Son las doce de la mañana y todavía no
he asomado la cabeza fuera de mi habitación. No sé cuánto tiempo llevo mirando
el techo. Todavía llevo los pantalones del pijama y una camiseta vieja de la
TorVergata que uso para estar en casa. Mis dedos cerrados sujetan mis gafas, mi
otra mano cuelga del lado de la cama. Trazo una cruz perfecta con el cuerpo, y
las piernas dobladas, con los pies tocando el frío suelo de mi cuarto.
Mi respiración es lenta, calmada. Hoy
es uno de esos días que me he levantado reflexivo. Si por casualidad mi madre
se ha vuelto a montar el jardín zen,
seguro que ambos meditábamos un rato.
En realidad, lo necesito. Han pasado
demasiadas cosas muy rápido como para pasarlas por alto. Para empezar, la
promesa de matrimonio con Fran, que sigue ahí. Después, el concierto que
tenemos en un par de días. Aquella música infernal, que me recordó a mi padre.
Y siempre, siempre en mi cabeza, la sonrisa absurda del chiquillo del Coliseo.
Romeo.
No podía tener otro nombre. Bucólico,
romántico y exagerado como su propia personalidad. Como su modo de expresarse.
Como su manera de bailar. Lo recuerdo, perfectamente. Su cuerpo retorcido, su
mirada de pánico, su sensación de estar perdido en medio de la multitud. Esa
interpretación que terminó por describirme a mí. Por retratarme. Suspiro. Si
alguien es capaz de asimilar esa sensación, de interiorizarla para transmitirla
la público, de interpretarla tan maravillosamente… quizá…
—¿Giulio? ¿Te encuentras bien? —es Iván.
Cierro los ojos.
Quizá sea Romeo la única persona capaz de
comprenderme de verdad.
Me froto los párpados y paladeo. No he desayunado,
pero tampoco me apetece. Le digo que pase, y cuando entra sonríe.
—Ya creía que estabas enfermo. ¡Mi estrella
de la guitarra no puede contagiarse de nada a dos días del concierto! Te voy a
meter en una burbuja de plástico…
—Déjalo, Iván —musito. El ojiplático se
sienta a mi lado, y sus gigantescos globos oculares reflejan mi rostro cansado.
Sonríe con malicia.
—¿Lo llamaste, por fin? —asiento. Su sonrisa
crece —. ¿Y te costó mucho? ¿Te has muerto, o algo? —gruño —. ¡Ja, ése es mi
hombre!
Nunca sabré lo que realmente quería decirme
Iván con su visita. De pronto, uno de los compañeros brasileños pega un grito
que nos pone a los dos los pelos de punta. Llevamos todo un cuatrimeste
conviviendo con él, de modo que identificamos perfectamente que se está cagando
en la madre de alguien. Me pongo las gafas y salgo descalzo al pasillo, con
Iván detrás. Los pies se me mojan y me entra un escalofrío.
—Ma,
che cosa…!? —berrea Iván, levantando la pierna izquierda. El suelo de la
cocina está todo inundado. Y el pasillo. El agua sale del baño. Y de la
lavadora, que centrifuga con tanta fuerza como si quisiera arrancarse a bailar.
—¡No para de salir agua! —nos explica, de muy
mala leche, el brasileño —. He llamado al dueño del piso, que me ha dicho que
hable con la casera. La casera no me cogía el teléfono, ¡y cuando me lo ha
cogido, me ha dicho que “me mandará a alguien”, porque no está en Roma!
—¿A alguien? —consigo decir.
En ese mismo momento, llaman a la puerta.
Arrastro los pies hasta la cerradura, y me encuentro a un hombre con un maletín
de plástico rosa. Sí, efectivamente. Rosa. Rosa muy chillón, además. Con malas
maneras, dice que viene a echarle un ojo a la ducha y al calentador. Me giro.
—¿Se nos ha estropeado el calentador? —la
imagen del belga tiritando con la toalla alrededor de la cintura contesta sola.
El tipo del maletín dice que no es fontanero.
Llama a un amigo para que venga a arreglar el estropicio, y éste a su vez llama
a otro amigo para que le lleve una herramienta sin la que no puede trabajar.
Llegan las cuatro de la tarde y nuestro piso sigue inundado. Iván y yo fregamos
la cocina como podemos, pero no deja de salir agua. Nos tenemos que bajar a la focacceria del barrio para poder comer.
Y cuando estamos a punto de darle el primer
mordisco a nuestra precaria ración, al ojiplático le suena el teléfono. El
belga dice que han venido, por fin, a arreglar el piso. Allí están el tipo del
maletín, un señor mayor con una niña pequeña y un tipo engominado que no se
quita las gafas de sol para nada. Ése
es el fontanero.
Quiero reventar.
El dueño del piso sigue sin cogernos el
teléfono. Pero la ristra de curiosos personajes se meten todos en nuestro
diminuto cuarto de baño, trastean durante una hora y después, niña incluida, se
marchan con cara de satisfacción diciendo que el calentador va perfectamente,
que la lavadora está arreglada y que además nos han apañado el escape que tenía
la ducha, que soltaba un chorro muy parecido a un rayo láser sobre la piel.
Se cierra la puerta y mis cuatro compañeros de
piso y yo nos quedamos mirando la factura y el suelo con cara de idiotas. Iván
rompe el silencio.
—Eh, tíos, ¿qué demonios llevaría ese hombre
en el maletín rosa?
—Y qué más da —rebuzna el brasileño —. ¡Esto
es Italia! ¡Aquí todo funciona así!