Maldita rata de agua enana, torpe,
manazas, inoportuno… Maldigo en todos los idiomas y el cabreo crece sobre mi
cabeza como una nube de tormenta. Me alejo, me voy hacia el interior del bar,
dejando a mi amigo heavy con los ojos como platos y al niño idiota sin cubata.
En el baño, intento enjuagarme la
camiseta. Por suerte, es oscura, y la mancha no se nota tanto. Suspiro, me paso
la mano por el pelo. ¿Por qué? Con lo grande que es Roma, con la cantidad de
bares que tiene, ¿por qué me lo tengo que encontrar aquí? ¿Me persigue, o algo?
Argh. Salgo del baño y casi le pego una patada a la puerta. El alcohol empieza
a subirme a la cabeza.
—¡Giulio!
Levanto la vista. Y se me olvida todo
lo que haya podido pasar hasta ese momento. Porque acabo de ver a Fran.
Fran tiene veintidós años y no me
acuerdo de lo que estudia. Soy incapaz después de ver el espectacular par de
piernas que brotan de un vestido de tela blanca que reluce con la iluminación del
local. Un vestido que le queda… madre mía, le queda muy bien.
—¡Giulio! —me llama, y agita el brazo.
Los brazaletes que lleva tintinean. La saludo con la mano, recuperado del shock visual. Qué guapa es, siempre lo
ha sido. Mi madre dice que nunca ha visto una “niña tan bonita”. Yo, esta
noche, le doy la razón.
Viene hasta mí, emocionada, pero parece
frenarse cuando ya estamos el uno frente al otro. Nos quedamos sin saber qué
decir. Me meto las manos en los bolsillos y esbozo una media sonrisa. Ella se
atusa el pelo.
—Hola —digo, por fin.
—¡Hola! —responde, con una gran
sonrisa. Vuelve el silencio. Alguna planta rodadora del desierto estará dando
vueltas por Bacanal. Fran vuelve a mirarme—. ¡Has venido! —me da una palmada en
el hombro.
—Sí —sonrío, me sonríe, sonrío, me
sonríe. Dentro de mí, empieza a crecer algo. Es como la cola de un cohete, de un
fuego artificial, que se eleva hacia el cielo a una velocidad de vértigo. Sus
ojos, su sonrisa, su pelo, sus manos… simplemente que ella esté aquí. Explota.
La abrazo por la cintura y la levanto.
—¡Cómo me alegro de verte, Frani! —grito. Ella suelta una
carcajada. Por favor, que alguien patente esa risa, que no es normal—. ¡Pero
qué guapa estás!
Ella también se ríe y sus brazos
rodean mi cuello.
—¡Yo también me alegro mucho de verte,
Gio!
Gio… Cuánto tiempo sin oír ese mote absurdo. Y qué. Me
gusta que me llame así. Viene de cuando éramos niños; Fran no sabía pronunciar
“Giulio”, así que sólo decía “Gio”. Durante segundo de Bachillerato, cuando
estudiaba Historia del Arte, me llamaba “Giotto”, y de ahí ya derivó a
“Cimabue”, “Masaccio” y “Giulio della Francesca”. Ése último nos hacía especial
gracia a los dos.
Rota la barrera del contacto físico,
empezamos a contarnos cosas a una velocidad de vértigo. Es felicidad pura que
ella esté aquí, en un garito oscuro y lleno de gente borracha. Hace amago de
caerse y la sujeto por el hombro.
—¿Cuánto has bebido? —sonrío. Ella
sacude la cabeza y su larga melena, rubia oscura. Como hilos de oro. Me roza la
barbilla y me estremezco.
—No, no… no estoy borracha. Es que…
—no puedo evitar soltar una carcajada. A Fran le sube enseguida el alcohol, y
está muy graciosa así. Me tapo la boca con el dorso de la mano. Ella, de
pronto, sonríe todo lo que puede, suelta un gritito y me dice, agitando mucho
las manos —: ¡He conocido a un chico! En la cola, ¿sabes? Bueno, un niño en-can-ta-dor,
monísimo. Iba muy guapo, con su pañuelito, su pelo, así arregladito. Una
delicia, ¡tan simpático! Hemos hablado dos minutos y parecía que nos conocíamos
de toda la vida, ma, che cosa…!
—¿Y besaba bien? —me burlo, colocando
las manos en las rodillas para poder poner mis ojos a la altura de los suyos.
Ella abre mucho los ojos.
—¡Giulio! —niega rotundamente. Yo me
río y le saco la lengua. Ella me golpea con fingido enfado. Se pone seria —.
No, no, no. Jamás. Yo a ti no podría… —me mira directamente. Me repasa el
maxilar con un dedo —. Yo no podría hacerte eso.
Separa la mano y se muerde el labio.
Yo me incorporo y carraspeo. La zona de piel que me ha rozado arde, casi me
parece increíble no ver las llamas. Busco algún tema absurdo para entablar
conversación, cualquier cosa me vale.
—¡Giulio! —exclama —. ¡Estás empapado!
Deja el vaso en la mesa más cercana y
me palpa la camiseta.
—Un cretino con pocas luces —gruño —.
No importa, Frani, ya se secará —ella
resopla, dice algo que no entiendo y empieza a darle golpes a la mancha. Y a mi
estómago—. ¡Déjalo, Fran! —le digo, pero no parece oírme —. ¡De verdad, no
importa!
Le cojo la muñeca y tiro de ella para
que aparte el brazo. Con el alcohol no controlo mi fuerza al cien por cien, así
que lo que consigo es desequilibrarla y hacerla caer sobre mi cuerpo.
Nos miramos un momento. Muy cerca.
Dios, tiene unos ojos preciosos, incluso en la oscuridad de este bar. Sus
labios, trémulos, se mueven suavemente, pero no estoy seguro de si ha dicho
algo. Trazan un dibujo al que no me puedo resistir.
La atraigo hacia mí y la beso. No
porque sea mi prometida ni porque de alguna manera tenga que “cumplir”, todo
eso puede irse al mismísimo infierno. La beso porque de verdad quiero besarla.
Estrecho contra mí su pequeño cuerpo y una de sus manos navega por mi pelo. No
soporto que me toquen el pelo, pero a Fran le dejaría estar años así.
Su lengua es una mezcla de fresa y
alcohol, y su cuello huele a vainilla, alguna crema y al champú de flores. Poco
a poco, mis pulsaciones aumentan, me sube la temperatura, y entre la excitación
y la bebida, mi raciocinio se va un rato de paseo. Si fuera con cualquier otra
chica, aquello podría acabar de manera rápida y mal, en el mismo baño de
Bacanal (qué asco, ¿cómo se me ocurren esas cosas?), pero con Fran no. Disfruto
de tener sus curvas entre mis manos, de poder abrazarla, de que sus labios no
se despeguen de los míos. La beso más fuerte; casi puedo notar su corazón
acelerado en la boca. Alguien nos da un empujón y nos separa; maldita gente
bebida.
Nos miramos un momento. Fran baja la
cabeza, sonrojada. Yo también miro hacia otro lado, con una sonrisa de idiota.
Apoyo la frente en la pared y me río suavemente. Viene a mi lado. Me abraza y
me besa en el cuello.
Se acurruca contra mi pecho.
—Te he echado de menos, Gio… —murmura. Dejo caer la mejilla
hasta su coronilla, la aprieto contra mí y sonrío.
—Yo a ti también, Frani —y casi parece que nos ponemos de acuerdo, porque nuestras
bocas se buscan de manera casi desesperada.
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