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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

sábado, 21 de enero de 2012

Romeo - XXI


Me despierto con mal sabor de boca.
Anoche viví una auténtica odisea en el taxi. Camillo empezó a vomitar y, obviamente, el taxista nos hizo bajar del coche antes de que le “estropeásemos toda la noche”. Por las calles de Roma, cargamos con él hasta la parada de bus más cercana –¿a media hora de allí, aproximadamente?–. Alessandra empezó a llorar, y mientras Claudia intentaba animarla, Camillo cogió mi móvil e insistió en que llamara a Giulio –yo no lo hice, pero cuando me lo devolvió se reía de forma siniestra… en fin.
Fue una auténtica locura.
Oculto mi cara bajo la almohada.
Me suena el móvil, pero no me apetece hablar con nadie. Me imagino que será Tae-Min, ansioso por saber qué pasó. Pero ¿qué contarle? ¿Acaso pasó algo?
La insistencia de la melodía me obliga, finalmente, a alargar la mano y llevármelo al oído.
Pronto?
Hola Romeo. ¿Qué tal estás?
Sorprendente, pero no es Tae-Min. Sino Alessandra. Y parece realmente hecha polvo. Intento incorporarme un poco de la cama, consciente de que necesita ánimos.
Yo bien, pero ¿y tú? ¿Cómo te encuentras?
Fatal…
Rompe a llorar.
Me revuelvo el pelo, indeciso. Aprieto los labios y suspiro:
Tranquila, Ale… Venga, va…
Nada. Sus sollozos se hacen más sonoros.
Voy a por ti ahora mismo.
¿Qué? Eso parece cambiarle el tono de voz, que pasa de la desesperación a la sorpresa.
Que me visto y voy a por ti. Nos vamos a comer por ahí o algo, y hablamos.
Ay, no Romeo… estoy horrorosa hoy.
No seas tonta me levanto y subo la persiana. Hoy hace un sol más tibio. Además, ya estoy vistiéndome. No hay más que hablar.
Pero…
Media hora, Ale. En el parque de enfrente de tu portal.
Y cuelgo.
Lo mejor es no dar opciones de que se niegue. En estas circunstancias, o sales y te distraes, o puedes morir en una lenta agonía a base de chocolate y películas románticas. Y a mí también me vendrá bien salir y no calentarme la cabeza más de lo necesario.
Escojo una sudadera de rallas, y una gorra para la cabeza. Por último, la bufanda, más las llaves, dinero… sí, lo llevo todo.
Solo cuando he subido al autobús y me dirijo hacia casa de Alessandra... me doy cuenta de que me he olvidado el móvil. Me muerdo el labio inferior y espero, de corazón, que no me deje colgado en medio de unos cuantos árboles esperándola.