El aire es cada vez más pesado a mi
alrededor. Huele a mi perfume, a humanidad, a alcohol y a garito cerrado. Mis
párpados bajados me protegen de las luces de flash y de los focos. Paseo las
yemas por el mástil de mi guitarra. Suspiro.
Es la noche.
En mi cabeza, flotan los momentos
previos a estar aquí, de pie, delante de un montón de gente que no conozco.
Momentos en casa, mientras me estaba vistiendo. He escogido unos vaqueros
oscuros, ligeramente ceñidos, que Fran escogió para mí. Además, llevo una
camiseta negra, un pañuelo rojo enrollado a la muñeca derecha y colgando del
cuello una lámina de titanio que me regaló Iván por mi cumpleaños. En mi
memoria, escucho el silbido burlón del ojiplático, lo veo apoyado en el marco
de la puerta con toda su indumentaria de hijo del trueno.
—Muy sexy —ha dicho. Luego, se ha puesto
serio —. Llegó la hora.
Yo me he girado, con una sonrisa.
—Allá vamos.
No hemos dado muchos conciertos. A decir
verdad, sólo tocamos una vez en la graduación de un primo del bajista. Y, la
verdad, fue un poco desastre. Me recorren continuos escalofríos. Intento que no
se me note. El dueño del pub habla, y habla. Suben los gritos desde el suelo
hasta el escenario, la gente dice cosas, el pitido molesto de los
amplificadores gime con las pruebas de última hora. Yo no le presto atención a
nada. Sólo siento mi guitarra en las manos.
Mi guitarra. Mi amiga del alma, mi compañera,
mi mejor amante, la dueña y a la vez la prisionera de mis emociones.
Respiro profundamente. El tío sigue hablando.
El humo del tabaco me llena los pulmones; ni idea de que aquí se podía fumar.
El pitido se mantiene en el aire, como un diapasón. Separo los párpados, apenas
una rendija. Me ciegan los focos, tengo la mirada desenfocada, soy incapaz de
identificar las caras que se apiñan a nuestro alrededor, bajo la tarima de
madera. Pero diferencio perfectamente la silueta de Iván, avanzando hacia el
micrófono.
Durante un segundo, nuestro tiempo se para.
Vuelve la cabeza para mirarme. Todo es una cámara lenta. Su pelo, perfecto,
ondea como una bandera. Sus ojos azules son auténticas linternas. Ese brillo de
emoción me pone los pelos de punta. Todo se para. Es silencio.
Se detiene.
Hasta la gente de abajo ha enmudecido,
cohibida ante la presencia de un auténtico rockero que va a hacerles estremecer
los huesos con su voz. Inspira profundamente, se toma su tiempo.
Sigue el silencio. El batería carraspea.
Iván me mira directamente. Me guiña un ojo.
—YEAH!
Mis dedos destrozan las cuerdas de la
guitarra. Empiezo a recorrer todo el mástil ante la ovación de la gente. Iván
mueve la cabeza, esboza una sonrisa malvada y canta.
—Get
your motor running… —mi guitarra le responde —. Head out on the highway! Looking for adventure… —los acordes lo
electrizan —. And whatever comes our way…
yeah!
Me acerco al micrófono para acompañar la voz
de Iván con la mía. Aunque el sonido no es muy bueno, no puedo evitar sonreír.
Le encanta esta canción, y siempre dice que si la entonamos juntos es mucho
mejor. De reojo, le observo. La aureola del foco, el sudor y su sonrisa lo
hacen parecer un demonio que se divierte descontrolando a los mortales.
Me río.
—Yeah,
darling, go, make it happen. Take the World in a love embrace…
Meneo la cabeza, me contagio de la música.
—Like a true
nature's child …
Acelero los acordes, vuelvo al
micrófono.
—We were born,
born to be wild…
Me concentro en concederle el mejor
sonido al ojiplático.
—We can climb so
high… I never wanna die…
suelto la guitarra, todo se para un
momento. Con una mirada cómplice y fugaz, Iván y yo agarramos los micros.
Cogemos aire. Algo va a explotar dentro de él. Y a mí me salpica. Allá vamos.
—BORN TO BE WILD!
—Born to be wild! —coreo.
—One, two, three… go!
Llega el momento del solo. Casi de un salto me separo del pie de
metal, me inclino sobre la guitarra y me concentro sólo en ella. En acariciarla
casi con salvajismo, en arrancarle las notas que me sé de memoria y conseguir
que sólo seamos dos, ella y yo. Cuando toco y me concentro, yo no me muevo
casi, apenas un movimiento en mí. Pero la energía me electriza hasta el
cabello, que ya estaba peinado hacia arriba y ahora parecen miles de púas que
van a salir volando.
Iván me señala con el brazo, pero no me doy cuenta. No escucho.
Estoy absorbido por mi guitarra y sus calambrazos de rock.
—Signores y signorinas… ¡El mejor guitarrista del
mundo!