—No tiene ninguna gracia, mamá —gruño,
y me dejo caer hacia atrás, sobre el lecho de cojines. Ella se tapa la boca con
los dedos, muy delicada, pero no puede contener las carcajadas.
—Mi vida, yo creo que es divertidísimo
—cierra los ojos y todo. Yo me muero de la vergüenza —. Bastante tuvo el pobre
Iván con encontrarse a dos personas en su cama, digamos suavemente que “intimando”.
Imagínate que es la tuya.
—Yo me encontré a un tío sin
pantalones dentro de la mía —me cruzo de brazos, miro el techo adornado con
telas de dragones alargados y
pájaros raros—. Así que no, lo siento, no me da ninguna lástima.
Mi madre está disfrutando de lo lindo.
He pasado a verla porque, en medio del caos mañanero, Emilio me llamó para
concretar una cita. Íbamos a tomar el té a las cinco. Mi madre va vestida con
un kimono blanco, adornado con sencillas orquídeas rosadas, y un recogido que
acentúa el buen estado de conservación de su piel y su cuello. Los abalorios
que le caen por el cabello negro tienen mil colores y adornos exquisitos.
Además, se ha pintado la cara de blanco, los ojos perfilados en negro y los
labios rojos, como una fresa a punto de explotar.
—Contempla esta paz, querido —dice, y
da un pequeño sorbo a su taza. Yo no soporto el té, así que ella bebe su
aromática infusión de frutos rojos y yo un café con leche, pero en tazas japonesas.
Emilio, de pie junto a mi, parece samurai custodiando a su geisha —. Disfruta
de la armonía de los elementos, de esta energía pura de la tierra. El vuelo de
la libélula sobre las aguas cristalinas....
Siento decir que no la estoy
escuchando.
—Después Iván vino a sermonearme. ¿Te
das cuenta? Como si fuera mi padre —gruño y me incorporo de golpe. Hace un día
fresco, y mi madre ha decidido que tomemos el té junto a las puertas de la
terraza. Dos leones asiáticos de bronce me miran como si se estuviesen
cachondeando de mí. Será el propio sol el que me está poniendo de peor humor.
—¿Sermonearte? —mi madre sonríe —.
Cuánto tiempo hace que nadie hace eso en esta casa. ¿No es cierto, Emilio?
—El signorino ha crecido mucho, signora.
—Me dijo que me había excedido con el
niño del Coliseo. Menuda estupidez. ¡Me tiró el cubata por encima! ¡Y me
persigue! Con lo grande que es Roma, mamá, ¿por qué he tenido que encontrármelo
en Bacanal?
Me levanto, ofuscado, y camino hasta
la terraza. Apoyo ambas manos en la balaustrada de mármol de Luna y resoplo.
Ella, dentro, acaricia con gracia a uno de los gatos siameses que pululan por
el piso. Emilio sigue quieto, con una bandeja en la mano de pastelillos
asiáticos y una katana en la otra. Todo el piso huele a orquídeas, a aves
pájaro del Paraíso, a lirios blancos. Vuelvo a resoplar.
Mi madre toma su taza con delicadeza y
sorbe despacio, para no arruinar su color de labios.
—Quizá el destino haya decidido
entrelazar vuestras vidas…
—Mamá, por favor…
—Escuche a la signora, signorino —me
interrumpe suavemente Emilio. Le miro, no enfadado, sino sorprendido. Él me
devuelve una leve sonrisa, oculta casi por su bigote blanco —. Tiene todavía
mucha sabiduría que ofrecerle.
Mi madre se levanta. El gato protesta,
estaba bien acomodado en su regazo. Con el kimono ondeando y sus ojos brillantes,
camina hasta mí, me pone la mano en el hombro y lo aprieta con cariño.
—El mundo está lleno de misterios,
cariño. Y quizá su energía ha decidido que tienes que cruzarte con ese chico.
Puede que tengas que conocerlo, que tenga algo que nadie más te podrá dar. Tú
te empeñas en apartarlo y rechazarlo —la brisa empieza a movernos el pelo a los
dos. Yo trago saliva.
—Mamá…
—Escúchame, Giulio. Nosotros, pequeños
granos de arroz, no somos quien para contradecir a la fuerza que nos ha dado la
vida. La Madre Naturaleza tiene pensado algún plan para ti y para ese chico.
Podrías probar, y ver de qué se trata —sonríe —, si tienes el valor de un tigre
para ello. Si eres cobarde como un conejo, nunca conseguirás nada.
Vuelve a su sitio y yo me quedo igual,
mareado de tanta filosofía oriental. Meneo la cabeza y vuelvo dentro, con ella.
Le hago un par de fiestas al gato y mi madre decide regresar un momento a la
filosofía occidental.
—Por cierto —deja la taza y sonríe,
pícara —. ¿Quién era esa chica que te arrebató Lorenzo? ¿Qué hacías con ella?
Me echo a reír.
—Era una compañera de clase. Iván me
dijo que sólo hablábamos —le guiño un ojo —. Parece que las geishas también
tienen sus chismorreos en palacio, ¿eh?
Ella echa la cabeza hacia atrás, con
un gesto elegante y altivo, con una preciosa sonrisa en sus labios rojos. Hace
un gesto con la mano, como para quitarle importancia, y de nuevo se ríe.
—Lo decía por ti, cariño. Era un
elogio. Mi Giulio, robando la virtud de tantas jóvenes puras e indefensas…
Me parto de risa.
—Sí, alguna que otra…
Las tazas ruedan por el suelo. Alguna
se parte y los gatos empiezan a bufar. Me caigo hacia atrás y doy con el cogote
en el suelo. De pronto, mi madre ha deshecho todo su peinado, y uno de los
pasadores tiene un filo delgado y brillante, como un estilete. Un filo que está
apoyado directamente sobre mi garganta. Todo el pelo negro de mi madre me cae
encima. Sus ojos relampaguean.
—Porque no se te habrá ocurrido
ponerle la mano encima a Francesca —aprieta los dientes—, ¿verdad, Giulio?
—¡No! —grito, y trago saliva —. ¡No,
no, no, no, no se me ha pasado por la cabeza, te lo juro! ¡Emilio, dile que
aparte eso!
—Signora,
el muchacho está diciendo la verdad —me salva el viejo pingüino. Ella vuelve a
su sitio, al otro lado de la baja mesa, y vuelve a colocar su arma entre sus
cabellos. Emilio tiene razón, no miento. Me he acostado con otras chicas, pero
no con Francesca. Mi madre podría matarme, creo que salta a la vista.
—¡Fantástico, pues! Sabía que eras un
hombre honorable.
Temblando, me incorporo con ayuda de
Emilio.
—Te dije que nada de armas —susurro
atropelladamente. Él se encoge de hombros.
—¿Y usted cree que puedo controlar a
su madre?
—Ma…
che cosa…? —jadeo.
Alguien va a morir pronto... xD
ResponderEliminarNo he comentado en los demás porque no he tenido tiempo, pero intentaré comentarlos a partir de ahora! =)