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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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jueves, 15 de septiembre de 2011

Giulio - XVIII


El aire es cada vez más pesado a mi alrededor. Huele a mi perfume, a humanidad, a alcohol y a garito cerrado. Mis párpados bajados me protegen de las luces de flash y de los focos. Paseo las yemas por el mástil de mi guitarra. Suspiro.
Es la noche.
En mi cabeza, flotan los momentos previos a estar aquí, de pie, delante de un montón de gente que no conozco. Momentos en casa, mientras me estaba vistiendo. He escogido unos vaqueros oscuros, ligeramente ceñidos, que Fran escogió para mí. Además, llevo una camiseta negra, un pañuelo rojo enrollado a la muñeca derecha y colgando del cuello una lámina de titanio que me regaló Iván por mi cumpleaños. En mi memoria, escucho el silbido burlón del ojiplático, lo veo apoyado en el marco de la puerta con toda su indumentaria de hijo del trueno.
—Muy sexy —ha dicho. Luego, se ha puesto serio —. Llegó la hora.
Yo me he girado, con una sonrisa.
—Allá vamos.
No hemos dado muchos conciertos. A decir verdad, sólo tocamos una vez en la graduación de un primo del bajista. Y, la verdad, fue un poco desastre. Me recorren continuos escalofríos. Intento que no se me note. El dueño del pub habla, y habla. Suben los gritos desde el suelo hasta el escenario, la gente dice cosas, el pitido molesto de los amplificadores gime con las pruebas de última hora. Yo no le presto atención a nada. Sólo siento mi guitarra en las manos. 
Mi guitarra. Mi amiga del alma, mi compañera, mi mejor amante, la dueña y a la vez la prisionera de mis emociones.
Respiro profundamente. El tío sigue hablando. El humo del tabaco me llena los pulmones; ni idea de que aquí se podía fumar. El pitido se mantiene en el aire, como un diapasón. Separo los párpados, apenas una rendija. Me ciegan los focos, tengo la mirada desenfocada, soy incapaz de identificar las caras que se apiñan a nuestro alrededor, bajo la tarima de madera. Pero diferencio perfectamente la silueta de Iván, avanzando hacia el micrófono.
Durante un segundo, nuestro tiempo se para. Vuelve la cabeza para mirarme. Todo es una cámara lenta. Su pelo, perfecto, ondea como una bandera. Sus ojos azules son auténticas linternas. Ese brillo de emoción me pone los pelos de punta. Todo se para. Es silencio.
Se detiene.
Hasta la gente de abajo ha enmudecido, cohibida ante la presencia de un auténtico rockero que va a hacerles estremecer los huesos con su voz. Inspira profundamente, se toma su tiempo.
Sigue el silencio. El batería carraspea.
Iván me mira directamente. Me guiña un ojo.
YEAH!
Mis dedos destrozan las cuerdas de la guitarra. Empiezo a recorrer todo el mástil ante la ovación de la gente. Iván mueve la cabeza, esboza una sonrisa malvada y canta.
Get your motor running… —mi guitarra le responde —. Head out on the highway! Looking for adventure… —los acordes lo electrizan —. And whatever comes our way… yeah!
Me acerco al micrófono para acompañar la voz de Iván con la mía. Aunque el sonido no es muy bueno, no puedo evitar sonreír. Le encanta esta canción, y siempre dice que si la entonamos juntos es mucho mejor. De reojo, le observo. La aureola del foco, el sudor y su sonrisa lo hacen parecer un demonio que se divierte descontrolando a los mortales.
Me río.
Yeah, darling, go, make it happen. Take the World in a love embrace…
Meneo la cabeza, me contagio de la música.
Like a true nature's child …
Acelero los acordes, vuelvo al micrófono.
We were born, born to be wild…
Me concentro en concederle el mejor sonido al ojiplático.
We can climb so high… I never wanna die…
suelto la guitarra, todo se para un momento. Con una mirada cómplice y fugaz, Iván y yo agarramos los micros. Cogemos aire. Algo va a explotar dentro de él. Y a mí me salpica. Allá vamos.
BORN TO BE WILD!
Born to be wild! —coreo.
One, two, three… go!
Llega el momento del solo. Casi de un salto me separo del pie de metal, me inclino sobre la guitarra y me concentro sólo en ella. En acariciarla casi con salvajismo, en arrancarle las notas que me sé de memoria y conseguir que sólo seamos dos, ella y yo. Cuando toco y me concentro, yo no me muevo casi, apenas un movimiento en mí. Pero la energía me electriza hasta el cabello, que ya estaba peinado hacia arriba y ahora parecen miles de púas que van a salir volando.
Iván me señala con el brazo, pero no me doy cuenta. No escucho. Estoy absorbido por mi guitarra y sus calambrazos de rock.
Signores y signorinas… ¡El mejor guitarrista del mundo!

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