—Pasa
de él.
Me sobresalto al escuchar esas tres
palabras en mi oído, más aun teniendo en cuenta el elevado volumen de la
música. Dirijo mi mirada hacia la voz y descubro los ojos de Fabiano mirándome
fijamente.
Vale. Ahora sí que la noche se está
empezando a torcer. Todavía no he tenido la oportunidad de pensar
tranquilamente en todo lo sucedido con Fabiano. Y resulta que está aquí.
Me separo con más brusquedad de la que
quiero.
—Romeo…
En serio, necesito escapar. Ahora
mismo. No sé muy bien por qué.
Intento escabullirme entre la
multitud. Sé que es un gesto infantil; soy consciente. Pero es que no puedo
enfrentarme ahora a esto.
Fabiano me sigue hasta llegar a una
pared cercana a los servicios. Allí me detengo y me dejo caer hasta sentarme en
el suelo. La música y el humo me confunden. Y su presencia, todavía más.
Se agazapa enfrente de mí. Sus manos
se posan sobre mis rodillas. Levanto la cabeza y lo observo, inseguro e
inquieto. Desde esta altura, parece más sencillo escuchar. Al menos, puedo oír
sus respiraciones. Eso me pone todavía más nervioso.
—Romeo…
—insiste.
—¿Qué
quieres de mí? —le
pregunto muy despacio.
Se relame los labios y desvía la
mirada.
—No,
en serio… —continúo—. Es
que no te entiendo, Fabiano. ¿A qué viene todo esto? —sigue
sin responder—.
Oye, me quieres contest…
Y entonces me besa.
Abro los ojos y parpadeo. Sé que es de
mala educación abrir los ojos cuando besas a alguien, pero… no entiendo nada.
No sé qué está pasando. Puedo sentir la ansiedad del beso, la profundidad que
intenta imprimir en él. Y por un momento, me dejo llevar y cierro los ojos. Por
la extraña necesidad de sentir calor entre toda la incertidumbre que hay en mi
cabeza.
Pero, de repente, algo en mi interior
se agita. Después de tanto tiempo de miradas frías y odiosas, ¿Fabiano me está
besando? ¿Está borracho otra vez? ¿Soy un juguete para él?
Reviento. Exploto, literalmente. Le
empujo con todas mis fuerzas. Consigo que caiga de culo sobre el suelo.
Aprovecho el momento para levantarme y como puedo, correr hacia la salida.
Siento su mirada detrás de mí, pero no puedo detenerme ahora.
Oigo mi nombre. Lo oigo por todos los
sitios.
Consigo llegar a la puerta y salir al
exterior. Una voz grave me pregunta si quiero un sello, para volver a entrar.
Sin responderle, comienzo a andar calle abajo. Ya no hay cola en la calle. No
hay nadie.
—¡Romeo!
Reconozco la voz y me giro. Tae-Min se
acerca a mí con una sonrisa amplia.
—Te
estaba llamando, pero no me has hecho ni caso –sus ojos achinados me transmiten
una alegría que, ahora mismo, me da alergia. Dios, me duele demasiado la
cabeza.
—Me
tengo que ir.
—¿Cómo?
—Que
me voy.
—Pero
Romeo… —murmura
sin entender nada.
—Lo
siento.
Echo a andar. Puedo percibir cómo la
figura de mi amigo está parada, sin saber muy qué hacer. Pero no le dejo
oportunidad de que me siga y me apresuro. No quiero que por mi culpa se
preocupe. Aunque intuyo que se pasará toda la noche intentando llamarme… Como
si Tae-Min me hubiera oído, el móvil me suena en ese momento. Lo saco del
bolsillo. Es un mensaje de Claudia.
Qué donde estoy. Bf. Pues, ahora
mismo… ni yo mismo lo sé.
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