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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

lunes, 21 de noviembre de 2011

Giulio - XXI


—¡Me cago en la puta! —Iván cierra la puerta tan fuerte que se tambalea toda la pared. Yo estoy a punto de darme contra los azulejos en toda la frente. 
—Iván, cálmate —intento parecer tranquilo. Una mierda, estoy literalmente muerto del miedo —. No lo saques de quicio.
—¿Qué era esa cosa? ¿Qué coño era esa cosa? —sigue gritando él, agarrado al vano de la puerta del cuarto de baño. De casa de mi madre, por cierto —. Porca putanna!
El aseo es muy pequeño y estar los dos histéricos dentro no es muy tranquilizador. Fuera, escuchamos las carcajadas de mi madre. Yo trago saliva y, temblando, alargo los dedos para agarrar el picaporte. Iván me detiene.
—¿Estás loco?
—Algún día tendremos que salir…
—¡No mientras eso siga ahí fuera!
—Va, hombre, que no es para tanto.
—¿Pero tú estás ciego o qué? ¿Cómo que “no es para tanto”?
Escuchamos que algo rasca la puerta. Nos apartamos de un salto y yo me doy en la coronilla con el mueble de las colonias de colección de mi madre. Del golpe, los frasquitos se tambalean, y la fragancia de muestra de Dolce&Gabanna se rompe en el centro de la espesa mata de pelo del ojiplático.
La puerta se abre y aparece Emilio, vestido únicamente con una túnica de estampado de leopardo, su pajarita y sus zapatos de pingüino. Por detrás, se ríe mi madre.
—Endebles criaturas de ciudad, pobres cobardes. Salid, dejad de esconderos como ratas en los rinconces. Este pequeño es inofensivo.
Minutos después, Iván y yo estamos sentados en una masa de cojines de todos los colores, los dos literalmente pegados. Yo tengo un chichón del tamaño de una pelota de tenis y mi amigo apesta a colonia de señora. El tic-tac del reloj me está machacando los oídos.
A nuestro lado, mi madre conversa alegremente sobre lo que le entusiasmó el concierto. Lleva puesta una chilaba preciosa, con piedrecillas de colores, cristalitos e hilo dorado. Parece sacada de Las Mil y Una Noches. Toda la casa está decorada con plantas exóticas, fuentes y pajarracos gritones. Como si de verdad aquello fuera la selva. Y juraría que es de ahí de donde ha salido el nuevo amiguito de mi madre, que ronronea junto a ella como un gatito bueno.
Iván tiene la mirada perdida al frente.
—Un tigre —dice —. Tu madre tiene un tigre.
Yo suspiro.
—Sí.
De vuelta a casa, Iván va quejándose todo el rato del susto que los dos nos hemos dado, pero yo le increpo que fue decisión suya acompañarme, así que no tiene por qué protestar. Me apetecía hacerle una visita a mi madre, pero parece ser que se levantó con el orientalismo subido y quiso recrear en nuestro salón los jardines del Partal, en la Alhambra. Una maravilla. Al menos, Emilio estaba vestido, porque había escuchado que los eunucos y los sirvientes podían ir perfectamente desnudos.
Rechazo esa imagen mental, requiere más anatomía de la estrictamente necesaria.
Subimos al piso y mi amigo el ojiplático va derecho a por una cerveza que le rebaje los nervios. Yo me dejo caer en la cama y me quito las gafas. Estoy hecho polvo. Mi madre se supera día a día, hay que reconocerlo. Me quito la chaqueta y, cuando voy a sacar el móvil del bolsillo, encuentro un papelito amarillo doblado.
Deshago el pliegue y arqueo una ceja.
No pude evitar fijarme en que acudió al concierto tu amigo Romeo. Interesante. ¿El jovencísimo efebo fue en busca de su pasional amante masculino? Quizá seas tú el maestro que puede enseñarle cuanto necesita.
Sé que es una broma de mi madre, pero arrugo la nota y la lanzo contra la pared. Muy, pero que muy graciosa. Eso del orientalismo se le ha subido a la cabeza.
Me tengo que morder el labio cuando veo una llamada perdida de Romeo en mi teléfono móvil. Cuando se lo enseño a Iván, que todavía está aturdido por lo del tigre, se encoge de hombros.
—¿Lo vas a llamar? —me lo pienso un momento.
—No lo sé. Confieso que me da curiosidad. ¿Qué querrá?
—¿Cómo voy a saberlo? ¡Nunca lo sabrás si no lo llamas! —gruñe, y se encierra en su habitación. Dos segundos después, Black Sabbath está llenando el ambiente del piso.
Vuelvo a mi cuarto y dejo el móvil encima de la mesa.
No voy a llamarlo. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Romeo - XX


Todavía permanezco en la misma posición un minuto. Quizá dos.
Sacudo la cabeza, como si así pudiera espantar los pensamientos que se agolpan en mi cabeza.
¿Por qué “le apetecía”? ¿Por qué “se alegra de verme”?
¿Hola?
Que levante la mano quien lo entienda.
Me dirijo de nuevo hacia la masa de gente con la esperanza de encontrar a Claudia e irnos de Cutrelandia. La verdad es que después de las palabras de Giulio, no sabría qué hacer si me lo volviera a encontrar.
Obviamente, no doy con ella, así que opto por ir a la barra, que es el punto de reunión en ocasiones como esta. Allí no hay nadie –al menos que yo conozca-, de manera que espero recostado contra la pared hasta que aparezcan. Creo distinguir, en un momento determinado, el pelo de Giulio. Pero para cuando me quiero fijar más, ha desaparecido de mi campo de visión.
En fin.
¡Romeooo!
Giro la cabeza hacia la izquierda y me encuentro con Camillo. Está apoyado contra la pared, y adivino por su poca estabilidad lo mucho que ha bebido. Resoplo y me acerco a él para ayudarle a mantenerse de pie.
¡Viva el rock! grita cuando empiezo a arrastrarle hacia la salida.
A nuestro paso algún que otro personaje se gira y le palmea el hombro por su repentino amor hacia este tipo de música. Cuando finalmente salimos, cojo una bocanada de aire y siento a Camillo en el bordillo de la acera. Luego miro hacia la entrada, dubitativo. Opto, finalmente, por enviarle un mensaje a Claudia. Mientras tanto, me dejo caer al lado de Camillo, que comienza a divagar.
Pero el heavy… ¿viene del rock? se rasca la nariz. ¿O al revés? ¿O qué pasó ¿Quién rompió la primera guitarra?
Lo miro de reojo con el ceño fruncido.
Está fatal.
Pues a mí no me ha gustado –declara al final-. Alessandra se ha ido y no la he visto en toda la noche.
Sí, se ha ido a buscarte. Tú has sido el primero en desaparecer le corrijo guardando el móvil y mirando hacia la puerta del garito.
Durante unos segundos se queda mirándome fijamente, como si de verdad su cabeza la permitiera pensar en estos momentos. Luego, desvía la mirada hacia un punto inexacto de la carretera.
Pero si a mí me gusta…
Le miro con sorpresa. Una cosa es que todos lo sepamos, pero hasta la fecha no teníamos ninguna prueba de que Camillo hubiera admitido sus sentimientos. Desde luego, es una revelación.
Pues nadie lo diría… comento.
Claro asiente y me mira, confidente. Porque si no sería demasiado fácil… frunzo el ceño y, antes de que pueda hablar, me interrumpe. Son las cosas que hacen gracioso el amor y todo eso. Es un juego…
La puerta de la entrada se abre. De ella salen Claudia y Alessandra torpemente. La primera se me acerca y observa el estado de Camillo. Bufa.
No se te puede sacar de casa, ¿eh?
Sho… controlo acierta a decir Camillo.
Alessandra mueve la cabeza, pero veo en su mirada que se siente incapaz de hacer comentarios. Además, está encogida sobre sí misma, lo que demuestra que se está congelando. Me incorporo y me quito la cazadora. Luego, mientras se la pongo sobre los hombros, les propongo la idea de coger un taxi y llevar a Camillo a casa.
Creo que ha sido a mejor idea de toda la noche murmura Claudia, resignada por la extraña velada que hemos pasado.
Ya en el taxi, miro por la ventana las calles de Roma. Y me pregunto, si como Camillo, Giulio cree que casi todo lo que le rodea… es un juego.