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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

sábado, 9 de abril de 2011

Giulio - VII


—¡Iván! ¿Se puede saber qué estás haciendo?
—¡Voy enseguida!
Me desespera. Cada vez que vamos a salir, el ojiplático me desespera. Tarda media hora para elegir su atuendo. Tarda media hora en ducharse. Tarda media hora en peinarse esa maldita melena. Y tarda media hora en hacer que su cuidadísimo look parezca descuidado. Un día me lo cargo.
—¡Ojiplático! —le grito, ya en el descansillo —. Si cuando el ascensor venga no estás aquí, ¡me voy yo solo!
—¡Que te esperes, hombre! —sale, por fin, con la chaqueta de cuero en la mano y su camiseta de Metallica. Cómo se la envidio, en realidad es una pasada de prenda. Se aparta dos mechones de la frente y sus ojos gigantes me miran con enfado —. Uno tiene que cuidar la imagen, hombre. ¿Cómo voy a pedirle al dueño que nos consiga un local de conciertos si no?
Llega el ascensor. Ese tan especial que hay que abrir tres puertas.
—¿En serio? Pues cuando el dueño te vea borracho, se dará cuenta de que no puede confiar su local a un tío con esos ojos tan…
Se nos cierra la boca a los dos, de repente. En el ascensor hay dos cubos de plástico. Uno azul y otro rojo. Llenos de agua. Nos quedamos parados; yo con el brazo estirado porque acabo de abrir la puerta, Iván con los ojos como platos. Me mira, le miro, miramos los cubos.
—¿Y esto?
Ma, che cosa?
Al final, nos decidimos a entrar en el ascensor. Mientras bajamos los cinco pisos, permanecemos a distancia prudencial de los cubos. Como si nos fueran a morder. De vez en cuando, nos echamos un vistazo por el rabillo del ojo. Iván carraspea.
—Igual… es de la señora de la limpieza.
—¿A las diez y media de la noche?
Se encoge de hombros.
Cuando llegamos al piso bajo, no hay nadie. Casi echamos a correr hacia la puerta, después de haber dejado los cubos llenos de agua bien guardados dentro del ascensor. En este edificio pasan cosas muy extrañas.
Bacanal está en el barrio de Trastévere, y como el metro en Roma cierra muy pronto, nos vamos en autobús. De camino, el Vaticano y el Castel Sant Ángelo nos miran, iluminados e imponentes. En realidad, Roma es una ciudad bella. Iván tararea Enter Sandman y me saca de mi contemplación arquitectónica.
A las once en punto entramos en el garito. Está todo oscuro, la música es rock que no está mal y las jarras de alcohol van que vuelan. Lorenzo, en cuanto me ve, se me lanza encima y me invita a una cerveza. Voy y vengo en un devenir de saludos hasta que el brazo de mi amigo el heavy me agarra del cuello de la camiseta y me estampa contra la barra.
—Me debes una —me dice, y me pasa un botellín de cerveza.
—¿Me vas a invitar? —me río. Siempre me está invitando a cosas, porque sus padres tienen mucho dinero. Él asiente después de un trago largo.
Yeah. Me doy cuenta de que eres el único amigo decente que tengo en este universo patético —sentencia, muy reflexivo. Qué demonios. Es verdad. Él es también el único amigo decente que tengo. Me río.
Le paso la mano por los hombros y alzo la cerveza.
—Por los amigos.
Rock it!
Entonces, empiezan unas notas de guitarra que Iván y yo conocemos de sobra. Tragamos la cerveza, levantamos la barbilla y gritamos a la vez:
Sweet child o’mine!
El pub entero parece apoyar nuestro berrido con una ovación. La gente se mueve, baila y brinda al son de esa gran canción. Iván dice que tienen que poner Scorpions para que la noche sea perfecta. Yo no paro de reírme y pasan los minutos, mientras el alcohol me va animando y converso con la gente de mi clase de cosas poco interesantes. Oteo el horizonte oscuro de vez en cuando, miro el reloj. Son las once y media… y Fran no aparece. Me entra un cosquilleo en el estómago; ella no suele retrasarse.
La puerta se abre. Estiro el cuello para conseguir diferenciarla entre la marea de gente y las jarras que vuelan por encima de nuestras cabezas.
Mierda.
No puede ser.
Clavo las uñas en el brazo de Iván.
—¡Giulio! ¿Qué haces…?
No me lo puedo creer.
Por la puerta acaba de entrar el niñato del Coliseo.

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