Me despierto con mal sabor de boca.
Anoche viví una auténtica odisea en el
taxi. Camillo empezó a vomitar y, obviamente, el taxista nos hizo bajar del
coche antes de que le “estropeásemos toda la noche”. Por las calles de Roma,
cargamos con él hasta la parada de bus más cercana –¿a media hora de allí,
aproximadamente?–. Alessandra empezó a llorar, y mientras Claudia intentaba
animarla, Camillo cogió mi móvil e insistió en que llamara a Giulio –yo no lo
hice, pero cuando me lo devolvió se reía de forma siniestra… en fin.
Fue una auténtica locura.
Oculto mi cara bajo la almohada.
Me suena el móvil, pero no me apetece
hablar con nadie. Me imagino que será Tae-Min, ansioso por saber qué pasó. Pero
¿qué contarle? ¿Acaso pasó algo?
La insistencia de la melodía me
obliga, finalmente, a alargar la mano y llevármelo al oído.
—Pronto?
—Hola
Romeo. ¿Qué tal estás?
Sorprendente, pero no es Tae-Min. Sino
Alessandra. Y parece realmente hecha polvo. Intento incorporarme un poco de la
cama, consciente de que necesita ánimos.
—Yo
bien, pero ¿y tú? ¿Cómo te encuentras?
—Fatal…
Rompe a llorar.
Me revuelvo el pelo, indeciso. Aprieto
los labios y suspiro:
—Tranquila,
Ale… Venga, va…
Nada. Sus sollozos se hacen más sonoros.
—Voy a
por ti ahora mismo.
—¿Qué?
—Eso
parece cambiarle el tono de voz, que pasa de la desesperación a la sorpresa.
—Que
me visto y voy a por ti. Nos vamos a comer por ahí o algo, y hablamos.
—Ay,
no Romeo… estoy horrorosa hoy.
—No
seas tonta —me levanto
y subo la persiana. Hoy hace un sol más tibio—.
Además, ya estoy vistiéndome. No hay más que hablar.
—Pero…
—Media
hora, Ale. En el parque de enfrente de tu portal.
Y cuelgo.
Lo mejor es no dar opciones de que se
niegue. En estas circunstancias, o sales y te distraes, o puedes morir en una
lenta agonía a base de chocolate y películas románticas. Y a mí también me
vendrá bien salir y no calentarme la cabeza más de lo necesario.
Escojo una sudadera de rallas, y una
gorra para la cabeza. Por último, la bufanda, más las llaves, dinero… sí, lo
llevo todo.
Solo cuando he subido al autobús y me
dirijo hacia casa de Alessandra... me doy cuenta de que me he olvidado el
móvil. Me muerdo el labio inferior y espero, de corazón, que no me deje colgado
en medio de unos cuantos árboles esperándola.