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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Giulio - XXII




Con las manos entrelazadas apretándome los labios, llevo veinte minutos mirando por la ventana, pero sin ver nada realmente. Tengo los apuntes desperdigados por el cuarto, los planos de unas cuantas prácticas de dibujo que tengo que terminar, una memoria a medias en el portátil, la guitarra al lado, apoyada en la pared, y la música puesta. Lo he intentado todo para distraerme, pero no me puedo quitar de la cabeza la llamada perdida en el teléfono. 
Romeo me llamó. Además, de madrugada. A saber qué querría. Tamborileo en la mesa, miro por enésima vez el móvil, en la mesita de noche (casualmente lo más lejos de mí que se puede) y resoplo. Me veo en el reflejo.
Ese niño me tiene intrigado de verdad. Todo me da vueltas. ¿Pero tanto me importa? ¿Tanto me preocupa? Me recorre un escalofrío. ¡Claro que no! Me importa un carajo lo que ese crío haga o deje de hacer. Me levanto de golpe y me voy a la cocina. Le pego un trago al zumo austríaco de manzana y apoyo la frente en la puerta de la nevera.
Lo que debería hacer es calmarme. Y bajar al TuoDi a por más mejunje austríaco. Me quito las gafas y me froto los ojos. No me lo saco de la cabeza. Maldito crío. No sé qué es, pero me provoca una sensación… extraña. Nunca había sentido nada parecido. Es como si mi cuerpo tuviese la necesidad de tenerlo delante para patearle el culo. No entiendo nada. Pero nada de nada. Vuelvo a mi cuarto y cojo el teléfono. Ahí está, una llamada perdida de Romeo de la madrugada del concierto.
Todo viene a mi cabeza. Su cara de idiota mirando mis dibujos en el Coliseo, su cara de memo cuando me tiró el cubata por encima en Bacanal, su cara de imbécil contrariado cuando lo tuve delante, después de su recital, y dije que no lo había visto en mi vida. Aquel maldito recital. Repaso mentalmente su actuación. Desde luego, nadie podría haber representado mejor cómo me siento. Y eso… eso no puede ser del todo malo. También recuerdo las palabras de mi madre y su insistencia en que le dé una oportunidad a este chico que, por casualidades de la vida, no dejo de encontrarme.
Me tumbo boca arriba, sin soltar el móvil.
Yo no creo en el karma, en el destino, en nada de eso.
Desbloqueo la pantalla y vuelvo al registro de llamadas. Detengo el pulgar sobre su nombre. Romeo. Mira que es ridículo.
No creo que todo tenga un motivo. Lo de este chico es casualidad. Pero…
Cierro los ojos y pienso en mi madre.
¿Pero y si esto no fuese una casualidad?
El berrido de mi teléfono me corta el momento melodramático. Tengo el cacharro tan cerca de la oreja que cuando suena me destroza el tímpano. Se me escapa un taco y miro la pantalla. Es Iván. No puedo evitar un gruñido. A saber qué tripa se le ha roto.
De muy mal humor, descuelgo.
—¿Qué mierda quieres ahora?
—Yo también te quiero, capullo —me responde, con toda su tranquilidad—. ¿Estás haciendo algo muy interesante?
—No, nada que valga la pena —resoplo, y dejo las gafas en la mesilla—. ¿Qué me ofreces?
—He encontrado un sitio que alquila locales. Para ensayar y eso. Estaría bien salir del garaje de Marco y pagarse un sitio decente, que parecemos adolescentes americanos con granos. ¿Te vienes a verlo?
—Bien —me pongo de pie y, mientras sujeto el móvil con el hombro para quedarme con las indicaciones, me voy poniendo las zapatillas. Cojo la chaqueta y miro por la ventana. Está nublado, gracias a Dios. Me enrollo la bufanda al cuello y juego con mis llaves antes de metérmelas en el bolsillo—. Iván, me estoy liando. ¿Cuándo llegue al cruce me voy a la izquiera o a la derecha? ¿O directamente pregunto?
—Mira, no te líes. Tú vete a Termini y espérame allí. Cuando te haga una perdida, te metes en el siguiente metro que pase.
—De acuerdo. Ahora te veo.
—¡Giulio! Tráete la guitarra y probamos la acústica. El tipo que lleva esto es muy majo y nos deja ver qué tal funcionamos.
—¿Y me tengo que llevar el ampli también?
—No, nos presta uno.
—¿Eléctrica o acústica?
—Lo que te rote.
—Acústica.
—Mariquita —se ríe.
—¿A que no voy?
—Que es una broma. Qué buen humor tienes, jodido.
—Ahora te veo. Que te den —le cuelgo y enfundo el teléfono en mi otro bolsillo.
Me cuelgo la guitarra al hombro, hago un repaso mental y salgo de mi piso. Bajando las escaleras de Furio Camillo, voy censurando a mi mente para que no piense más en Romeo. Odio reconocerlo, pero ese chaval me descoloca. En mis orejas suena Black Stone Cherry, y me dan extraños escalofríos cuando escucho al letra de Hell and high water. Justo antes de meterme en el metro, miro el teléfono otra vez, con el mismo nerviosismo con que lo miraba en la habitación.
I can lose a damn war all by myself if you were on the other side.
Trago saliva. Ma… che cosa?
He estado a punto de llamarlo; no me lo creo. Suspiro y me devora el subterráneo. Madre mía, qué poco me ha faltado para cagarla espectacularmente.

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