hacia delante, con una sonrisa que se columpia entre el chiste de la situación y un pequeño porcentaje de mí que realmente está contento, por haber descubierto en ese cuerpo raquítico una parte de mí mismo.
—Hola. Me llamo Giulio. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Romeo - XXII


Me pego con un sonoro cabezazo contra la ventana del autobús.
—Auch… —murmuro llevándome una mano a la sien, y lanzando una mirada frustrada hacia el conductor que, como la mayoría de los italianos, disfruta jugándosela con la muerte cada vez que se sube a un vehículo de cuatro ruedas.
Debe ser la resaca, pero estoy realmente apático. Lo noto. Y eso que yo soy una persona alegre… o, al menos, lo era. Suspiro largamente y jugueteo con los cordones de mi sudadera a rallas. Sé que me comprometí a sacar a Alessandra de su casa fuera como fuera, pero en el fondo lo que me gustaría es que alguien me animara a mí. Debe ser la resaca –eso me esfuerzo en pensar-, pero en mi mente sólo está Giulio.
Creo que es masoquismo. Es evidente que no soy para él nada más que una distracción, una manera de pasar el rato. La realidad es que yo soy el problemático, el tarado. El que no se puede olvidar de su mirada. Sólo pensar en la última vez que nos vimos hace que se me erice el vello de la nuca… Aunque quizá tenga algo que ver el hecho de que iba semi-desnudo.
Joder.
Ojalá está desagradable sensación fuera sólo la resaca.
Me bajo en la parada más cercana a casa de Alessandra, y camino por el parque en el que la he citado. Hoy está nublado, y hace un poco más de frío. Me arrebujo en la sudadera y maldigo el día, que parece haberse levantado del mismo humor que yo.
Cuando llego a la esquina, me detengo para buscarla en la acera de enfrente.
Ni-rastro.
Ahogando una maldición, me acerco hasta la parada de metro y me recuesto contra la estructura. Estoy tan absorto en mis pensamientos, que sólo el escuchar una estridente voz a mi lado hace que salga de ellos.
—¿Qué? ¿Hacia dónde…? ¿Pero no me has dicho qué bajara en…? Mira que estás capullo…
Poco acostumbrado a reacciones de ese tipo, me permito echar un vistazo al autor de las preguntas, pero el pelo le cubre tanto la cara que apenas consigo verla.
Hasta que gira la cabeza en mi dirección.
Y me quedo blanco como la pared.
Es Giulio.
Él, todavía teléfono en mano, abre la boca y se queda paralizado. Enarco una ceja lentamente, sin ser consciente de mi gesto extrañado. Ambos sabemos que es demasiado tarde para fingir habernos visto, pero ninguno se decide a saludar.
—Ahm, sí, sí, te oigo —suelta entonces Giulio y, enfadado, se dirige a la voz que le grita a través del aparato—. Ya me apaño. Sí —sarcástico, deja escapar una risa amarga­—: Ah, pues no sé… Hay una cosa llamada mapa. Para no verla con tus ojazos, cabrón.
Reprimo llevarme una mano al corazón, que late desbocado. Me ha afectado más de lo que pensaba ese amago de sonrisa, tan inalcanzable como extrañamente agradable.
Finalmente, Giulio cuelga el teléfono con un movimiento de barbilla y, tras guardarlo en el bolsillo de su vaquero, se queda mirándome.
—Ciao —consigo decir tras unos segundos que se me antojan horas. Qué-lento-estoy.
—Ei.
—Hmm, ¿qué tal?
—Aquí.
Un premio a esta conversación, en serio. Viva la elocuencia.
Antes de perder la oportunidad de perderlo de vista –no hace falta ser un genio para saber qué está intentando llegar a algún sitio-, mi cerebro reacciona y me permite elaborar una frase de más de tres palabras.
—¿Vas a otro concierto o algo así?
—Realmente, no.
Lo evalúo desde mi posición y me doy cuenta de que su rabia no está canalizada hacia mí. A pesar de nuestro último encuentro, supone toda una sorpresa.
Parece captar mi mirada estudiosa, y se apresura a carraspear:
—Voy a ver un local para ensayar, pero no me han indicado bien. Estoy… hmm, perdido. Supongo.
Es increíble, pero Giulio parece estar esforzándose en ser educado. Por un motivo que, obviamente, se me escapa.
Asiento y esbozo una sonrisa. Decido no pensar demasiado. Dejarse llevar, que dicen, por esta sensación que me recorre entero.
—Si quieres, te ayudo —me ofrezco—. Soy un completo desastre con la orientación, pero cuatro ojos ven más que dos, ¿no?

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Giulio - XXII




Con las manos entrelazadas apretándome los labios, llevo veinte minutos mirando por la ventana, pero sin ver nada realmente. Tengo los apuntes desperdigados por el cuarto, los planos de unas cuantas prácticas de dibujo que tengo que terminar, una memoria a medias en el portátil, la guitarra al lado, apoyada en la pared, y la música puesta. Lo he intentado todo para distraerme, pero no me puedo quitar de la cabeza la llamada perdida en el teléfono. 
Romeo me llamó. Además, de madrugada. A saber qué querría. Tamborileo en la mesa, miro por enésima vez el móvil, en la mesita de noche (casualmente lo más lejos de mí que se puede) y resoplo. Me veo en el reflejo.
Ese niño me tiene intrigado de verdad. Todo me da vueltas. ¿Pero tanto me importa? ¿Tanto me preocupa? Me recorre un escalofrío. ¡Claro que no! Me importa un carajo lo que ese crío haga o deje de hacer. Me levanto de golpe y me voy a la cocina. Le pego un trago al zumo austríaco de manzana y apoyo la frente en la puerta de la nevera.
Lo que debería hacer es calmarme. Y bajar al TuoDi a por más mejunje austríaco. Me quito las gafas y me froto los ojos. No me lo saco de la cabeza. Maldito crío. No sé qué es, pero me provoca una sensación… extraña. Nunca había sentido nada parecido. Es como si mi cuerpo tuviese la necesidad de tenerlo delante para patearle el culo. No entiendo nada. Pero nada de nada. Vuelvo a mi cuarto y cojo el teléfono. Ahí está, una llamada perdida de Romeo de la madrugada del concierto.
Todo viene a mi cabeza. Su cara de idiota mirando mis dibujos en el Coliseo, su cara de memo cuando me tiró el cubata por encima en Bacanal, su cara de imbécil contrariado cuando lo tuve delante, después de su recital, y dije que no lo había visto en mi vida. Aquel maldito recital. Repaso mentalmente su actuación. Desde luego, nadie podría haber representado mejor cómo me siento. Y eso… eso no puede ser del todo malo. También recuerdo las palabras de mi madre y su insistencia en que le dé una oportunidad a este chico que, por casualidades de la vida, no dejo de encontrarme.
Me tumbo boca arriba, sin soltar el móvil.
Yo no creo en el karma, en el destino, en nada de eso.
Desbloqueo la pantalla y vuelvo al registro de llamadas. Detengo el pulgar sobre su nombre. Romeo. Mira que es ridículo.
No creo que todo tenga un motivo. Lo de este chico es casualidad. Pero…
Cierro los ojos y pienso en mi madre.
¿Pero y si esto no fuese una casualidad?
El berrido de mi teléfono me corta el momento melodramático. Tengo el cacharro tan cerca de la oreja que cuando suena me destroza el tímpano. Se me escapa un taco y miro la pantalla. Es Iván. No puedo evitar un gruñido. A saber qué tripa se le ha roto.
De muy mal humor, descuelgo.
—¿Qué mierda quieres ahora?
—Yo también te quiero, capullo —me responde, con toda su tranquilidad—. ¿Estás haciendo algo muy interesante?
—No, nada que valga la pena —resoplo, y dejo las gafas en la mesilla—. ¿Qué me ofreces?
—He encontrado un sitio que alquila locales. Para ensayar y eso. Estaría bien salir del garaje de Marco y pagarse un sitio decente, que parecemos adolescentes americanos con granos. ¿Te vienes a verlo?
—Bien —me pongo de pie y, mientras sujeto el móvil con el hombro para quedarme con las indicaciones, me voy poniendo las zapatillas. Cojo la chaqueta y miro por la ventana. Está nublado, gracias a Dios. Me enrollo la bufanda al cuello y juego con mis llaves antes de metérmelas en el bolsillo—. Iván, me estoy liando. ¿Cuándo llegue al cruce me voy a la izquiera o a la derecha? ¿O directamente pregunto?
—Mira, no te líes. Tú vete a Termini y espérame allí. Cuando te haga una perdida, te metes en el siguiente metro que pase.
—De acuerdo. Ahora te veo.
—¡Giulio! Tráete la guitarra y probamos la acústica. El tipo que lleva esto es muy majo y nos deja ver qué tal funcionamos.
—¿Y me tengo que llevar el ampli también?
—No, nos presta uno.
—¿Eléctrica o acústica?
—Lo que te rote.
—Acústica.
—Mariquita —se ríe.
—¿A que no voy?
—Que es una broma. Qué buen humor tienes, jodido.
—Ahora te veo. Que te den —le cuelgo y enfundo el teléfono en mi otro bolsillo.
Me cuelgo la guitarra al hombro, hago un repaso mental y salgo de mi piso. Bajando las escaleras de Furio Camillo, voy censurando a mi mente para que no piense más en Romeo. Odio reconocerlo, pero ese chaval me descoloca. En mis orejas suena Black Stone Cherry, y me dan extraños escalofríos cuando escucho al letra de Hell and high water. Justo antes de meterme en el metro, miro el teléfono otra vez, con el mismo nerviosismo con que lo miraba en la habitación.
I can lose a damn war all by myself if you were on the other side.
Trago saliva. Ma… che cosa?
He estado a punto de llamarlo; no me lo creo. Suspiro y me devora el subterráneo. Madre mía, qué poco me ha faltado para cagarla espectacularmente.

sábado, 21 de enero de 2012

Romeo - XXI


Me despierto con mal sabor de boca.
Anoche viví una auténtica odisea en el taxi. Camillo empezó a vomitar y, obviamente, el taxista nos hizo bajar del coche antes de que le “estropeásemos toda la noche”. Por las calles de Roma, cargamos con él hasta la parada de bus más cercana –¿a media hora de allí, aproximadamente?–. Alessandra empezó a llorar, y mientras Claudia intentaba animarla, Camillo cogió mi móvil e insistió en que llamara a Giulio –yo no lo hice, pero cuando me lo devolvió se reía de forma siniestra… en fin.
Fue una auténtica locura.
Oculto mi cara bajo la almohada.
Me suena el móvil, pero no me apetece hablar con nadie. Me imagino que será Tae-Min, ansioso por saber qué pasó. Pero ¿qué contarle? ¿Acaso pasó algo?
La insistencia de la melodía me obliga, finalmente, a alargar la mano y llevármelo al oído.
Pronto?
Hola Romeo. ¿Qué tal estás?
Sorprendente, pero no es Tae-Min. Sino Alessandra. Y parece realmente hecha polvo. Intento incorporarme un poco de la cama, consciente de que necesita ánimos.
Yo bien, pero ¿y tú? ¿Cómo te encuentras?
Fatal…
Rompe a llorar.
Me revuelvo el pelo, indeciso. Aprieto los labios y suspiro:
Tranquila, Ale… Venga, va…
Nada. Sus sollozos se hacen más sonoros.
Voy a por ti ahora mismo.
¿Qué? Eso parece cambiarle el tono de voz, que pasa de la desesperación a la sorpresa.
Que me visto y voy a por ti. Nos vamos a comer por ahí o algo, y hablamos.
Ay, no Romeo… estoy horrorosa hoy.
No seas tonta me levanto y subo la persiana. Hoy hace un sol más tibio. Además, ya estoy vistiéndome. No hay más que hablar.
Pero…
Media hora, Ale. En el parque de enfrente de tu portal.
Y cuelgo.
Lo mejor es no dar opciones de que se niegue. En estas circunstancias, o sales y te distraes, o puedes morir en una lenta agonía a base de chocolate y películas románticas. Y a mí también me vendrá bien salir y no calentarme la cabeza más de lo necesario.
Escojo una sudadera de rallas, y una gorra para la cabeza. Por último, la bufanda, más las llaves, dinero… sí, lo llevo todo.
Solo cuando he subido al autobús y me dirijo hacia casa de Alessandra... me doy cuenta de que me he olvidado el móvil. Me muerdo el labio inferior y espero, de corazón, que no me deje colgado en medio de unos cuantos árboles esperándola.