Me
dejo caer sobre el suelo, justo debajo de la ventana, y resoplo. Tae-Min me
conoce lo suficiente para preguntarme qué me sucede, pero sacudo la mano para
quitarle fuego al asunto. Sinceramente, no quiero hablar más del tema.
Forma
parte del pasado.
—Entonces… ¿Has ido al Coliseo? —me
pregunta.
—Sí. Hoy hacía un día estupendo… —suspiro—.
Pero no estaba especialmente inspirado —agrego en referencia a mi
comportamiento.
—Ya, puede pasar…
Vuelve
a vibrar el móvil en mi bolsillo, y me apresuro a llevármelo al oído. De nuevo,
es Ángela.
—¡Rooomeo! —sonrío
sin quererlo—. ¿Dónde paras?
—Con Tae-min —le
confieso mientras dirijo una mirada a mi amigo, que enarca las cejas, curioso—.
¿Por?
—Tenemos que organizar un nuevo plan.
—¿Un plan? ¿Para qué? —me
confunde.
—¿Te acuerdas de…?
Comienza
a hablarme de tantas personas e historias a la vez que me pierdo. Lo único que
sé con seguridad al final es que se trata de un lío amoroso. Y, según Ángela,
tiene que acabar con un final feliz.
—Entonces, esta noche… —comienzo,
pero me interrumpe:
—Sí, esta noche es la noche. Pero
primero tenemos que preparar todo. ¡Tienes que venir!
—Ma… —agito
la cabeza y suspiro, resignado—. Bueno, está bien. Ahora iré para
allá.
Cuelgo
y miro de reojo a Tae-min. Parece algo afectado por la noticia de que me tenga
que marchar.
—Sé que últimamente no me paso nada —confieso—.
Pero es que Carlo nos está dando mucha caña. Dentro de nada tenemos un concurso
y…
—No te tienes qué excusar conmigo —me
corta, y desvía la mirada—. Anda, vamos para abajo, que si no
Ángela te matará —me tiende la mano con una mueca
resignada, y me apresuro a cogerla.
El
contacto es reconfortante. Cálido. Cuando estoy con Tae-Min las cosas parecen
sencillas; todo marcha bien. Tiene la curiosa capacidad de conseguir calmarme,
de que me tome la vida sin prisas.
Salgo
del restaurante más tranquilo conmigo mismo, menos inquieto por el incidente de
esta mañana.
Tomo
el primer autobús que pasa, y al cabo de unos minutos, me encamino hacia casa.
El sol se ha ocultado un poco como consecuencia de la tarde, que empieza a
teñir el cielo de colores oscuros. Sin embargo, todavía se observan sus débiles
rayos en la acera, casi luchando por no desaparecer.
Nada
más abrir la puerta de la entrada, se me echa Ángela encima.
—¡Ya estás aquí!
Me
río y la separo con cuidado. Casi me asfixia.
—¿La mañana productiva? —me
pregunta con una sonrisa.
Eso
me hace que recuerde que prácticamente no he comido. Tan sólo el crêpe que me
preparó mi padre esta mañana. Entre deambular por Roma, las clases de baile y
el restaurante, no he tenido tiempo para planteármelo.
—Sí, productiva —asiento
con una sonrisa y me dirijo hacia la cocina. Ángela, por detrás, me sigue dando
saltitos.
—Ya se me ha ocurrido un plan.
Se
apoya en el quicio de la puerta. Mientras, busco en los cajones algo para
comer.
—Recuérdame de qué iba la cosa —le
pido.
—Oh, claro… Mira, era sobre…
Mientras
vuelvo a escuchar una historia tan enredada como divertida, en mi cabeza se
reproduce la mirada de un chico. Y me pregunto, sin querer, si en la historia
de su vida hay amor, o desamor.
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