Iván repasa por encima las letras de
todas las canciones que ya se sabe. Acompaño su tarareo con un punteo de
guitarra. Estamos los dos solos en el “local” de ensayo, que no es otra cosa
que el garaje-trastero de la casa de Marco, nuestro batería. Y estamos solos porque
el bajista y su novia no se sabe dónde andan, el otro guitarrista está de
camino y el batería ha subido a hablar por teléfono y a bajarnos algo para
beber. Mi amigo ojiplático revisa una vez más la lista de canciones.
—Tenemos una hora, aproximadamente
—comenta —, aunque yo creo que mejor será prepararse un par de bises, por si la
gente los pide. Además, que al tío le encantaste, seguro que nos da más tiempo.
—Le encantamos —puntualizo —. Deja de
atribuirme todo el mérito, nada es comparado a la voz de viejo rockero que
tienes tú.
—Oh, eso es que tú me escuchas con buenos
oídos —bromea, y da golpes con las baquetas de nuestro compañero —. Nanana-nananana, singing… Por cierto,
¿qué tal el recital de bailarinas? ¿Mucho vuelo y mucho tutú?
Me encojo de hombros, sigo embelesado
con mi guitarra. Punteo Enter Sandman
y no contesto. Iván me conoce, así que no se da por vencido. Está un buen rato
preguntando, lo mando un par de veces a la mierda, pero termino contándole lo
que ha pasado hace sólo unas horas. No omito el detalle de la música; era la
guinda para ese horrible pastel. El heavy arquea una ceja, apoya los brazos en
las rodillas y suelta un suspiro profundo.
—Giulio, tío, ¿qué tienes con ese
niño? —agradezco que se olvide de la música del festival —. ¿Por qué esa mala
leche? ¡Si no te ha hecho nada!
—Ya lo sé —mascullo, y le doy un golpe
a las cuerdas de la guitarra. Me siento en uno de los taburetes que tenemos y
apoyo la cabeza en la pared—. Y no te imaginas lo que me revienta reconocerlo.
Es… no me gusta la sensación que me provoca. Me hace sentir muy inseguro.
—Lo peor que nadie puede hacerle
sentir al signore Scamozzi —recita
Iván, moviendo la mano como un director de orquesta —. Inseguro, ¿eh? Puede que
sea hasta bueno. No sé, piensa en lo que te dijo tu madre, ¿y si fuera cierto?
Lo fulmino con la mirada, pero no se
amedrenta. Se rasca la perilla, reflexionando. Y, de pronto, chasquea los
dedos.
—Lo tengo. Francesca tendrá su número, o el
número de un amigo que te pueda conseguir el número del chaval. ¿Por qué no lo
invitas al concierto? Sería una buena manera de limar asperezas. Además, le
harías un favor a tu chica. ¿No me dijiste hace poco que serías capaz de
cualquier cosa por ella?
—No sé, Iván…
—Venga, ¡que solo es un niño! ¿Te va a matar
hacerlo?
Nos quedamos un rato en silencio.
Iván sonríe. Yo le dedico una mirada
de asco. Él se descojona. Se pone de pie, me apunta con un dedo y mueve los
labios:
—I
know, nobody knows…
—Iván, no quiero cantar —le gruño.
—…where
it comes and where it goes. I know it’s everybody’s sin…
—¡Iván! —me pongo de pie. Sabe que,
con esa canción, me derrumba. Será hijo de… Sin querer, se me dibuja una
sonrisa. Él sigue cantando, mientras me anima a que lo acompañe —. Porca miseria!
—You got to lose
to know how to win…
Se
queda esperando mi respuesta. Levanto la ceja. Golpeo las cuerdas de la
guitarra y pego un grito:
—All
the things come back to you! —él da un alarido muy heavy. Nos ponemos los
dos a cantar como posesos, con un sonido cutre de guitarra.
—Sing
with me, sing for the ear, sing for the laughter and sing for the tear! Sing with
me, but juts for today. Maybe tomorrow the good Lord will take you away!
—Dream
on! —berrea el batería, que acaba de entrar.
—Dream
on! —le contesta Iván.
—Dream
on! —le sigo yo.
—Dream
until the dream con truuuuuuuuuuuuuuueeeeeee!
Me emociono tanto que empiezo el solo de
guitarra. El batería salta a su asiento y se pone a aporrear los tambores con
toda su fuerza. Iván pone los cuernos con la mano, coge el micrófono y grita:
—¡Adoro esta canción!
— Sing
with me, sing for the ear, sing for the laughter and sing for the tear! Sing
with me, but juts for today. Maybe tomorrow the good Lord will take you away! Dream
on! Dream on! Dream on! Dream until
the dream con truuuuuuuuuuuuuuueeeeeee!
Odio al ojiplático. Lo odio por tener razón y
por saberlo desde esos ojos enormes. Y me odio más a mí mismo cuando, después
de colgarle el teléfono a Francesca, me quedo mirando los números del teclado.
En la otra mano tengo un papel con el teléfono del chiquillo.
Suspiro.
¿Qué hago?
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