Tendido
cuan largo soy sobre una superficie de césped, disfruto de los rayos de sol que
me acarician la cara. A mi lado, Tae-Min bosteza exageradamente. Giro la
cabeza, dispuesto a hacer algún comentario por semejante rugido, y me encuentro
con sus ojos alegres. Sonríe:
—Es que es para dormirse, no me digas
que no…
Asiento
en silencio y vuelvo a orientar mi rostro hacia el cielo. Hace un día
estupendo… el sol parece que quiere quedarse en Roma, y no seré yo quien se
oponga a ello. Me encantan los días como estos: aventuran acontecimientos
inesperados y sorprendentes.
Estamos
a solo un par de calles de Danzarmonia,
donde tengo clase en menos de una hora. Después de tomarnos una Coca-Cola para
sofocar el calor, no hemos tenido otra ocurrencia que tumbarnos sobre la hierba
del parque más cercano para hablar de lo divino y lo humano.
Aunque
creo que ahora estamos quedándonos tan dormidos que apenas articulamos tres
palabras seguidas.
—¿Irás a Bacanal? —rompe
el silencio Tae-Min.
—No lo sé —resoplo
y me encojo de hombros—. Ayer me pasé toda la noche
maquinando con Ángela en un pub. Me acosté tardísimo y hoy estoy reventado. Más
la paliza que seguro que va a darme Carlo —me muerdo el labio inferior—.
No sé si voy a tener fuerzas.
—Al parecer hay una promoción especial —me
revela—.
Por eso hoy va a ir un montón de gente. Los de la uni habíamos quedado para ir.
—Sí, seguro que alguien de clase me lo
comenta esta tarde —coincido, recordando que todavía no he
visto a mis amigos de Bellas Artes—. Y seguro que Ángela insiste en que
tenemos que juntar a esa parejita… —añado y se me escapa un suspiro—.
L’amore.
—Ma,
che cosa?! —pronuncia
con un recargado acento Tae-Min, mientras mueve sus muñecas sobre mi cara para
representar el típico gesto que define a los italianos.
Me
río y le aparto las manos.
—Qué payaso.
—Sí, pero tienes que enseñar exactamente
cómo se hace el giro de muñeca… —continua bromeando.
—Aprende —le
digo mientras me incorporo y exhibo mi movimiento de muñeca—.
Esto es genética italiana —me río.
Aunque
el acento de mi amigo asiático es perfecto, muchas veces finge enfadarse por no
lograr adoptar ciertas características de la cultura italiana. Entre ellas, el
famoso giro de muñeca por el que somos ridiculizados en medio mundo.
—Déjalo, anda —le
digo cuando temo que vaya a romperse algo, aunque sólo ver la cara de esfuerzo
de Tae-Min de nuevo hace que me vuelva a reír.
Es
con una sonrisa en la cara con la que me topo, de repente, con Fabiano. Acaba
de bajar del autobús y parece tan sorprendido como yo de verme allí. Se detiene
un segundo, inseguro. Estoy tentado de levantarme y acercarme, pero los
recuerdos de una noche ya pasada me sacuden, y consigo contenerme.
Se
relame los labios, echa un rápido vistazo a Tae-Min, y sigue caminando con
visible nerviosismo. Observo cómo se aleja y suspiro.
—Menudo idiota —comenta
Tae-Min, mirando también a Fabiano en la distancia.
—No pasa nada —le
quito importancia al asunto. Luego, saco el móvil y me fijo en la hora—.
Será mejor que me vaya yendo…
Me
despido de Tae-Min con la promesa de que me pensaré lo de Bacanal. No sé ni
siquiera para me hago el interesante; sé que acabaré yendo ante la insistencia
de todos. Soy fácil de convencer en temas de salidas nocturnas.
Mientras
me dirijo hacia la academia, pienso en Fabiano y en todo lo que sucedió aquella
noche de Navidad de hace unos meses. Habíamos quedado todos los de la academia
para ir a cenar y a una discoteca. La noche era fría, y el alcohol nos
calentaba, así que supongo que nos pasamos un poco.
Recuerdo
bailar en medio de la multitud. Recuerdo cómo me miraba Fabiano, aunque yo
pensaba que se trataban de imaginaciones mías. Recuerdo que alguien me había
comentado que estaba liado con una amiga suya del instituto.
Cuando
cerraron la discoteca, nos fuimos hacia casa. Fabiano me acompañó un tramo. Y,
cuando nos despedimos, me besó. Así, sin más. Me empujó contra una pared y unió
sus labios a los míos con una ansiedad que no correspondí, confuso. Luego, sin
mirarme, se largó.
Desde
entonces, no me mira, no me responde; me ignora. A pesar de que he intentado
varias tácticas para demostrarle que no pasó nada, desde la indiferencia
absoluta hasta la simpatía más amable.
Y
nada.
Entro
en la academia y me dirijo hacia los vestuarios. Llego a mi taquilla y empiezo
a sacar todo el material. Entonces, una pregunta me sobresalta.
—¿Irás a Bacanal?
Casi
parece un deja-vú. Pero no es un
amable asiático quien me lo pregunta, sino Fabiano, que detrás de mí, se apoya
en una taquilla. Me vuelvo hacia él y trato de descifrar su mirada. Luego,
vuelvo a concentrarme en mi mochila.
—Quizá.
—Espero que ese quizá se convierta en un sí... Te veo esta noche.
Me
giro, dispuesto a preguntarle qué demonios quiere decir con eso. Pero ya no
está, y en su lugar, flota una duda que no sé cómo interpretar.
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