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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

jueves, 30 de junio de 2011

Giulio - XVII


Son las doce de la mañana y todavía no he asomado la cabeza fuera de mi habitación. No sé cuánto tiempo llevo mirando el techo. Todavía llevo los pantalones del pijama y una camiseta vieja de la TorVergata que uso para estar en casa. Mis dedos cerrados sujetan mis gafas, mi otra mano cuelga del lado de la cama. Trazo una cruz perfecta con el cuerpo, y las piernas dobladas, con los pies tocando el frío suelo de mi cuarto.
Mi respiración es lenta, calmada. Hoy es uno de esos días que me he levantado reflexivo. Si por casualidad mi madre se ha vuelto a montar el jardín zen, seguro que ambos meditábamos un rato.
En realidad, lo necesito. Han pasado demasiadas cosas muy rápido como para pasarlas por alto. Para empezar, la promesa de matrimonio con Fran, que sigue ahí. Después, el concierto que tenemos en un par de días. Aquella música infernal, que me recordó a mi padre. Y siempre, siempre en mi cabeza, la sonrisa absurda del chiquillo del Coliseo.
Romeo.
No podía tener otro nombre. Bucólico, romántico y exagerado como su propia personalidad. Como su modo de expresarse. Como su manera de bailar. Lo recuerdo, perfectamente. Su cuerpo retorcido, su mirada de pánico, su sensación de estar perdido en medio de la multitud. Esa interpretación que terminó por describirme a mí. Por retratarme. Suspiro. Si alguien es capaz de asimilar esa sensación, de interiorizarla para transmitirla la público, de interpretarla tan maravillosamente… quizá…
—¿Giulio? ¿Te encuentras bien? —es Iván.
Cierro los ojos.
Quizá sea Romeo la única persona capaz de comprenderme de verdad.
Me froto los párpados y paladeo. No he desayunado, pero tampoco me apetece. Le digo que pase, y cuando entra sonríe.
—Ya creía que estabas enfermo. ¡Mi estrella de la guitarra no puede contagiarse de nada a dos días del concierto! Te voy a meter en una burbuja de plástico…
—Déjalo, Iván —musito. El ojiplático se sienta a mi lado, y sus gigantescos globos oculares reflejan mi rostro cansado. Sonríe con malicia.
—¿Lo llamaste, por fin? —asiento. Su sonrisa crece —. ¿Y te costó mucho? ¿Te has muerto, o algo? —gruño —. ¡Ja, ése es mi hombre!
Nunca sabré lo que realmente quería decirme Iván con su visita. De pronto, uno de los compañeros brasileños pega un grito que nos pone a los dos los pelos de punta. Llevamos todo un cuatrimeste conviviendo con él, de modo que identificamos perfectamente que se está cagando en la madre de alguien. Me pongo las gafas y salgo descalzo al pasillo, con Iván detrás. Los pies se me mojan y me entra un escalofrío.
Ma, che cosa…!? —berrea Iván, levantando la pierna izquierda. El suelo de la cocina está todo inundado. Y el pasillo. El agua sale del baño. Y de la lavadora, que centrifuga con tanta fuerza como si quisiera arrancarse a bailar.
—¡No para de salir agua! —nos explica, de muy mala leche, el brasileño —. He llamado al dueño del piso, que me ha dicho que hable con la casera. La casera no me cogía el teléfono, ¡y cuando me lo ha cogido, me ha dicho que “me mandará a alguien”, porque no está en Roma!
—¿A alguien? —consigo decir.
En ese mismo momento, llaman a la puerta. Arrastro los pies hasta la cerradura, y me encuentro a un hombre con un maletín de plástico rosa. Sí, efectivamente. Rosa. Rosa muy chillón, además. Con malas maneras, dice que viene a echarle un ojo a la ducha y al calentador. Me giro.
—¿Se nos ha estropeado el calentador? —la imagen del belga tiritando con la toalla alrededor de la cintura contesta sola.
El tipo del maletín dice que no es fontanero. Llama a un amigo para que venga a arreglar el estropicio, y éste a su vez llama a otro amigo para que le lleve una herramienta sin la que no puede trabajar. Llegan las cuatro de la tarde y nuestro piso sigue inundado. Iván y yo fregamos la cocina como podemos, pero no deja de salir agua. Nos tenemos que bajar a la focacceria del barrio para poder comer.
Y cuando estamos a punto de darle el primer mordisco a nuestra precaria ración, al ojiplático le suena el teléfono. El belga dice que han venido, por fin, a arreglar el piso. Allí están el tipo del maletín, un señor mayor con una niña pequeña y un tipo engominado que no se quita las gafas de sol para nada. Ése es el fontanero.
Quiero reventar.
El dueño del piso sigue sin cogernos el teléfono. Pero la ristra de curiosos personajes se meten todos en nuestro diminuto cuarto de baño, trastean durante una hora y después, niña incluida, se marchan con cara de satisfacción diciendo que el calentador va perfectamente, que la lavadora está arreglada y que además nos han apañado el escape que tenía la ducha, que soltaba un chorro muy parecido a un rayo láser sobre la piel.
Se cierra la puerta y mis cuatro compañeros de piso y yo nos quedamos mirando la factura y el suelo con cara de idiotas. Iván rompe el silencio.
—Eh, tíos, ¿qué demonios llevaría ese hombre en el maletín rosa?
—Y qué más da —rebuzna el brasileño —. ¡Esto es Italia! ¡Aquí todo funciona así!

lunes, 27 de junio de 2011

Romeo - XVI


Hoy hace un sol radiante.
Lo disfruto mientras voy en bici en dirección a la heladería de mi padre. Se exhibe en el cielo brillante, pero a la vez suave. Emana la extraña sensación de que las cosas van a ir bien. Quizá, precisamente, porque empieza a hacer buen tiempo.
Noto vibrar el móvil en mi bolsillo derecho. Le dirijo un vistazo, como si así pudiera saber quién me llama. Me espero unos segundos, indeciso entre cogerlo o llamar después a quien sea. Finalmente, y haciendo eses, me bajo de la bici de un salto y la dejo apoyada contra la pared. Lo saco, algo ansioso ya por la insistencia del autor de la llamada.
Frunzo el ceño.
No conozco este número. Hago una mueca y me lo llevo a la oreja.
Pronto?
No oigo nada. Con mucho esfuerzo, una respiración. Vuelvo a mirar la pantalla, sorprendido, y decido insistir.
¿Hola?
No hay respuesta, aunque percibo de nuevo la respiración al otro lado del teléfono. Esto me está empezando a dar mal rollo.
Y, entonces…
Ciao.
Me quedo paralizado. Un escalofrío recorre mi columna vertebral y consigue que el vello de mi nuca se erice. No consigo asociar esa voz a una cara, pero algo en mi interior parece reconocerla.
Soy Giulio.
Vale. Cortocircuito total.
¿Giulio? acierto a preguntar, desorientado.
Ehm… sí. Giulio.
Su sequedad me informa de que, efectivamente, debe ser él. Su voz, sin embargo, no se me antoja tan fría como otras veces. Que, si te fijas en realidad, es bonita y todo. Agito la cabeza y trato de volver a la realidad.
Mira, yo… ehm uf, realmente está incómodo. Te quería preguntar… de nuevo otro titubeo. Si tú… me tiene en tensión, en serio. Queríasveniraunconciertodemigrupo.
Me cuesta un poco descifrar su última petición, pero cuando lo hago, no puedo evitar sonreír ampliamente. Esto es surrealista. Quiere que vaya a un concierto. ¿De su grupo?
Enfrente de mí pasa una señora que se queda mirándome fijamente. Intento borrar un poco mi aparente felicidad, y toso para aclararme la voz. Sin embargo, cuando voy a contestarle, nuestro primer encuentro se me atraganta en la garganta.
¿A qué viene este cambio de actitud?
Si siempre me ha tratado mal… ¿Qué significa esto?
¿Es una broma?
¿Romeo?
Pero qué bien suena mi nombre en sus labios. Y más aun cuando lo pronuncia sin asco. Dejo de lado todo el daño que me haya podido hacer.
Claro que iré vuelvo a sonreír: Ahm… dime exactamente dónde, cuándo…
Sí, sí…
Retengo en mi memoria los datos, y nos despedimos. Me quedo mirando el móvil durante un rato con la duda de si he soñado la situación. Además, yo nunca le he dado mi móvil a Giulio…
La misma señora de antes, que ya debe haber adquirido lo que quería en una tienda próxima, vuelve a pasar enfrente de mí y observa con sorpresa mi gran sonrisa. Enarco una ceja, amenazante. Ella agita la cabeza, y cuando se aleja, la oigo decir “ma… la gioventù”.
Chasqueo la lengua con cierta resignación, y vuelvo a subir a la bici, seguro de que nada ni nadie puede estropear mi día.

lunes, 6 de junio de 2011

Giulio - XVI


Iván repasa por encima las letras de todas las canciones que ya se sabe. Acompaño su tarareo con un punteo de guitarra. Estamos los dos solos en el “local” de ensayo, que no es otra cosa que el garaje-trastero de la casa de Marco, nuestro batería. Y estamos solos porque el bajista y su novia no se sabe dónde andan, el otro guitarrista está de camino y el batería ha subido a hablar por teléfono y a bajarnos algo para beber. Mi amigo ojiplático revisa una vez más la lista de canciones.
—Tenemos una hora, aproximadamente —comenta —, aunque yo creo que mejor será prepararse un par de bises, por si la gente los pide. Además, que al tío le encantaste, seguro que nos da más tiempo.
—Le encantamos —puntualizo —. Deja de atribuirme todo el mérito, nada es comparado a la voz de viejo rockero que tienes tú.
—Oh, eso es que tú me escuchas con buenos oídos —bromea, y da golpes con las baquetas de nuestro compañero —. Nanana-nananana, singing… Por cierto, ¿qué tal el recital de bailarinas? ¿Mucho vuelo y mucho tutú?
Me encojo de hombros, sigo embelesado con mi guitarra. Punteo Enter Sandman y no contesto. Iván me conoce, así que no se da por vencido. Está un buen rato preguntando, lo mando un par de veces a la mierda, pero termino contándole lo que ha pasado hace sólo unas horas. No omito el detalle de la música; era la guinda para ese horrible pastel. El heavy arquea una ceja, apoya los brazos en las rodillas y suelta un suspiro profundo.
—Giulio, tío, ¿qué tienes con ese niño? —agradezco que se olvide de la música del festival —. ¿Por qué esa mala leche? ¡Si no te ha hecho nada!
—Ya lo sé —mascullo, y le doy un golpe a las cuerdas de la guitarra. Me siento en uno de los taburetes que tenemos y apoyo la cabeza en la pared—. Y no te imaginas lo que me revienta reconocerlo. Es… no me gusta la sensación que me provoca. Me hace sentir muy inseguro.
—Lo peor que nadie puede hacerle sentir al signore Scamozzi —recita Iván, moviendo la mano como un director de orquesta —. Inseguro, ¿eh? Puede que sea hasta bueno. No sé, piensa en lo que te dijo tu madre, ¿y si fuera cierto?
Lo fulmino con la mirada, pero no se amedrenta. Se rasca la perilla, reflexionando. Y, de pronto, chasquea los dedos.
—Lo tengo. Francesca tendrá su número, o el número de un amigo que te pueda conseguir el número del chaval. ¿Por qué no lo invitas al concierto? Sería una buena manera de limar asperezas. Además, le harías un favor a tu chica. ¿No me dijiste hace poco que serías capaz de cualquier cosa por ella?
—No sé, Iván…
—Venga, ¡que solo es un niño! ¿Te va a matar hacerlo?
Nos quedamos un rato en silencio.
Iván sonríe. Yo le dedico una mirada de asco. Él se descojona. Se pone de pie, me apunta con un dedo y mueve los labios:
I know, nobody knows…
—Iván, no quiero cantar —le gruño.
—…where it comes and where it goes. I know it’s everybody’s sin…
—¡Iván! —me pongo de pie. Sabe que, con esa canción, me derrumba. Será hijo de… Sin querer, se me dibuja una sonrisa. Él sigue cantando, mientras me anima a que lo acompañe —. Porca miseria!
You got to lose to know how to win…
Se queda esperando mi respuesta. Levanto la ceja. Golpeo las cuerdas de la guitarra y pego un grito:
All the things come back to you! —él da un alarido muy heavy. Nos ponemos los dos a cantar como posesos, con un sonido cutre de guitarra.
Sing with me, sing for the ear, sing for the laughter and sing for the tear! Sing with me, but juts for today. Maybe tomorrow the good Lord will take you away!
Dream on! —berrea el batería, que acaba de entrar.
Dream on! —le contesta Iván.
Dream on! —le sigo yo.
Dream until the dream con truuuuuuuuuuuuuuueeeeeee!
Me emociono tanto que empiezo el solo de guitarra. El batería salta a su asiento y se pone a aporrear los tambores con toda su fuerza. Iván pone los cuernos con la mano, coge el micrófono y grita:
—¡Adoro esta canción!
Sing with me, sing for the ear, sing for the laughter and sing for the tear! Sing with me, but juts for today. Maybe tomorrow the good Lord will take you away! Dream on! Dream on! Dream on! Dream until the dream con truuuuuuuuuuuuuuueeeeeee!
Odio al ojiplático. Lo odio por tener razón y por saberlo desde esos ojos enormes. Y me odio más a mí mismo cuando, después de colgarle el teléfono a Francesca, me quedo mirando los números del teclado. En la otra mano tengo un papel con el teléfono del chiquillo.
Suspiro.
¿Qué hago?


miércoles, 1 de junio de 2011

Romeo - XV


¿Y éste? ¿Pero de qué árbol se ha caído? –se asombra Claudia a los escasos cinco minutos de que Giulio y Francesca abandonen la academia.
Me gustaría responderle que de ninguno. Que, simplemente, es así. Pero por algún motivo que no entiendo no consigo articular palabra. A lo mejor han sido demasiadas emociones juntas. O quizá que no logro comprender, por mucho que me esfuerzo, el odio irracional que le inspiro.
Menudo capullo suelta Camillo, sin perder de vista la puerta por la que han salido, como si espera una respuesta a su observación.
¿De qué lo conocías? frunce el ceño Tae-Min.
Por un momento estoy tentado de decírselo todo. Absolutamente todo. Pero luego me muerdo la lengua. No vale la pena contar lo sucedido entre nosotros. Porque, seamos francos, no ha pasado nada. Salvo si exceptuamos sus cortesías y miradas, muy… efusivas, por así decirlo.
Agito la cabeza como contestación a la pregunta de Tae-Min. Alessandra se cruza de brazos y entorna los ojos.
Seguro que es un amargado de la vida.
Seguro coincido.
Y empiezo a pensar que de verdad es así. No sé cómo una persona tan joven puede ser tan ceniza. Y desagradable. Además, sin motivo alguno.
Pero yo me he hartado.
Francesca sí que es un encanto trato de cambiar de tema.
Y muy guapa apunta Camillo, que acto seguido recibe una mirada fulminante de Alessandra.
Empiezan a discutir sobre lo que considera Camillo belleza y no y, mientras Claudia intenta mediar entre ellos, Tae-Min se me acerca con la misma mirada ceñuda de antes.
¿Qué? me hago el inocente.
Que a mí no me engañas, Romeo.
Cuando me mira a los ojos, fijamente, tengo la impresión de que sabe lo que me sucede. De que sabe, incluso, que conocí a Giulio el mismo día que me presenté en su casa con aire distraído.
Los mejores amigos saben apreciar ese tipo de cosas. Y Tae-Min es mi mejor amigo desde hace muchos años.
Le caigo mal, simplemente me encojo de hombros. Puede pasar, ¿sabes?
No sé… murmura, indeciso.
¿No sabes qué? me sorprendo.
Yo lo he visto bastante cortante, sí. Pero también nervioso. Y me niego a creer que fuera por que le caes mal. Nadie actúa así sólo por eso.
Pues tú me dirás…
Yo lo que digo es… —se hace el pensativo y luego levanta el dedo índice como síntoma de una idea que acaba de aparecer en su cabeza. Que la respuesta está en una galletita de la suerte.
No puedo evitar reírme de su ocurrencia. Sacudo la cabeza, preguntándome cómo se le pueden ocurrir cosas así. Él, por su parte, me pasa una mano por el pelo y me lo revuelve.
Por muy mal que me haya sentado la reacción de Giulio, me concentro en el éxito de la obra y en las personas tan particulares que me rodean Camillo y Alessandra, ahora, se desafían a un duelo de miradas para decidir quién tiene razón. Claudia hace de jueza con aire resignado.
Pues si Giulio es un amargado… que se amargue.
Él mismo.
Yo, de momento, tengo una cena asiática gratis.