Me
quedo unos segundos paralizado, mirando su mano como si fuera la primera vez
que la veo. ¿Esto es… una tregua? ¿Algo así? ¿Un nuevo comienzo?
Al
principio desconfío. Si tengo que ser completamente sincero conmigo mismo, no sé
por donde coger la situación. Me parece un chaval de lo más extraño. Bipolar, a
lo mejor. No es normal tener estos cambios de actitud tan bruscos.
Evalúo
la distancia que nos separa y cómo su mano se mantiene en el aire. Asciendo la
mirada hasta clavarla en sus ojos, y vuelvo a observar su posición.
No
entiendo nada.
Entonces
reparo en que está sonriendo. Es una sonrisa bonita. Parece, incluso, sincera.
Y decido confiar, más por instinto que por seguridad en su persona (y porque,
todo sea dicho, me parece una sonrisa increíble).
—Romeo
—le estrecho la mano—. Y ahórrate preguntarme el por qué del nombre —añado con
cierto retintín—. Es una historia horrible.
Ahora
no me cuesta tanto hablar con él. Esa súbita explosión de rabia parece haberme
relajado. Estoy más tranquilo, aunque no puedo evitar que su contacto me haya
turbado. Su piel es cálida, sorprendentemente agradable teniendo en cuenta su
habitual frialdad. Resulta extraño.
—No
se dicen esas cosas si no quieres que te pregunten —se encoge de hombros—. Por
obligación moral, me lo deberías decir —comenta con un aire chulesco a la par
que divertido.
Dejo
escapar una risa. Es curioso que a pesar de las situaciones que nos han rodeado
desde nuestro primer encuentro, hagamos ahora como si fuera, de verdad, la
primera vez que nos vemos.
—Te
podrás imaginar por qué —le digo, resignado.
—Todavía
no soy adivino.
—¿Romeo
y…? —intento darle una pista.
—¿Romeo
y… su complejo de enano? —suelta cómodamente.
Abro
la boca, pero no me sienta mal.
—Qué
capullo, ¿no?
Le
debe hacer gracia que use tacos, porque amplia su sonrisa. Dirige su mirada
hacia el parque.
—Es
lo que hay.
Resoplo
y observo su silueta recortada por el tibio sol. Parece una estrella del rock. Incluso ese aire de alma
atormentada, amargada, le dan un punto extrañamente atractivo. Vuelve a
mirarme, y le sostengo la mirada durante unos segundos. En esta ocasión, sin
embargo, guardamos silencio.
Hasta
que un grito interrumpe nuestro contacto visual.
—¡Romeooo!
Reconozco
la voz, y me giro. Al pie de las escaleras aparece Alessandra. Tiene la cara
congestionada, y se aproxima hacia nosotros mano en el pecho.
—Joder,
Romeo. Lo siento un montón. Mi madre me ha mandado a hacer unos recados y me he
empanado. Te he llamado, pero no llevabas el mov… —se detiene al alcanzarme y
comprobar que no estoy solo. Mira a Giulio sin saber muy bien cómo actuar—.
Esto… Ehm, eso —se decide a añadir al final.
Abro
la boca decidido a explicarle lo sucedido, pero Giulio se me adelanta:
—Yo
ya me iba.
Le
dirijo una mirada llana, sin saber qué sentir por su confesión. Alessandra,
captando mi postura, retrocede:
—Sí,
ahm. Yo… te espero ahí, Romeo —añade, y baja las escaleras sin dejar de
lanzarme miradas extrañadas y curiosas.
Suspiro,
sin saber muy bien cómo despedirme de él. Ha sido una velada interesante, y no
me importaría continuarla. Pero sé que Alessandra me necesita y para mí eso es
lo primordial.
—Bueno,
pues… —digo, y noto cómo la timidez vuelve a apoderarse de mi garganta.
—¿Te
parece si nos volvemos a cruzar otro día?
Su
pregunta me deja anonadado. Esta vez, por fortuna, no tardo tanto tiempo en
reaccionar.
—Vale.
—Bien.
Y,
sin decir nada más, se da la vuelta y baja las escaleras con la guitarra
trotando a su espalda. Mientras lo veo alejarse, no puedo borrar de mi cara la
estúpida ilusión que se refleja en ella. Tardo unos segundos en recuperarme de
todas las sensaciones, y llego hasta Alessandra.
—Qué
locura —resoplo, me revuelvo el pelo y parpadeo intentando asimilar todo lo que
ha pasado.
—¿Tienes
algo que contarme? —me acribilla, mientras sigue la figura de Giulio alejarse
por la calle.
—Quizá.
Sigo
el rumbo de su mirada.
Giulio
es un completo misterio para mí.
Pero,
qué le vamos a hacer, me encanta. Sorprendente e irremediablemente.