Hoy hace un sol radiante.
Lo disfruto mientras voy en bici en
dirección a la heladería de mi padre. Se exhibe en el cielo brillante, pero a
la vez suave. Emana la extraña sensación de que las cosas van a ir bien. Quizá,
precisamente, porque empieza a hacer buen tiempo.
Noto vibrar el móvil en mi bolsillo
derecho. Le dirijo un vistazo, como si así pudiera saber quién me llama. Me
espero unos segundos, indeciso entre cogerlo o llamar después a quien sea.
Finalmente, y haciendo eses, me bajo de la bici de un salto y la dejo apoyada
contra la pared. Lo saco, algo ansioso ya por la insistencia del autor de la
llamada.
Frunzo el ceño.
No conozco este número. Hago una mueca
y me lo llevo a la oreja.
—Pronto?
No oigo nada. Con mucho esfuerzo, una
respiración. Vuelvo a mirar la pantalla, sorprendido, y decido insistir.
—¿Hola?
No hay respuesta, aunque percibo de
nuevo la respiración al otro lado del teléfono. Esto me está empezando a dar
mal rollo.
Y, entonces…
—Ciao.
Me quedo paralizado. Un escalofrío
recorre mi columna vertebral y consigue que el vello de mi nuca se erice. No
consigo asociar esa voz a una cara, pero algo en mi interior parece
reconocerla.
—Soy
Giulio.
Vale. Cortocircuito total.
—¿Giulio?
—acierto
a preguntar, desorientado.
—Ehm…
sí. Giulio.
Su sequedad me informa de que,
efectivamente, debe ser él. Su voz, sin embargo, no se me antoja tan fría como
otras veces. Que, si te fijas en realidad, es bonita y todo. Agito la cabeza y
trato de volver a la realidad.
—Mira,
yo… ehm —uf,
realmente está incómodo—. Te
quería preguntar… —de
nuevo otro titubeo—. Si
tú… —me
tiene en tensión, en serio—.
Queríasveniraunconciertodemigrupo.
Me cuesta un poco descifrar su última
petición, pero cuando lo hago, no puedo evitar sonreír ampliamente. Esto es
surrealista. Quiere que vaya a un concierto. ¿De su grupo?
Enfrente de mí pasa una señora que se
queda mirándome fijamente. Intento borrar un poco mi aparente felicidad, y toso
para aclararme la voz. Sin embargo, cuando voy a contestarle, nuestro primer
encuentro se me atraganta en la garganta.
¿A qué viene este cambio de actitud?
Si siempre me ha tratado mal… ¿Qué
significa esto?
¿Es una broma?
—¿Romeo?
Pero qué bien suena mi nombre en sus
labios. Y más aun cuando lo pronuncia sin asco. Dejo de lado todo el daño que
me haya podido hacer.
—Claro
que iré —vuelvo
a sonreír—:
Ahm… dime exactamente dónde, cuándo…
—Sí,
sí…
Retengo en mi memoria los datos, y nos
despedimos. Me quedo mirando el móvil durante un rato con la duda de si he
soñado la situación. Además, yo nunca le he dado mi móvil a Giulio…
La misma señora de antes, que ya debe
haber adquirido lo que quería en una tienda próxima, vuelve a pasar enfrente de
mí y observa con sorpresa mi gran sonrisa. Enarco una ceja, amenazante. Ella
agita la cabeza, y cuando se aleja, la oigo decir “ma… la gioventù”.
Chasqueo la lengua con cierta
resignación, y vuelvo a subir a la bici, seguro de que nada ni nadie puede
estropear mi día.
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