Me
quedo callado. No esperaba la pregunta, la verdad. ¿Qué le digo? Y, lo más
importante, ¿por qué lo he invitado? Un calambre recorre rápidamente mi lengua.
“Me obligó el ojiplático porque había sido muy desagradable contigo, fin de la
historia”, es lo que voy a decirle. Pero no lo hago. Lo cual, por cierto, me
sorprende bastante.
¿Por
qué no se lo digo, tal cual? El Giulio de siempre lo habría hecho. Habría
contestado, sin más. Me obligó un heavy con los ojos grandes. Vamos, es
sencillo. ¿Por qué no se lo digo?
No
me mira. Sus ojos están perdidos por sus zapatos, los camales de sus pantalones
o la mierda que hay pegada al suelo. A saber. Pero evita mirarme, casi en todo
momento. Como si le diera miedo. Además, está rojo como un pimiento. Arqueo una
ceja, y se me escapa una sonrisa.
Ridículo.
Está ridículo.
Pero…
Levanta
la vista, rápidamente, al escuchar que me río. Me encojo de hombros y meto las
manos en los bolsillos traseros de mi pantalón. Me apoyo en el quicio de la
puerta de nuestro improvisado camerino.
—Yo fui a tu recital de danza. Era justo hacer que lo pasaras mal
un rato.
Mueve los labios, pero no dice nada. A mí cada vez me resulta más
divertido.
—Me tuviste sentado en una butaca, con música clásica, maillots apretados y tíos dando
saltitos, durante hora y media. ¿Crees en serio que disfruté? ¿Qué me gustó?
Por favor, no me fui por no poner a Francesca en un aprieto. Desde luego, sufrí
mucho rato. Y después pensé que tú te merecías lo mismo. Sufrimiento artístico.
No sabe qué contestar.
—He visto tu cara desde el escenario —le digo —. No estabas lo que
se dice “en tu salsa”. Todos los amigos de Iván te daban miedo. Pero bueno, has
venido y yo he tenido mi dulce y rockera venganza. Estamos en paz.
Frunce el ceño y se pone recto. Parece que empieza a molestarle mi
broma y yo, no sé por qué, me siento satisfecho. Porque es precisamente eso lo
que quiero conseguir. Molestarle. Sin embargo… no pretendo hacerlo con malicia.
Sólo es picardía.
Sólo es un juego.
—¿Me estás diciendo en serio que me has invitado… para vengarte? —arruga
mucho la nariz —. No tenías por qué venir al recital de danza. Y… y si tan
horrible te pareció… ¡haberte marchado! Ni siquiera me ha gustado vuestro…
vuestro estúpido concierto. ¡Lo he dicho por cumplir! Porque, al menos, yo soy
educado. Tú… eres… eres un…
Mi sonrisa crece y crece. Él se frustra cada vez más.
—Yo fui muy educado al no marcharme de tu espectáculo, ¿no crees?
Da un resoplido, menea la cabeza.
—¡Eres imbécil!
En el acto, se tapa la boca con la mano. Oh, Dios mío, ha dicho un
taco. Qué barbaridad. Que alguien llame al Vaticano para evitar que lo
excomulguen. Se disculpa. Tartamudea muy deprisa que no quería decir eso. Yo,
que ya he llevado muy lejos la broma, me separo de la pared y le doy una
palmada en el hombro.
—Te invité porque me apetecía. ¿Qué problema hay? —me mira desde
sus ojos enormes, confusos y diría que asustadizos. Me apetece una cerveza —.
No te lo tomes todo tan a pecho, niñato. Me alegro de haberte visto.
Y con las manos en los bolsillos, salgo del estrecho y maloliente
pasillo para pedir un tercio en la barra. Iván viene a mi lado, pero no me
pregunta nada. Está demasiado ocupado festejando su gran éxito. Yo bebo, me
refresco la garganta y mastico la conversación con el crío. ¿Por qué me habré
comportado así?
Sólo soy así, de verdad, cuando estoy con…
—¡Giulio!
El pequeño cuerpo de Francesca se estrella contra el mío, en un
grito de euforia y enhorabuena. Abrazo sus curvas diminutas, hundo la nariz en
su pelo y suelto una carcajada. Enredo los dedos en su nuca, saboreo su boca y
se me olvida Romeo.
Se me olvida del todo.