Mi
primer impulso es arquear la ceja y poner cara de asco. Definitivamente este
chaval es idiota.
—Pero si no tienes ni idea de dónde voy, y yo tampoco. ¿Qué vas a
ayudarme buscar? —estiro el brazo tan bruscamente que, por un momento, me
asusto porque parece que le vaya a tirar el móvil a la cabeza.
Él se encoge, como una tortuga, y mete las manos en el bolsillo de
su sudadera. Mira el pavimento y murmura:
—Bueno, lo siento.
Me muerdo el labio. Guardo el móvil y me aprieto los dedos contra
el entrecejo; suelo hacerlo cuando estoy nervioso. Por mi cabeza, se pasea mi
madre. Y Fran. Suelto el aire bruscamente y dejo caer los hombros.
—Perdona. No… no va contigo.
Y lo pienso de verdad. Estoy que echo humo porque el gilipuertas
de Iván Johnny me llamó tres paradas antes de la que tocaba y yo, claro, me
bajé del metro. He ido caminando sin rumbo por calles que no conozco, y ahora
estoy perdido con la única persona con la que no quiero estar. Aunque de eso él
no tiene la culpa. Tampoco tengo por qué portarme como un capullo.
Él vuelve a encogerse de hombros, pero no me mira.
—No pasa nada.
Meto las manos en los bolsillos yo también. Nos pasan los coches,
el ajetreo de Roma en general, con el ruido y el barullo; eso hace que el silencio
sea menos incómodo. Nos quedamos un rato callados hasta que a mí se me ocurre
una de las frases más inteligentes de este universo:
—¿Has comido ya?
Aunque un poco chocado por el ímpetu de mi pregunta, niega con la
cabeza y nos ponemos a buscar el local de pizza al taglio más cercano. Mientras esperamos nuestras porciones en el
mostrador, me doy cuenta de que es considerablemente más bajito que yo, y
tirando a enano. Tampoco es que yo sea un geyperman,
todo lo contrario. Pero digamos que es la primera vez que le miro de verdad.
Y tiene un día negro. No sé qué será, pero tiene cara de entierro.
No me nace preguntarle nada; bastante tengo ya con mis propios quebraderos de
cabeza.
Sentados en las escaleras del edificio de un banco, comemos en
silencio. Ninguno dice una sola palabra. Lo veo jugar con la servilleta, por el
rabillo del ojo. Está nervioso, y me está poniendo nervioso a mí también. ¿No
podría estarse quietecito? Resoplo y miro para otro lado, apoyando la barbilla
en la palma de mi mano. Entonces, me llega su vocecilla ridícula:
—¿Desde cuándo… tocas?
—Desde siempre —contesto, mecánicamente, y sin quitarme la mano de
la boca. Vuelve el silencio. Me viene a la mente Fran, otra vez. Ella,
probablemente, querría que yo fuera amable con el chaval. Ese pensamiento hace
que se me revuelva el estómago. Siento que tengo que preguntarle también —: ¿Y
tú desde cuándo… bailas?
—Desde siempre —dice, igual de mecánico que yo.
No puedo evitarlo, se me escapa una sonrisa sonora. Qué rencoroso.
De acuerdo, supongo que me lo merecía. Cuando vuelvo la cabeza, descubro que me
está mirando con unos ojos que no sé descifrar.
—¿Qué? —le increpo.
—No… nada. Pensaba en que… bueno, me resulta curioso que no
dejemos de cruzarnos. Quiero decir, Roma es grande…
—Dios, no lo menciones. Parece que hayas cogido el maldito gusto
de seguirme a todas partes —refunfuño, mientras me froto la cara—. A todo esto,
¿tú qué haces aquí?
Coge aire y lo suelta en un suspiro muy dramático. Mierda, acabo
de abrir la caja de Pandora. La explicación tiene pinta de ser larga. Y yo no
quiero que me lo cuente, en realidad. Era una pregunta retórica. Pero no puedo
hacer nada por evitar el derramamiento de palabras; ahora me toca ser cívico y
asumir las consecuencias de mis actos. Joder, yo hoy llevo la negra.
—Es por una amiga. Lo está pasando bastante mal por culpa de un
chico. Bueno, de un chico, que también es mi amigo. Se gustan… pero… él no lo
está haciendo demasiado bien. Ella sufre mucho. Está fatal. Yo… venía para
hacerle un poco de compañía. A levantarle el ánimo, ya sabes. Vive ahí, justo
enfrente. Habíamos quedado aquí pero… no creo que vaya a aparecer.
—Qué poético —me mofo—. O sea, que has venido a hacer de pañuelo
de mocos de una persona que ni te va ni te viene, básicamente por que sí. Qué
noble. Me vas a hacer vomitar.
—Es lo que hacen los amigos —replica.
—No me vengas a dar lecciones de amistad, chaval. Te saco unos
cuantos años y creo saber algo más de la vida, gracias —me voy a levantar, voy
a coger mi guitarra y me voy a ir. No quiero estar cerca de él.
Me levanto y le doy la espalda. Me marcho. Ya le he dado la
oportunidad, no quiero que nadie me sermonee sobre nada. No quiero volver a
verlo. Sea lo que sea aquello que me cabrea cuando lo tengo cerca, quiero que
desaparezca.
—¡Dios, no entiendo cómo alguien tan dulce como Francesca puede
relacionarse con una persona como tú! ¡Eres insoportable!
Me doy la vuelta y me quedo mirándolo. A los ojos. Se ha puesto de
pie, con los puños cerrados, y una expresión que no le había visto hasta ahora.
Está enfadado. Tiene cara de “estoy hasta los huevos de ti”. Tiene,
exactamente, la misma cara que yo. Entonces, como un relámpago, vuelvo a verlo bailando
y representándome a mí mismo encima del escenario.
Algo retumba en mi estómago. Sube por mis pulmones, muy deprisa, y
trepa por mi esófago hasta resonar en mi boca y salir. No puedo evitarlo, y me
echo a reír. Sin malicia, sin recochineo. Es que me divierte de verdad ver que,
por un momento, el crío maravillosamente educado y sentimental se ha
transformado en una persona como yo.
—No eres siempre tan agradable y educado, ¿eh?—me río, antes de
que él pueda reaccionar.
—Contigo es imposible. Eres odioso.
—Mucha gente lo piensa —digo, y sigo sonriendo. Acabo de descubrir
que me encanta sacarlo de quicio. Y que, en realidad, puede que tengamos algún
tipo de conexión—. Pero no todo el mundo lo dice. Me gustan las personas
sincercas.
Le lanzo la mano hacia delante, con una sonrisa que se columpia
entre el chiste de la situación y un pequeño porcentaje de mí que realmente
está contento, por haber descubierto en ese cuerpo raquítico una parte de mí
mismo.
—Hola. Me llamo Giulio.
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