He de reconocerlo. A mí, en
particular, nunca me ha gustado el rock. Pero debo admitir que lo hacen bien.
Muy bien.
Intento no perder de vista a Giulio,
pero resulta prácticamente imposible cuando un hombre de dos metros se me pone
delante. Me gustaría decirle que se quitara de en medio, pero no creo que sea
la opción más prudente.
A mi lado derecho, Claudia me mira con
pena. No le acaba de gustar el local, y es obvio. Está muy oscuro, empieza a
oler mal y el humo de tabaco apenas nos deja respirar. Me pregunto por qué habrán
elegido este local. O quizá, bueno, es lo que más pega con su estilo…
En cualquier caso, que acabe ya. Y me
pueda acercar a Giulio. Y quizá entonces averiguar por qué me ha invitado.
Me roza el brazo izquierdo Alessandra.
Su cara no es muy distinta a la de Claudia, salvo que viene acompañada por el
cabreo. Nada más entrar Camillo se esfumó alegando que iba a pedir algo a la
barra. Todavía ahora, noventa minutos después, no sabemos donde se ha metido. Y
eso la desquicia.
Como si hubiera escuchado mi petición,
el amigo ojiplático de Giulio –y que parece su sombra, ciertamente-, se acerca
al micro y se despide del público, no sin antes agradecer su presencia. Salen
del escenario vitoreados, y siento la emoción que estarán viviendo, donde
quiera que se hayan metido. Es la misma que experimento yo cuando acabo un
recital de danza clásica.
El dueño del local sale y también se
despide prometiendo mucho rock. No
tarda en llegar a nuestros oídos.
Nos acercamos a la barra, donde
podemos hablar más tranquilamente.
—¿Qué
os ha parecido?
—El
chaval lo hace bien —afirma
Claudia, sorprendida—. La
verdad es que muy bien. A mí me ha sorprendido. Pero este antro es horrible…
—Oye,
me voy a buscar a Camillo —dice
Alessandra, y sin esperar una respuesta, se da la vuelta y se pierde entre la
multitud.
Enarco las cejas:
—En
fin…
—Oye,
¿y tú qué vas a hacer?
—Yo,
¿de qué? —me
hago el loco.
—Vas a
felicitar a Giulio o algo, ¿no? —me
muerdo el labio, indeciso, y Claudia frunce más el ceño—. ¿Si no por qué estamos
aquí?
—Ya,
ya lo sé —pongo
las manos a modo de pantalla protectora de su mordaz pregunta—. Pero estará saludando a
sus amigos ahora. No quiero agobiarle…
Puede sonar estúpido, pero no sería la
primera vez que me insulta o me dirige miradas cargadas de odio. Que sí, que me
dijo él que viniera. Pero todavía no sé por qué.
—Venga,
Romeo… Vamos a ir ahora mismo.
—No,
no, ahora no…
Claudia me agarra de la mano y
emprendemos el camino hacia la parte trasera del escenario, donde se intuye que
estarán cambiándose en alguna salita destinada a ello. Al llegar a una puerta
cerrada, le insisto en que nos marchemos. Voy a parecer un psicópata
desesperado. Justo lo que me faltaba…
—No
seas gallina —me
dice duramente—.
Tae-Min no ha venido por no enfrentarse a la cara de este tío otra vez. Pero tú
estás aquí; él te ha invitado. Hay que saber qué quiere o qué le pasa. De una
vez.
—Claudia…
No podemos seguir hablando. La puerta
se ha abierto. Y enfrente de nosotros el chico ojiplático nos mira con intriga.
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