—¡Iván! ¿Se puede saber qué estás
haciendo?
—¡Voy enseguida!
Me desespera. Cada vez que vamos a
salir, el ojiplático me desespera. Tarda media hora para elegir su atuendo.
Tarda media hora en ducharse. Tarda media hora en peinarse esa maldita melena.
Y tarda media hora en hacer que su cuidadísimo look parezca descuidado. Un día me lo cargo.
—¡Ojiplático! —le grito, ya en el
descansillo —. Si cuando el ascensor venga no estás aquí, ¡me voy yo solo!
—¡Que te esperes, hombre! —sale, por
fin, con la chaqueta de cuero en la mano y su camiseta de Metallica. Cómo se la
envidio, en realidad es una pasada de prenda. Se aparta dos mechones de la
frente y sus ojos gigantes me miran con enfado —. Uno tiene que cuidar la
imagen, hombre. ¿Cómo voy a pedirle al dueño que nos consiga un local de
conciertos si no?
Llega el ascensor. Ese tan especial
que hay que abrir tres puertas.
—¿En serio? Pues cuando el dueño te
vea borracho, se dará cuenta de que no puede confiar su local a un tío con esos
ojos tan…
Se nos cierra la boca a los dos, de
repente. En el ascensor hay dos cubos de plástico. Uno azul y otro rojo. Llenos
de agua. Nos quedamos parados; yo con el brazo estirado porque acabo de abrir
la puerta, Iván con los ojos como platos. Me mira, le miro, miramos los cubos.
—¿Y esto?
—Ma,
che cosa?
Al final, nos decidimos a entrar en el
ascensor. Mientras bajamos los cinco pisos, permanecemos a distancia prudencial
de los cubos. Como si nos fueran a morder. De vez en cuando, nos echamos un
vistazo por el rabillo del ojo. Iván carraspea.
—Igual… es de la señora de la
limpieza.
—¿A las diez y media de la noche?
Se encoge de hombros.
Cuando llegamos al piso bajo, no hay
nadie. Casi echamos a correr hacia la puerta, después de haber dejado los cubos
llenos de agua bien guardados dentro del ascensor. En este edificio pasan cosas
muy extrañas.
Bacanal está en el barrio de
Trastévere, y como el metro en Roma cierra muy pronto, nos vamos en autobús. De
camino, el Vaticano y el Castel Sant Ángelo nos miran, iluminados e imponentes.
En realidad, Roma es una ciudad bella. Iván tararea Enter Sandman y me saca de mi contemplación arquitectónica.
A las once en punto entramos en el
garito. Está todo oscuro, la música es rock que no está mal y las jarras de
alcohol van que vuelan. Lorenzo, en cuanto me ve, se me lanza encima y me
invita a una cerveza. Voy y vengo en un devenir de saludos hasta que el brazo
de mi amigo el heavy me agarra del
cuello de la camiseta y me estampa contra la barra.
—Me debes una —me dice, y me pasa un
botellín de cerveza.
—¿Me vas a invitar? —me río. Siempre
me está invitando a cosas, porque sus padres tienen mucho dinero. Él asiente
después de un trago largo.
—Yeah.
Me doy cuenta de que eres el único amigo decente que tengo en este universo
patético —sentencia, muy reflexivo. Qué demonios. Es verdad. Él es también el
único amigo decente que tengo. Me río.
Le paso la mano por los hombros y alzo
la cerveza.
—Por los amigos.
—Rock
it!
Entonces, empiezan unas notas de guitarra que Iván y yo conocemos
de sobra. Tragamos la cerveza, levantamos la barbilla y gritamos a la vez:
—Sweet child
o’mine!
El pub entero parece apoyar nuestro berrido
con una ovación. La gente se mueve, baila y brinda al son de esa gran canción.
Iván dice que tienen que poner Scorpions para que la noche sea perfecta. Yo no
paro de reírme y pasan los minutos, mientras el alcohol me va animando y
converso con la gente de mi clase de cosas poco interesantes. Oteo el horizonte
oscuro de vez en cuando, miro el reloj. Son las once y media… y Fran no
aparece. Me entra un cosquilleo en el estómago; ella no suele retrasarse.
La puerta se abre. Estiro el cuello para
conseguir diferenciarla entre la marea de gente y las jarras que vuelan por
encima de nuestras cabezas.
Mierda.
No puede ser.
Clavo las uñas en el brazo de Iván.
—¡Giulio! ¿Qué haces…?
No me lo puedo creer.
Por la puerta acaba de entrar el
niñato del Coliseo.
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