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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

lunes, 25 de febrero de 2013

Giulio XXIV



Tengo que contenerme para no echar a correr, pero es que de repente siento la adrenalina atascada en mi esternón. No corro; por favor, ni que fuera memo. Pero aprieto el paso hasta que considero que estoy a la distancia suficiente. Doblo la esquina y espero a que mi corazón deje de darme golpes contra las costillas. Me miro en la parada de autobús que tengo delante. ¿Estoy rojo? ¿Por qué?
Cuando quiero darme cuenta, tengo medio cuerpo asomando por el chaflán, mirando la distancia que mis piernas han puesto entre el pequeño bailarín y yo. ¿Se puede saber qué estoy haciendo?
No me doy un bofetón porque parecería un demente. Pero echo a andar rapidito, a ver si se me pasa la tontería. No lo entiendo. Mientras mis dedos se enredan con los auriculares, me doy cuenta de que no lo entiendo. Tampoco ha estado tan mal. Recuerdo los tacos saliendo de su boca y se me escapa una sonrisilla. Qué rebelde, diciendo palabrotas. Algo me susurra que quizá lo hacía para congraciarse conmigo, que tengo la lengua de estropajo del malo.
Mientras busco la primera boca de metro, subo el volumen de la música para terminar de evadirme. En realidad no sé hacia dónde me dirijo. Sólo quiero flotar en la nada durante un rato. Nada puede romperme la burbuja. Ni siquiera el teléfono, que está a punto de reventar porque Iván no deje de llamarme. Le van a dar por saco; yo ya no voy hasta el culo del mundo para probar un local de ensayo. Confío plenamente en su criterio, me digo, cuando pongo un pie en el vagón y suena The Crow and the Butterfly, de Shinedow. En sus manos lo dejo.
Se me explota la burbuja cuando Brent Smith canta “como un cuervo persiguiendo una mariposa”. Mis ojos se pierden en lo negro del subterráneo y, de repente, ya sé dónde voy.
Al cabo estoy llamando a la puerta con el león de mármol de Carrara. Me giro y me peino un poco con las manos delante del espejo que hay en el pasillo. Siempre intento ir decente cuando voy a ver a mi madre. Emilio me abre la puerta, con su sonrisa escondida detrás de esos bigotes de antropólogo inglés el siglo XIX. Se la devuelvo y le doy la mano.
Ciao, Emilio.
—Buenas tardes, signorino. Su madre no está en casa ahora mismo —me dice, antes de que le pueda preguntar. Me sorprendo y ladeo la cabeza. La sornisa de Emilio no desaparece, pero se hace más pequeña—. Me temo que tiene uno de “esos días”. Usted ya sabe dónde encontrarla.
Asiento y casi corriendo voy hacia las escaleras. No puedo esperar a que llegue el ascensor.
Grazie, Emilio!
Aún lo veo agitando la mano para despedirme. Bajo corriendo las escaleras y sigo corriendo cuando llego a la calle. El viejo pingüino no estaba hablando de la menstruación de mi madre, ni mucho menos. Pero igual que las mujeres sangran cada veintiocho días, el ánimo de mi madre experimenta un cambio una vez al mes. No es del todo regular, pero se mantiene. Ese día, mi madre se convierte en una persona que el resto del mundo calificaría como “normal”. Deja las extravagancias a un lado y simplemente “es”.
A veces llama a sus amigas para salir a comer o de compras. Ellas disfrutan muchísimo de los “días” de mi madre. Yo no puedo soportarlos.
Pero cuando no está de paseo con nadie, mi madre siempre va al mismo sitio. Con la lengua colgando, bajo la escalinata de la Piazza di Spagna y la encuentro sentada en uno de los primeros escalones, con la mirada perdida entre los turistas que se sacan millones de fotos y que se llenan de aire los pulmones para emprender la subida hasta el obelisco de arriba.
Se me hace un nudo en el pecho cuando me pongo a su lado y susurro:
—Mamá.
Cuando la llamo, me siento como cuando tenía siete años. Igual que un crío. Ella vuelve la cabeza despacio y me sonríe. Se quita las gafas de sol y me dice, simplemente:
—Hola, cariño.
Me dejo caer a su lado y me da un beso en la mejilla.
—¿Y esa guitarra? ¿Vienes de ensayar con Iván?
—Qué va. Habíamos quedado para mirar un nuevo local de ensayo, pero me he perdido —se ríe suavemente y me acaricia la nuca. Entonces, se me ilumina la mente —. Me he encontrado con Romeo.
Los ojos de mi madre emiten un destello.
—No me digas. ¿Y no lo has tirado al río? —bromea. Yo le cuento lo que ha pasado. La presión en el pecho va disminuyendo cuando veo que su sonrisa crece y crece. Sé que le hace ilusión que haya seguido su consejo. Que la haya escuchado. Al final, hace un típico comentario de madre —: ¿Lo ves? Te lo dije. Te dije que no podía ser tan malo. Hasta te lo has pasado bien. Lo leo en tu cara.
Vuelvo el cuello bruscamente porque me estoy sonrojando. Bueno, no ha estado mal, ¿y qué? Sigue siendo un crío pesado. Mi madre se ríe y me coge de la mano. Romeo y su sonrisilla de idiota me dan saltitos por la cabeza. Para espantarlo como a una mosca, me quedo mirando la fuente y pregunto, sin pensarlo demasiado:
—¿Qué haces aquí sola, mamá?
La presión de sus dedos disminuye. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que acabo de cagarla. Espectacularmente.
—Me apetecía dar un paseo. Este sitio me gusta mucho. Aquí nos conocimos tu padre y yo, ¿es que no te acuerdas?
Soy yo quien le aprieta la mano.
—Ven, vámonos. Vamos a dar un paseo—me levanto y de un tirón la pongo de pie. La agarro del brazo como si fuera mi pareja y le doy un beso en la sien—. Hoy te invito a cenar. Nos vamos los dos juntos.
Ella se ríe, y sus carcajadas son una suave pomada que enfría la hinchazón de mi interior.
—¿Cómo que nos vamos? ¿Dónde? ¿Tú y yo?
—Sí. Esta noche yo soy su caballero, joven signorina.
—Te pareces a tu abuelo —menea la cabeza, pero coloca su mano libre sobre mi brazo y se muestra conforme con mi repentino plan.
Cuando por fin vuelvo al piso y me meto en la cama (después de decirle a Iván que estaba con mi madre y cerrarle la puerta en las narices), me quedo trasteando con el móvil. Me quedo mirando la foto que Emilio nos ha hecho cuando he ido a dejar a mi madre en casa. Sale abrazándome por la cintura y exhibiendo con una enorme sonrisa la rosa que le he comprado a un pakistaní que ha entrado en el restaurante. Aunque la imagen está como naranja por la luz del salón, me gusta. La escojo para que sea mi foto de perfil en la mensajería instantánea.
Estoy a punto de apagar el teléfono para dormir cuando me llega un mensaje de Fran.
Estáis guapísimos. Yo también quiero una rosa.