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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

jueves, 21 de abril de 2011

Giulio - X


—No tiene ninguna gracia, mamá —gruño, y me dejo caer hacia atrás, sobre el lecho de cojines. Ella se tapa la boca con los dedos, muy delicada, pero no puede contener las carcajadas.
—Mi vida, yo creo que es divertidísimo —cierra los ojos y todo. Yo me muero de la vergüenza —. Bastante tuvo el pobre Iván con encontrarse a dos personas en su cama, digamos suavemente que “intimando”. Imagínate que es la tuya.
—Yo me encontré a un tío sin pantalones dentro de la mía —me cruzo de brazos, miro el techo adornado con telas de  dragones alargados y pájaros raros—. Así que no, lo siento, no me da ninguna lástima.
Mi madre está disfrutando de lo lindo. He pasado a verla porque, en medio del caos mañanero, Emilio me llamó para concretar una cita. Íbamos a tomar el té a las cinco. Mi madre va vestida con un kimono blanco, adornado con sencillas orquídeas rosadas, y un recogido que acentúa el buen estado de conservación de su piel y su cuello. Los abalorios que le caen por el cabello negro tienen mil colores y adornos exquisitos. Además, se ha pintado la cara de blanco, los ojos perfilados en negro y los labios rojos, como una fresa a punto de explotar.
—Contempla esta paz, querido —dice, y da un pequeño sorbo a su taza. Yo no soporto el té, así que ella bebe su aromática infusión de frutos rojos y yo un café con leche, pero en tazas japonesas. Emilio, de pie junto a mi, parece samurai custodiando a su geisha —. Disfruta de la armonía de los elementos, de esta energía pura de la tierra. El vuelo de la libélula sobre las aguas cristalinas....
Siento decir que no la estoy escuchando.
—Después Iván vino a sermonearme. ¿Te das cuenta? Como si fuera mi padre —gruño y me incorporo de golpe. Hace un día fresco, y mi madre ha decidido que tomemos el té junto a las puertas de la terraza. Dos leones asiáticos de bronce me miran como si se estuviesen cachondeando de mí. Será el propio sol el que me está poniendo de peor humor.
—¿Sermonearte? —mi madre sonríe —. Cuánto tiempo hace que nadie hace eso en esta casa. ¿No es cierto, Emilio?
—El signorino ha crecido mucho, signora.
—Me dijo que me había excedido con el niño del Coliseo. Menuda estupidez. ¡Me tiró el cubata por encima! ¡Y me persigue! Con lo grande que es Roma, mamá, ¿por qué he tenido que encontrármelo en Bacanal?
Me levanto, ofuscado, y camino hasta la terraza. Apoyo ambas manos en la balaustrada de mármol de Luna y resoplo. Ella, dentro, acaricia con gracia a uno de los gatos siameses que pululan por el piso. Emilio sigue quieto, con una bandeja en la mano de pastelillos asiáticos y una katana en la otra. Todo el piso huele a orquídeas, a aves pájaro del Paraíso, a lirios blancos. Vuelvo a resoplar.
Mi madre toma su taza con delicadeza y sorbe despacio, para no arruinar su color de labios.
—Quizá el destino haya decidido entrelazar vuestras vidas…
—Mamá, por favor…
—Escuche a la signora, signorino —me interrumpe suavemente Emilio. Le miro, no enfadado, sino sorprendido. Él me devuelve una leve sonrisa, oculta casi por su bigote blanco —. Tiene todavía mucha sabiduría que ofrecerle.
Mi madre se levanta. El gato protesta, estaba bien acomodado en su regazo. Con el kimono ondeando y sus ojos brillantes, camina hasta mí, me pone la mano en el hombro y lo aprieta con cariño.
—El mundo está lleno de misterios, cariño. Y quizá su energía ha decidido que tienes que cruzarte con ese chico. Puede que tengas que conocerlo, que tenga algo que nadie más te podrá dar. Tú te empeñas en apartarlo y rechazarlo —la brisa empieza a movernos el pelo a los dos. Yo trago saliva.
—Mamá…
—Escúchame, Giulio. Nosotros, pequeños granos de arroz, no somos quien para contradecir a la fuerza que nos ha dado la vida. La Madre Naturaleza tiene pensado algún plan para ti y para ese chico. Podrías probar, y ver de qué se trata —sonríe —, si tienes el valor de un tigre para ello. Si eres cobarde como un conejo, nunca conseguirás nada.
Vuelve a su sitio y yo me quedo igual, mareado de tanta filosofía oriental. Meneo la cabeza y vuelvo dentro, con ella. Le hago un par de fiestas al gato y mi madre decide regresar un momento a la filosofía occidental.
—Por cierto —deja la taza y sonríe, pícara —. ¿Quién era esa chica que te arrebató Lorenzo? ¿Qué hacías con ella?
Me echo a reír.
—Era una compañera de clase. Iván me dijo que sólo hablábamos —le guiño un ojo —. Parece que las geishas también tienen sus chismorreos en palacio, ¿eh?
Ella echa la cabeza hacia atrás, con un gesto elegante y altivo, con una preciosa sonrisa en sus labios rojos. Hace un gesto con la mano, como para quitarle importancia, y de nuevo se ríe.
—Lo decía por ti, cariño. Era un elogio. Mi Giulio, robando la virtud de tantas jóvenes puras e indefensas…
Me parto de risa.
—Sí, alguna que otra…
Las tazas ruedan por el suelo. Alguna se parte y los gatos empiezan a bufar. Me caigo hacia atrás y doy con el cogote en el suelo. De pronto, mi madre ha deshecho todo su peinado, y uno de los pasadores tiene un filo delgado y brillante, como un estilete. Un filo que está apoyado directamente sobre mi garganta. Todo el pelo negro de mi madre me cae encima. Sus ojos relampaguean.
—Porque no se te habrá ocurrido ponerle la mano encima a Francesca —aprieta los dientes—, ¿verdad, Giulio?
—¡No! —grito, y trago saliva —. ¡No, no, no, no, no se me ha pasado por la cabeza, te lo juro! ¡Emilio, dile que aparte eso!
Signora, el muchacho está diciendo la verdad —me salva el viejo pingüino. Ella vuelve a su sitio, al otro lado de la baja mesa, y vuelve a colocar su arma entre sus cabellos. Emilio tiene razón, no miento. Me he acostado con otras chicas, pero no con Francesca. Mi madre podría matarme, creo que salta a la vista.
—¡Fantástico, pues! Sabía que eras un hombre honorable.
Temblando, me incorporo con ayuda de Emilio.
—Te dije que nada de armas —susurro atropelladamente. Él se encoge de hombros.
—¿Y usted cree que puedo controlar a su madre?
Ma… che cosa…? —jadeo.

martes, 19 de abril de 2011

Romeo - IX


Acodado en la barra de Il dolce sorriso¸ echo un rápido vistazo sobre el boceto que descansa en el papel blanco. Agh; si es que no me gusta nada. Maldita sea. Tengo que entregarlo esta semana sin falta.
Pero, como hace escasos minutos, lo único que hago es mirar de reojo el móvil. Esperando… yo que sé qué.
Lo cojo y reviso el último mensaje recibido. Es de Tae-Min, y me increpa qué me pasó anoche. Lo vuelvo a dejar sobre la barra y suspiro. No sé si me apetece hablar con alguien de Fabiano. Estoy todavía desconcertado.
Me paso las manos por el pelo y me lo desordeno. Maldita sea.
¿Cómo va eso?
Ehm… Va, que ya es algo.
Mi padre sale del almacén y mira el dibujo. Frunce el ceño.
Ahm… qué bonito.
Babbo sonrío. Son cuatro líneas rectas.
Sí, sí, ya.
Sacudo la cabeza y observo cómo vuelve al interior de la tienda para preparar algo. Entonces, suena el teléfono. Lo miro de reojo. Carlo. ¿Qué quiere este hombre ahora…?
Pronto?
Romeo, noticias de última hora. ¿A qué no sabes lo que me ha pasado?
Deslúmbrame resoplo mientras me paso una mano por la frente.
He plantado un huerto de tomates. Así, sin más. Me he levantado hoy y he pensado “menudas porquerías llevan hoy día…”
Bueno, así es Carlo. Además de ser el profesor de baile más excéntrico de toda Italia, de vez en cuando le dan extraños venazos que se materializan en cosas como… sí, como un huerto de tomates. Él es así.
Sí, esta gente de hoy día… Oye, te tengo que dejar.
Pero Romeo… que no sé cómo regarlos…
Cuelgo.
No estoy ahora para solventar eso. Además, posiblemente ya me machaque en la siguiente clase. En la que tendré que ver a Fabiano, por cierto. Vuelvo a coger el móvil, esta vez para mirar el número de llamadas perdidas que tengo de su número. Once. Se debió arrepentir en seguida… Ahogo una risa amarga y trato de concentrarme, en vano, en el dibujo.
No pasan ni dos segundos cuando el móvil vuelve a sonar. Me lo llevo a la oreja sin consultar la pantalla, creyendo que se trata de Carlo de nuevo. Anda que no es insistente…
No, en serio. No sé cómo se riegan los tomates… suelto nada más descolgar.
¿Romeo?
Ups. No es Carlo.
Romeo, ¿pero dónde te metes?
Tae-Min… Lo siento.
Me tenías preocupado. ¿Qué pasó ayer?
No fue una buena noche bajo la voz. Apareció Fabiano por ahí… y todo se complicó.
¿En qué sentido? se intriga.
Me besó.
Noto la tensión al otro lado del teléfono; un silencio tan incómodo como desagradable. No sé cómo reaccionará él, pero a mí el hecho de repetirlo hace que se me revuelva el estómago.
Es que… fue muy raro.
Lo supuse. Estuvo toda la noche haciendo el capullo por ahí.
¿A qué te refieres?
No sé, empezó a hacer la croqueta por el suelo… La gente tenía miedo, en serio...
Tendré que hablar con él me restriego los ojos y me lo imagino bailando por el suelo de Bacanal. Será lo mejor para zanjar el tema añado.
¿Cuándo? –inquiere con curiosidad.
Cuanto antes… ¿Cómo fue, aparte de eso, la noche?
Ah, pues bien…
Me dejo llevar por la voz de Tae-min. Y, repentinamente, unos labios acuden a mi cabeza. Son los de una persona cabreada por mi culpa, con la camisa manchada. Sacudo la cabeza y, mientras escucho a mi amigo, empiezo a dibujar de nuevo.

domingo, 17 de abril de 2011

Giulio - IX


Voy a vomitar. Por favor, que alguien me quite de encima el yunque que me aplasta la cabeza. Siento como si mi cráneo se estuviera comprimiendo. La luz del sol me hiere los párpados y las sienes. Estoy muy mareado. ¿Dónde…?
Después de que mis pobres neuronas se pongan de nuevo en marcha, resoplo y gruño; mi cama, es mi cama. Estoy en casa. Hundo la cara en la almohada y una nueva náusea trepa por mi garganta. Toso y contengo mis ganas de devolver. ¿Qué me bebí anoche? O qué no me bebí… El mareo se va pasando, poco a poco, y mi cuerpo entumecido parece que vuelve a la vida. Me dan escalofríos, y, por inercia, tiro de la colcha para taparme. ¿Por qué tengo tanto frío?
Quiero volver a dormirme. Una gran ventaja que tengo es que los viernes no voy a clase, así que pienso quedarme toda la mañana envuelto en las sábanas. Va a hacer falta algo realmente fuerte para sacarme de allí. Me cruje la espalda.
De pronto, me doy cuenta de lo estrecho que me siento en mi propia cama. El colchón es enorme, de matrimonio, pero yo tengo el borde a pocos centímetros de la nariz. Ni idea de por qué estoy a punto de caerme. Qué raro, suelo dormir en el centro, y no me muevo casi nada. Sigo teniendo frío, sobre todo en los hombros.
¿Pero por qué estoy tan estrecho, demonios?
Levanto la cabeza y miro mi habitación. Para variar, es un desastre. La madre que me… Anoche se me olvidó bajar la persiana. Esa condenada luz solar un día acabará conmigo, ¡que caiga una tormenta de rayos! Sobre la colcha hay piezas de ropa, está mi bufanda y cosas que caen al suelo cuando me muevo. Voy a ponerme en el centro del colchón. Me incorporo.
Un momento.
En mi cama hay alguien más.
Ma, che…? —empiezo, pero tengo que llevarme la mano a la cara para taparme el sol. ¿Fran? Maldita sea, qué frío tengo.
El cuerpo que invade mi cama se da la vuelta. El pelo castaño se parta.
¡Me cago en la…!
—¡IVÁN! —grito. ¡Mierda! Ya sé por qué tengo tanto frío. ¡Porque no llevo camiseta! ¿Pero qué diantres hicimos anoche?
Me baja un sudor frío por la nuca. Le arreo una patada al ojiplático. Él gruñe y se da la vuelta. Otra patada.
—Para, joder… —paladea.
—¿Qué demonios estás haciendo en mi cama? —le increpo. Se vuelve, me mira como si yo fuera un extraterrestre. O como si la situación fuera lo más normal del mundo.
—Yo qué sé… —se frota la cara. Resopla —. Ah, ya. Anoche no me pude acostar. En mi cama había alguien…
—¿Que en tu cama había alguien?
—¿Pero quieres dejar de grit…?
Nos miramos con los ojos abiertos. Sus ojos azules crecen, crecen y crecen. Se incorpora de golpe.
—¡Host…! ¡Giulio! ¿Por qué no llevo pantalones?
Ahora sí que voy a vomitar.
—¡Fuera de mi cama, ojiplático! —lo tiro de un empujón, va directo al suelo. En efecto, sólo lleva una camiseta de Metallica y los calzoncillos. Seguimos mirándonos con cara de susto. Y miramos mi puerta cerrada. Nos abalanzamos sobre ella como dos fieras —. ¡Ponte algo, por Dios! —digo, antes de girar el picaporte.
En mi piso reina el silencio. El cuarto de Iván está al lado de la cocina, que está al lado de mi habitación. Con paso decidido, vamos hasta ella, pero nos paramos delante. Nos miramos. Ni idea de lo que nos vamos a encontrar ahí. Iván sigue sin pantalones y yo sin camiseta, por cierto.
Al final, cierro los ojos y abro la puerta.
—¡Que se tape todo lo que no queráis que veamos! —berrea el heavy de mi amigo. En la cama alguien da una un gritito y se escucha un taco —. ¡Qué fuerte, una mujer en el piso!
—¡Lorenzo! —exclamo yo.
Lorenzo y una chica que ni Iván ni yo conocemos están revolcados y sin ropa en la cama del ojiplático. Ella se tapa bien pronto, pero a él parece que le da igual. Nos mira, y muy tranquilo empieza a vestirse. Desvío la vista e Iván se da una palmada en la frente.
—¡Anda! Ya me acuerdo de lo que pasó anoche… más o menos.
—¿El qué? —gruño.
—Pues tú estabas con una chica… —se ríe —. Pero Lorenzo te la levantó bien rápido, ¡menudo baboso! Pero no era ésta…
A mi compañero no le ha dado tiempo a terminar cuando yo ya estoy agarrando al imbécil de Lorenzo por el cuello de la camiseta. Lo zarandeo.
—¡¡Óyeme bien, pedazo de rata salida, si te ha ocurrido tocarle un pelo a Francesca, te juro que…!!
—¡Que no, Giulio! —Iván me coge del brazo y me aparta —. ¡Que no era Fran, que Fran ya se había ido!
—¿Pero por ahí qué pasa? —balbucea el belga, que sale de su habitación. Con otro tío. Y otra chica. Iván y yo nos quedamos mirando, ojipláticos ambos.
Ma, che cosa!?

viernes, 15 de abril de 2011

Romeo - VIII


Pasa de él.
Me sobresalto al escuchar esas tres palabras en mi oído, más aun teniendo en cuenta el elevado volumen de la música. Dirijo mi mirada hacia la voz y descubro los ojos de Fabiano mirándome fijamente.
Vale. Ahora sí que la noche se está empezando a torcer. Todavía no he tenido la oportunidad de pensar tranquilamente en todo lo sucedido con Fabiano. Y resulta que está aquí.
Me separo con más brusquedad de la que quiero.
Romeo…
En serio, necesito escapar. Ahora mismo. No sé muy bien por qué.
Intento escabullirme entre la multitud. Sé que es un gesto infantil; soy consciente. Pero es que no puedo enfrentarme ahora a esto.
Fabiano me sigue hasta llegar a una pared cercana a los servicios. Allí me detengo y me dejo caer hasta sentarme en el suelo. La música y el humo me confunden. Y su presencia, todavía más.
Se agazapa enfrente de mí. Sus manos se posan sobre mis rodillas. Levanto la cabeza y lo observo, inseguro e inquieto. Desde esta altura, parece más sencillo escuchar. Al menos, puedo oír sus respiraciones. Eso me pone todavía más nervioso.
Romeo… insiste.
¿Qué quieres de mí? le pregunto muy despacio.
Se relame los labios y desvía la mirada.
No, en serio… continúo. Es que no te entiendo, Fabiano. ¿A qué viene todo esto? sigue sin responder. Oye, me quieres contest…
Y entonces me besa.
Abro los ojos y parpadeo. Sé que es de mala educación abrir los ojos cuando besas a alguien, pero… no entiendo nada. No sé qué está pasando. Puedo sentir la ansiedad del beso, la profundidad que intenta imprimir en él. Y por un momento, me dejo llevar y cierro los ojos. Por la extraña necesidad de sentir calor entre toda la incertidumbre que hay en mi cabeza.
Pero, de repente, algo en mi interior se agita. Después de tanto tiempo de miradas frías y odiosas, ¿Fabiano me está besando? ¿Está borracho otra vez? ¿Soy un juguete para él?
Reviento. Exploto, literalmente. Le empujo con todas mis fuerzas. Consigo que caiga de culo sobre el suelo. Aprovecho el momento para levantarme y como puedo, correr hacia la salida. Siento su mirada detrás de mí, pero no puedo detenerme ahora.
Oigo mi nombre. Lo oigo por todos los sitios.
Consigo llegar a la puerta y salir al exterior. Una voz grave me pregunta si quiero un sello, para volver a entrar. Sin responderle, comienzo a andar calle abajo. Ya no hay cola en la calle. No hay nadie.
¡Romeo!
Reconozco la voz y me giro. Tae-Min se acerca a mí con una sonrisa amplia.
Te estaba llamando, pero no me has hecho ni caso –sus ojos achinados me transmiten una alegría que, ahora mismo, me da alergia. Dios, me duele demasiado la cabeza.
Me tengo que ir.
¿Cómo?
Que me voy.
Pero Romeo… murmura sin entender nada.
Lo siento.
Echo a andar. Puedo percibir cómo la figura de mi amigo está parada, sin saber muy qué hacer. Pero no le dejo oportunidad de que me siga y me apresuro. No quiero que por mi culpa se preocupe. Aunque intuyo que se pasará toda la noche intentando llamarme… Como si Tae-Min me hubiera oído, el móvil me suena en ese momento. Lo saco del bolsillo. Es un mensaje de Claudia.
Qué donde estoy. Bf. Pues, ahora mismo… ni yo mismo lo sé.

martes, 12 de abril de 2011

Giulio - VIII


Maldita rata de agua enana, torpe, manazas, inoportuno… Maldigo en todos los idiomas y el cabreo crece sobre mi cabeza como una nube de tormenta. Me alejo, me voy hacia el interior del bar, dejando a mi amigo heavy con los ojos como platos y al niño idiota sin cubata.
En el baño, intento enjuagarme la camiseta. Por suerte, es oscura, y la mancha no se nota tanto. Suspiro, me paso la mano por el pelo. ¿Por qué? Con lo grande que es Roma, con la cantidad de bares que tiene, ¿por qué me lo tengo que encontrar aquí? ¿Me persigue, o algo? Argh. Salgo del baño y casi le pego una patada a la puerta. El alcohol empieza a subirme a la cabeza.
—¡Giulio!
Levanto la vista. Y se me olvida todo lo que haya podido pasar hasta ese momento. Porque acabo de ver a Fran.
Fran tiene veintidós años y no me acuerdo de lo que estudia. Soy incapaz después de ver el espectacular par de piernas que brotan de un vestido de tela blanca que reluce con la iluminación del local. Un vestido que le queda… madre mía, le queda muy bien.
—¡Giulio! —me llama, y agita el brazo. Los brazaletes que lleva tintinean. La saludo con la mano, recuperado del shock visual. Qué guapa es, siempre lo ha sido. Mi madre dice que nunca ha visto una “niña tan bonita”. Yo, esta noche, le doy la razón.
Viene hasta mí, emocionada, pero parece frenarse cuando ya estamos el uno frente al otro. Nos quedamos sin saber qué decir. Me meto las manos en los bolsillos y esbozo una media sonrisa. Ella se atusa el pelo.
—Hola —digo, por fin.
—¡Hola! —responde, con una gran sonrisa. Vuelve el silencio. Alguna planta rodadora del desierto estará dando vueltas por Bacanal. Fran vuelve a mirarme—. ¡Has venido! —me da una palmada en el hombro.
—Sí —sonrío, me sonríe, sonrío, me sonríe. Dentro de mí, empieza a crecer algo. Es como la cola de un cohete, de un fuego artificial, que se eleva hacia el cielo a una velocidad de vértigo. Sus ojos, su sonrisa, su pelo, sus manos… simplemente que ella esté aquí. Explota.
La abrazo por la cintura y la levanto.
—¡Cómo me alegro de verte, Frani! —grito. Ella suelta una carcajada. Por favor, que alguien patente esa risa, que no es normal—. ¡Pero qué guapa estás!
Ella también se ríe y sus brazos rodean mi cuello.
—¡Yo también me alegro mucho de verte, Gio!
Gio… Cuánto tiempo sin oír ese mote absurdo. Y qué. Me gusta que me llame así. Viene de cuando éramos niños; Fran no sabía pronunciar “Giulio”, así que sólo decía “Gio”. Durante segundo de Bachillerato, cuando estudiaba Historia del Arte, me llamaba “Giotto”, y de ahí ya derivó a “Cimabue”, “Masaccio” y “Giulio della Francesca”. Ése último nos hacía especial gracia a los dos.
Rota la barrera del contacto físico, empezamos a contarnos cosas a una velocidad de vértigo. Es felicidad pura que ella esté aquí, en un garito oscuro y lleno de gente borracha. Hace amago de caerse y la sujeto por el hombro.
—¿Cuánto has bebido? —sonrío. Ella sacude la cabeza y su larga melena, rubia oscura. Como hilos de oro. Me roza la barbilla y me estremezco.
—No, no… no estoy borracha. Es que… —no puedo evitar soltar una carcajada. A Fran le sube enseguida el alcohol, y está muy graciosa así. Me tapo la boca con el dorso de la mano. Ella, de pronto, sonríe todo lo que puede, suelta un gritito y me dice, agitando mucho las manos —: ¡He conocido a un chico! En la cola, ¿sabes? Bueno, un niño en-can-ta-dor, monísimo. Iba muy guapo, con su pañuelito, su pelo, así arregladito. Una delicia, ¡tan simpático! Hemos hablado dos minutos y parecía que nos conocíamos de toda la vida, ma, che cosa…!
—¿Y besaba bien? —me burlo, colocando las manos en las rodillas para poder poner mis ojos a la altura de los suyos. Ella abre mucho los ojos.
—¡Giulio! —niega rotundamente. Yo me río y le saco la lengua. Ella me golpea con fingido enfado. Se pone seria —. No, no, no. Jamás. Yo a ti no podría… —me mira directamente. Me repasa el maxilar con un dedo —. Yo no podría hacerte eso.
Separa la mano y se muerde el labio. Yo me incorporo y carraspeo. La zona de piel que me ha rozado arde, casi me parece increíble no ver las llamas. Busco algún tema absurdo para entablar conversación, cualquier cosa me vale.
—¡Giulio! —exclama —. ¡Estás empapado!
Deja el vaso en la mesa más cercana y me palpa la camiseta.
—Un cretino con pocas luces —gruño —. No importa, Frani, ya se secará —ella resopla, dice algo que no entiendo y empieza a darle golpes a la mancha. Y a mi estómago—. ¡Déjalo, Fran! —le digo, pero no parece oírme —. ¡De verdad, no importa!
Le cojo la muñeca y tiro de ella para que aparte el brazo. Con el alcohol no controlo mi fuerza al cien por cien, así que lo que consigo es desequilibrarla y hacerla caer sobre mi cuerpo.
Nos miramos un momento. Muy cerca. Dios, tiene unos ojos preciosos, incluso en la oscuridad de este bar. Sus labios, trémulos, se mueven suavemente, pero no estoy seguro de si ha dicho algo. Trazan un dibujo al que no me puedo resistir. 
La atraigo hacia mí y la beso. No porque sea mi prometida ni porque de alguna manera tenga que “cumplir”, todo eso puede irse al mismísimo infierno. La beso porque de verdad quiero besarla. Estrecho contra mí su pequeño cuerpo y una de sus manos navega por mi pelo. No soporto que me toquen el pelo, pero a Fran le dejaría estar años así.
Su lengua es una mezcla de fresa y alcohol, y su cuello huele a vainilla, alguna crema y al champú de flores. Poco a poco, mis pulsaciones aumentan, me sube la temperatura, y entre la excitación y la bebida, mi raciocinio se va un rato de paseo. Si fuera con cualquier otra chica, aquello podría acabar de manera rápida y mal, en el mismo baño de Bacanal (qué asco, ¿cómo se me ocurren esas cosas?), pero con Fran no. Disfruto de tener sus curvas entre mis manos, de poder abrazarla, de que sus labios no se despeguen de los míos. La beso más fuerte; casi puedo notar su corazón acelerado en la boca. Alguien nos da un empujón y nos separa; maldita gente bebida.  
Nos miramos un momento. Fran baja la cabeza, sonrojada. Yo también miro hacia otro lado, con una sonrisa de idiota. Apoyo la frente en la pared y me río suavemente. Viene a mi lado. Me abraza y me besa en el cuello.
Se acurruca contra mi pecho.
—Te he echado de menos, Gio… —murmura. Dejo caer la mejilla hasta su coronilla, la aprieto contra mí y sonrío.
—Yo a ti también, Frani —y casi parece que nos ponemos de acuerdo, porque nuestras bocas se buscan de manera casi desesperada.

lunes, 11 de abril de 2011

Romeo - VII


La cola para entrar en Bacanal es insoportablemente larga. Será por eso de las promociones especiales, pero llevamos aquí plantados cerca de media hora. Suspiro y me recuesto contra la pared más cercana, dispuesto a cerrar los ojos un momento para… ehm… para relajarme, supongo.
¡No te duermas! me sobresalta una voz en la oreja.
Por poco me resbalo y caigo al suelo. Miro enfadado a Camillo.
¡Que no me duermo! Estoy… dirijo mis ojos al cielo, buscando una buena respuesta. Descansando los ojos.
Già… ahora se le llama así se burla.
Bah. Camillo siempre está igual; vive por y para las fiestas. Alessandra y Claudia intercambian una mirada conmigo de resignación. Yo me encojo de hombros.
Miro hacia delante. De verdad que está cola me está matando.
Esto no es normal… insisto.
Claudia se me acerca y empieza a juguetear con el pañuelo a rayas que llevo al cuello. Luego, con aire indiferencia, mira hacia la entrada.
¿Crees que pasará hoy algo?
Sé perfectamente a qué se refiere. Miro de reojo a Camillo y Alessandra. Esta le está gritando al oído que no piensa cuidarle ni una sola vez más. Camillo, por su parte, se ha puesto a hablar con unas chicas que nos siguen en la cola.
Ug. Esto va a acabar mal.
Todos en clase creemos que Camillo y Alessandra terminarán juntos. Ellos se gustan; es una tontería pensar lo contrario. Las miradas y los gestos lo demuestran. Lo que pasa es que Camillo es un vividor, un don Juan. Y Alessandra es demasiado orgullosa para admitir que quiera algo con él.
En fin.
Yo me llamo Camillo, dios de las Bellas Artes de…
Esto se está desmadrando. Ante la mirada de alerta de Claudia, me acerco a Camillo.
Tranquilo, todopoderoso dios de las Bellas Artes… le sigo el juego mientras le empujo hacia Claudia, de manera que pueda dejar de incordiar.
Cuando le aparto, descubro al grupo de cuatro chicas que estaban soportando su perorata. Me encuentro en la obligación de disculparle:
Ehm… está desesperado porque llevamos aquí como, no sé, siglos –sonrío.
Es comprensible. Y más a estas horas, después de todo el día en clase. Quién no lo estaría…
Dirijo mi mirada hacia la chica. De grandes ojos miel y pelo rubio hasta la cintura, lleva un vestido blanco que resalta el moreno de su piel. Está muy guap… qué demonios. Es guapísima.
Francesca me tiende la mano.
Romeo se la estrecho.
Le vuelvo a sonreír y ella agacha la cabeza para volver a mirarme, a continuación, con simpatía. De repente, una amiga suya rompe el contacto.
¿Tú bailas?
Ahm… me sorprendo y la observo. ¿Cómo?
Te vi en la función del año pasado ríe y explica-: Mi hermano es Giordano.
Ma… ¿En serio?
Alessandra me tira del brazo. La cola ha empezado a moverse. Por fin. Mientras llegamos a la entrada, seguimos hablando. Francesca es realmente simpática, un encanto de chica. Su amiga insiste en lo bien que baile, y yo intento restar importancia a sus piropos.
Una vez penetramos en la oscuridad de la sala, nos despedimos.
Algún día iré a verte a bailar agrega Francesca con otra sonrisa.
Me encantaría admito.
Me aferro a la mano de Claudia, que me conduce hacia la barra. Detrás de nosotros Camillo y Alessandra nos siguen. Pero, de repente, Camillo se va hacia un lado de la sala y lo perdemos de vista. Alessandra va tras él.
Agito la cabeza, y Claudia suspira.
Déjalos.
¿Qué? intenta escucharme.
Que-los-de-jes.
Nada. Imposible. Intercambiamos unos gestos que indican que ella va al baño y yo pediré algo para los dos. Intento hacerme un hueco en la barra, mientras intento hacerme pequeño. Si Fabiano está ya aquí, no sé si quiero que me vea. Y Tae-Min… a saber. Ahora le enviaré un mensaje.
Pido a un ajetreado camarero dos cubatas. Tarda unos minutos que dedico a estudiar mi pañuelo. No sé si quiero hablar con Fabiano, o si quiera verlo. ¿A qué vino eso de antes…?
Cuando me los da, y me dispongo a marcharme, recibo un empujón. Me desestabilizo y el líquido se derrama… sobre la camiseta de un chico que está a mi lado. Agh. Mierda.
Ma… Excusi, excusi!
El chico se gira.
No me lo puedo creer: es Giulio.
Ah… las palabras no vienen a mi boca. Yo…
Me observa con furia. Coge unas servilletas de la barra e intenta, sin éxito, secarse. A su lado un chico de ojos enormes me mira, pero yo estoy demasiado preocupado. Siempre la cago. Mierda.
En serio, que lo siento insisto.
No parece que quiera hablar conmigo. De hecho, se dispone a marcharse.
Giulio, espera dejo un cubata y le cojo del brazo.
El contacto parece sacudirle como una corriente eléctrica. Bruscamente, se aparta, repugnado. Me observa una última vez; su mirada es fría, abrumadoramente fría. “Enano” y “torpe” son las únicas palabras que consigo distinguir en medio del barullo. Luego, se aleja.
Me muerdo el labio inferior y dejo el otro cubata en la barra.
Pues empezamos bien la noche…