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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

lunes, 30 de mayo de 2011

Giulio - XV


Por fin, han llegado los aplausos. ¿Podemos irnos ya? Al niñato ése le va a dar lo mismo que nos levantemos o no, pero Fran se levanta. Vaya que si se levanta. Está tan emocionada que se le han saltado las lágrimas. Por favor. Ya puestos, ¿por qué no te subes al escenario y le entregas un ramo de rosas? Me estoy poniendo enfermo.
No contenta con tenerme sufriendo más de hora y media (porque a los delicados bailarines afeminados les ha dado por hacer un descanso de quince minutos), me tira de la mano y dice que tenemos que felicitar a los bailarines por el espectáculo. El espectáculo estaba por darlo mi estómago. Porque se me han revuelto las tripas.
Estoy a punto de decirle que tengo prisa, que Iván me espera en casa para ensayar, que de verdad quiero largarme porque no aguanto ni la presencia de ese niño ni la maldita música, pero Fran se me adelanta y echa prácticamente a correr hacia el escenario. Resoplo, me paso la mano por el pelo. De acuerdo, que haga lo que quiera. Miro el móvil y arqueo una ceja. Tengo dieciséis llamadas perdidas de Iván. O es algo muy serio o es una completa idiotez.
No me interesa. Lo único que quiero es salir de aquí.
—¡Giulio! —doy un respingo, veo que Fran me llama —. ¡Giulio, ven! ¡Quiero presentarte a alguien!
Pongo los ojos en blanco, pero camino hacia ella. Estiro el cuello y observo disimuladamente a mi alrededor; todo mi cuerpo está en alerta, porque no quiero encontrarme con el chiquillo del Coliseo.
No hace ninguna falta.
Porque la persona que Fran quiere presentarme es precisamente él.
Mierda.
—Giulio, él es Romeo, el bailarín protagonista. ¿Recuerdas la noche que estuvimos en Bacanal? Te vas a reír… Romeo y yo nos conocimos en la cola, ¿no es una casualidad? Su amigo empezó a coquetear con mis amigas y él vino a salvarnos, ¡tan encantador! Me enteré de que bailaba con Giordano y no pude dejar de venir, ¿te das cuenta? ¿Verdad que lo ha hecho perfecto?
No la escucho. No escucho ni una palabra de lo que dice.
Me he quedado frío, con las manos en los bolsillos y las pupilas clavadas en él. El mismo chaval esmirriado que casi me mata del susto en el Coliseo, el mismo que me duchó en Bacanal al tirarme su bebida por encima. Y el mismo que ha hecho mi alma retorcerse de dolor hace sólo diez minutos, con esa maldita música y ese maldito recital de danza.
No soy capaz de verme los ojos, pero sé que destilan odio. El odio irracional que me provoca su presencia. Su sola mirada me dan ganas de romperle algún hueso. El corazón se me acelera. Él me está mirando con cara de susto, de miedo, pero con un atisbo de alegría porque nos hemos vuelto a ver. Aprieto los puños.
—Giulio, di algo —me susurra Francesca —. ¿Te has quedado mudo?
—Hola… otra vez —farfulla él. Se atraganta con sus propias palabras, se tropieza con las letras, e intenta disimularlo con una torpe sonrisa. ¡Dios, qué poco lo aguanto!
Fran ladea la cabeza.
—¿Os conocíais?
—Sí…
—No —respondo, tajante. Lo fulmino con la mirada —. Es la primera vez que nos vemos.
Romeo, como un cervatillo asustado, se encoge sobre sí mismo. Una de sus amigas me mira con actitud chulesca, pero me basta estrechar los ojos para que se lo piense mejor y deje de provocarme con la mirada. Hay un tipo, un chino, que se me queda mirando, muy fijamente. Tampoco me gusta.
—¿Entonces os habíais visto antes? ¡Claro! —se ríe con suavidad, ajena a la tensión ambiental—. Seguro que coincidisteis en Bacanal, ¿quién no coincide allí? Es tan pequeño…
—Tenemos que irnos —la corto, intentando relajarme —. Iván me ha llamado veinte veces —ella me aprieta el brazo, angustiada de repente —. Tranquila, seguro que se les ha vuelto a colar una paloma en la cocina. Pero tengo que volver a casa.
—Por supuesto, claro —le da dos besos al niñato y sonríe a sus amiguitos —. De nuevo, enhorabuena, Romeo. Me has tocado el alma, de verdad. Ha sido maravilloso.
—Gracias… —vuelve a balbucear él.
Me doy la vuelta, cojo de la mano a Fran y prácticamente la saco de allí a rastras. De fondo escucho su voz, la voz del niño:
—Gracias por venir… eh… Giulio.
—Es un encanto de chico, ¿a que sí? —sonríe Fran, cuando ya estamos en su calle, caminando hacia su casa.
—Una monada. ¿Por qué no le pones un lazo, te lo llevas a casa y le das una galletita cada vez que se siente? —le grito, a la vez que le suelto la mano y sigo a zancadas por la acera.
Escucho sus zapatos correr detrás de mí.
—¡Gio, espera! —su voz se quiebra —. ¿Qué… qué te pasa?
Me apoyo en una pared. Resoplo, y no digo nada. Maldita criatura canija y delgaducha, ¿por qué tiene que existir? ¿Y por qué ese empeño con cruzarse conmigo? No lo conozco de nada, pero me molesta. No me gusta, no me gusta para nada. La sensación que me provoca no es agradable, es una arcada constante, es rechazo.
La cabecita de Fran se acerca, me pone la mano en el pecho.
—Ha sido la música… ¿verdad?
Me muerdo los labios. Ella me abraza. Tiembla.
—Lo siento. No sabía… No te habría pedido que vinieras si…
—Shh… Calla, no pasa nada. No tienes la culpa —la estrecho contra mí. Abrazarla es siempre tan reconfortante. Me hundo en su pelo —. Se me pasará. De verdad.
Y tan rápido que se me pasa. Porque me suena el móvil, nos llevamos un susto y la voz histérica de Iván Johnny vocea que se han tenido que ir a urgencias porque una paloma loca le ha tirado un bote de cristal al belga. Y le ha acertado en toda la cabeza.

sábado, 28 de mayo de 2011

Romeo - XIV


Los aplausos hacen vibrar la sala.
Entre bastidores alguien se atreve a gritar. Es un chillido tímido, cauteloso. Sin embargo, logra contagiar al resto de los bailarines. Los saltos y los abrazos se unen a los gritos. De una parte a otra, Carlo trata de poner orden sin éxito.
Bene… Tranquilos intenta imponerse. Ahora toca salir, así que en posición. Venga.
Me coloco en mitad de la fila. Las bailarinas de mi lado se apresuran a darme la mano para empezar el ritual de salir a escena. Fabiano, en uno de los extremos, busca mi mirada. Cuando nuestros ojos se encuentran, me guiña uno. Giro la cara, repentinamente turbado.
Todavía me arde la cara. Los nervios dejan pasar al entusiasmo en la boca del estómago. Suspiro lentamente y trato de controlarme. A mi lado, alguien me pasa una toalla. La restriego por toda mi cara con la intención de secarme las gotas de sudor. Seguro que, con la pintura, mi cara es todo un poema. Nunca mejor dicho.
Salimos al escenario y una lluvia de aplausos nos embiste. Sonreímos, nos miramos, nerviosos, excitados. Hacemos una reverencia y aplaudimos también al público. No podemos ver a nuestros amigos, pues nos lo impiden los focos. Sin embargo, apreciamos cómo las figuras se levantan y nos regalan más vítores.
Y, entonces…
¡Guuuapo! ¡Queremos un hijo tuyo!
Bajo la cabeza para contener una risa. Esa voz es la de Claudia.
Alguien me empuja por la espalda. Doy un paso hacia delante, tan torpe como inseguro. Los aplausos vuelven a crecer en intensidad. También hay silbidos. Me sonrojo, de la raíz de mi cabello hasta los dedos de los pies. Trago saliva y saludo con la mano, seguro de que voy a matar a quien me haya hecho esto.
Me giro, dispuesto a encontrarlo, y me encuentro con Fabiano, que sonríe y me aplaude. Agito la cabeza y vuelvo a la fila.
Volvemos a sumergirnos detrás del telón, sin dejar de escuchar los aplausos a nuestras espaldas. Dentro, vuelve a estallar la alegría. Esta vez es más embriagante todavía. Creo que estoy flotando.
Carlo me coge del brazo cuando entramos en el camerino.
Bravissimo sonríe.
Grazie mille vuelvo a notar que mi cara arde.
Me seco un poco el sudor y me decido ponerme algo más más cómodo. Todavía no me voy a duchar. Antes necesito ver a mis amigos.
Salgo de nuevo al escenario y compruebo que ya está todo más despejado. A los pies de este, sin embargo, reconozco a Tae-Min, Claudia, Alessandra y Camillo.
¡Artista! me saluda Claudia.
Tae-Min me da un abrazo. Luego Alessandra. Camillo, por su parte, me da una palmada en el omoplato.
Entonces, ¿qué? arqueo las cejas—. ¿Os ha gustado?
Has estado sublime.
Me he encantado añade Alessandra.
Seguro que te ha costado mucho esfuerzo… opina Tae-Min con admiración.
¿Interrumpo?
Me vuelvo en dirección a la voz y descubro a Francesca. Otra vez. Ahora entiendo a qué se refería, aunque sigo estando confuso. Eso sí, está tan preciosa como la vez que me la encontré en la puerta de Bacanal. No me resisto a acercarme y darle dos besos.
¿Qué tal?
Impresionante. De verdad. Has estado genial sonríe.
¿Has venido sola? me sorprendo.
Eh… no exactamente.
Aprecio una figura a lo lejos, entre las butacas. Pero todavía estoy tan cegado que no soy capaz de distinguirla. No sé si es la hermana de Giordano o no… En cualquier caso, su mirada resulta intimidante.
No sé por qué, pero me recorre un escalofrío.

jueves, 26 de mayo de 2011

Giulio - XIV


Iván ha estado insistiendo en que el grupo ensaye todos y cada uno de los días de la semana. En ese sentido, me adora porque soy el único que no se queja. Cuando se ponen a discutir, simplemente me siento encima de algo y punteo con la guitarra. Está tan histérico que sus ojos han aumentado de tamaño para siempre, se quedarán como mandarinas el resto de su existencia.
Parecía que lo tenía todo controlado, pero cuando llega el fin de semana y le digo que me voy a un recital de danza, parece que le anuncie que dejo el grupo o que voy a hacerme cantante de fandango. Consigo huir antes de que se lance sobre mis piernas, pero desde el momento en que cojo el metro hasta que llego al lugar donde me reuniré con Fran, no deja de hablar conmigo por el móvil.
—Eh, ojiplático, ¿no estás exagerando un poco?
—Ni hablar —suelta, tajante —. Quiero enterarme enseguida si te atropella un autobús. ¡Mira antes de cruzar!
—Por Dios, Iván, llevo veintitrés años paseando por Roma y estoy hecho a sus conductores, ¿quieres relajarte un poco? ¡Me vas a provocar una taquicardia!
—Tú mira y calla.
Me ahorro el insulto que tenía pensado. Veo a Fran en la lejanía, junto a su amiga, esa que intentó algo con el ojiplático (no quiero acordarme de esa noche, requiere demasiada información no necesaria), y un chaval con cara de tonto. Debe de ser su novio. Resoplo. Pues vaya cosa, Iván es bajito, pero por lo menos tiene carisma. Aviso al metalero que tengo que colgar.
—En fin, dale recuerdos a Francesca de mi parte… y no te duermas en el recital, no vaya a ser que ella necesite un abrazo por la emoción y a ti te cuelgue la baba.
—Muy gracioso, capullo —respondo, con una sonrisa mordaz —. Seguro que tú no te dormirías porque estarías muy atento a cada bailarina… ¿o a cada bailarín?
Se ríe y me río. En realidad, le tengo cariño.
—¡Que el metal sea contigo! Te veo luego, donjuán.
Cuelgo, abrazo a Fran y respiro su perfume tan suave. Está muy mona, y como su amiga es un cardo, parece una perla brillando al lado de una cerdita rechoncha. Que alguien le de un guantazo a ese novio y lo devuelva a la Tierra, por favor. Me presenta, no hago ningún esfuerzo por ser simpático y nos dirigimos hacia la escuela de danza, que tiene un salón de actos bastante imponente.
Es curioso, pero atravesamos el parque por donde pasamos Iván y yo cuando íbamos a hacer la prueba, para el concierto. Donde vi al niñato del Coliseo con su amigo, o su novio, o su exnovio. Tengo un mal presentimiento, no me gusta el escalofrío que me remueve la columna cuando entramos.
Mi asiento es el del extremo. No me apetece entablar conversación con nadie más que no sea Francesca. Ella me aprieta la mano. Cuando me giro, está mirando el programa con las mejillas teñidas de rojo. Qué guapa está.
—Gracias por venir, Gio… Hacía mucho tiempo que no salíamos juntos —me mira con su encantadora sonrisa —. La próxima vez, tú eliges el sitio, te lo prometo. No más tutús, maillots ajustados y purpurina.
—Nada de purpurina —repito, y le cierro los labios con un beso. Ella se aparta un poco, tímida, y pienso que me la comería en aquel mismo instante.
La gente va chistando, nos manda callar. Por favor, Dios, si estás ahí haz que esto sea rápido y poco doloroso. Al escenario trepa un personaje que me da más miedo que Iván con los ojos abiertos. Es un tipo desgarbado, fino como una caña, con un bigote ridículo, un peinado extravagante y un gusto muy sospechoso para elegir los colores de su ropa.
—Es Carlo Menta, el director de la academia y profesor de baile —me susurra Fran, y una vieja histérica le chista de inmediato.
Joder, pues cómo serán los alumnos. Trago saliva. De verdad, tengo un mal presentimiento. Aprieto la mano de Fran en un acto reflejo, este sitio me está empezando a dar miedo de verdad. Se sube el telón, empieza la música, las personitas sobre el escenario empiezan a dar saltitos ridículos, a girar los brazos, a torcerse como si les estuviera picando una manada de arañas. Las notas me ponen los pelos de punta.
Es O Fortuna, de Carmina Burana. Una de las piezas favoritas de mi madre.
Y de mi padre.
No quiero escucharla. Hace años que no la escucho. Me trepa una náusea por la boca, pero tengo que aguantarme. No voy a montar un numerito y a salir corriendo, que ya tengo edad. Pero reconozco que no me está sentando bien esa música. Suspiro.
En el grupo de baile, todos giran alrededor de un protagonista. Tiene la cara pintada, supongo que para aumentar el dramatismo. Consigo ver su expresión, que es un reflejo de la mía. Está asustado, está perdido, está confuso. Por un segundo, pienso que en mi pobre alma, que quiere salir de aquí, y se retuerce en el escenario. Sí, desde luego, es como si mi estado de ánimo hubiera subido a bailar.
Entonces, los ojos de ese perdido reflejo se posan en los míos. Mis dedos se cierran, como una tenaza, en el brazo del asiento. Me tenso. Las ganas de vomitar aumentan.
No me lo puedo creer.
Es el crío.

martes, 24 de mayo de 2011

Romeo - XIII


Resulta difícil concentrarse.
Sí, sé que todo yo así, en general debería estar esforzándose para que todo salga bien dentro de una semana, en el recital de danza clásica. Pero por una razón u otra, siempre encuentro razones que me conducen a un desconcierto completo.
Por un lado, Fabiano. Actúa con tanta amabilidad conmigo que no sé cómo reaccionar. Se muestra agradecido por nuestra conversación, y quiere demostrarlo en cada ocasión que se le presenta. Reconozco que tiene unos ojos preciosos y una sonrisa muy simpática, pero… mentiría si dijera que son los que me acechan cuando menos me doy cuenta. Los que no paran de atormentarme, estoy muy seguro, pertenecen a otra persona.
Por otro, todo el jaleo montado por Camillo y Alessandra. Últimamente sus discusiones son peor que nunca. Eso me preocupa, porque la línea que separa el amor y en odio curiosamente es muy delgada. Creo que con varios pasos en una dirección se podrían perder para siempre. Así que hay que hacer algo al respecto.
Acabo de estirarme en la barra y de desentumecer mi cuerpo. Luego, entro en el vestuario y me ducho. El agua me relaja y cierro los ojos. Antes de que, según mis cálculos, entre Fabiano, estoy vestido y dispuesto a salir. Me despido de un Carlo más malhumorado todavía resulta que sus tomates, en sus palabras, “han muerto” y salgo a la calle.
Anochece. Tengo que hacer memoria para recordar qué hora es. Comienzo a caminar por las calles de Roma y a fijarme en algunos escaparates con la intención de adquirir algún complemento para el recital de la semana que viene. Nuestro gran estreno.
Me suena el móvil.
Pronto?
Come va?
Bene, bene… ¿Y tú? ¿Con ganas de tirar rollitos de primavera por doquier?
Algo así resuelve con una carcajada Tae-Min. No, en realidad te llamaba para proponerte un plan.
Uh, suena bien aunque no me ve, enarco las cejas con falso aire seductor—. ¿Qué me ofreces?
Oigo la risa de Tae-Min, entre nerviosa y alegre. De fondo, la estridente voz de su madre le grita algo en chino que no comprendo.
¿Es mal momento? me apresuro a preguntar, serio.
¿Eh? No, no… se retira del auricular para propinar algo en su idioma que bien podría ser un insulto. Trago saliva. Ehm… lo que te decía continúa. Dentro de dos viernes actúa…
¿Dentro de dos viernes? —le corto. Sabes que ahora mismo no veo más allá del siguiente, ¿verdad?
Sí…
De nuevo, su madre vuelve a gritar. Esta vez, parece más cerca del teléfono.
Agh gruñe Tae-Min. Mejor hablamos luego, va bene?
Va benissimo sonrío.
Guardo el móvil y me dispongo a seguir observando las tiendas cuando, de repente, me choco. El contacto es frágil, tibio. Aunque soy consciente de mi despiste, sé que, al menos, no he embestido a la persona situada enfrente de mí. Levanto las manos y la cabeza en seguida para pedir disculpas.
Y en su lugar, me encuentro con unos ojos mieles.
¡Romeo!
Francesca.
Me da dos besos y sonríe.
¿Qué tal todo?
Muy bien, la verdad.
No me había fijado, pero a su alrededor hay cinco chicas que me miran con bastante interés. Trago saliva costosamente y ella, al percatarse de lo que sucede, vuelve a reírse.
Ahora tengo prisa hace una mueca—. Pero nos veremos pronto, ¿vale? me aprieta el brazo con una mirada misteriosa y comienza a alejarse. Sus amigas, cuchicheando, la siguen.
Me quedo paralizado, sin saber muy bien cómo reaccionar.
¿Nos veremos… pronto?
Un momento.
¿Qué me he perdido?

jueves, 12 de mayo de 2011

Giulio - XIII


Busco las llaves con rapidez para abrir la puerta de casa, giro el resorte y prácticamente salto dentro, intentando dejar a Iván fuera. Pero el poderoso infierno del metal le da fuerza sobrehumana, consigue zafarse del obstáculo y entra en casa detrás de mí, con los aullidos que no ha dejado de soltar desde que salimos del garito aquel.
Asustados por la posibilidad de que haya entrado un lobo en celo en el piso, nuestros compañeros asoman la cabeza. Un brasileño pregunta muy rápido en su lengua, y se lleva un dedo a la sien para indicar que a Iván le faltan un par de tornillos. Yo me escabullo hacia mi habitación y cierro la puerta.
Las palabras del rockero se cuelan a medias.
—…un genio, un puñetero dios de la guitarra; ma, che cosa! Les hemos cantado Born to be wild… ¡les faltaba sacarnos el contrato de discográfica! ¡Los ha dejado alucinados! ¡El muy hijo de…!
Cierro del todo. Dejo caer la guitarra suavemente, apoyo la espalda en la madera y me paso la mano por el pelo. De eso no me he dado cuenta. Yo estaba tocando, haciéndole los coros a Iván, con su fantástica voz de rock viejo, pero mi mente iba dando saltos entre la noche de Bacanal y el niñato del Coliseo. Porque, por alguna razón, me lo sigo encontrando en todas partes.
Sacudo la cabeza. No puedo dejar que las tonterías de mi madre hagan mella, sólo porque le haya dado por la filosofía oriental no quiere decir que lo sepa todo. Dejo la guitarra en su sitio y me tiro en la cama.
Aunque, por otro lado… ¿cuándo se ha equivocado mi madre?
Gruño.
Iván irrumpe en mi habitación y se lanza encima de mí. No me da tiempo a gritar, ni a apartarme. Todo el peso del rock cae sobre mi caja torácica.
—¡A mis brazos, hermano! ¡El Valhala nos espera! —y aúlla tan agudo que el cristal de mi ventana amenaza con partirse.
—Los vikingos eran rubios y heterosexuales, ¡quita de encima, marica! —le grito, y lo aparto de un empujón. Pero Iván Johnny está tan emocionado que sus ojos gigantescos parecen ocuparle toda la cabeza. Dios, da mucho miedo.
—Hay que avisar a todo el mundo, ¡a todo el mundo! Dentro de dos viernes tenemos un concierto, ¡esto hay que celebrarlo! ¡Eh, brasileños! ¡Dadle al rock’n roll y poned este piso a tono, vamos a beber cerveza! No, no, mejor, ¡vámonos de fiesta! Yeah!
Es de las pocas veces que pienso en estrangularlo con el cable del amplificador. Pero por fin consigo sacar a todo el mundo de mi cuarto. Justo el momento que Francesca aprovecha para llamarme al móvil. Suspiro, vuelvo a tirarme sobre la cama y contesto.
Ciao, Frani —no puedo evitar sonreír al escuchar su vocecilla.
—¡Hola, Gio! ¿Mucha resaca?
—La justa y necesaria. ¿Terminó sano y salvo tu vestido?
—¡No! Es horrible, he tenido que llevarlo a la tintorería… porca miseria!
Me parto de risa. Fran nunca dice tacos, ni una palabra malsonante, o fuera de lugar. Por eso, cuando de verdad está enfadada, nunca sabe qué decir. Y es muy divertida, porque suena tan forzado y con esa vocecita de muñeca… A veces me pregunto por qué nadie la ha vestido de gala y la ha colocado en un expositor, es como para tenerla a la vista.
Hablamos de todo un poco, me pregunta por mi madre y yo no le pregunto por la suya. Le informo del concierto, se vuelve igual de loca que Iván y me manda besos y besos por el auricular. Besos que pienso cobrarme, le advierto.
—Yo también tengo una sorpresa para ti —me dice, emocionada.
—Soy todo oídos, signorina.
—¿Te acuerdas de Luisa? —no —. ¿Mi compañera de clase? —para nada —. Una chica alta, morena, con los ojos marrones —ni idea de quién me está hablando —. La que intentó enrollarse con Iván.
—¡Ah, demonios! —contengo la risa —. Aquella… chica…
—Pues su hermano Giordano tiene un recital de danza clásica la semana que viene, creo, y nos ha invitado a ir. Tú… ¿querrías acompañarme? Ella va a ir con su novio y a mí me da mucha vergüenza…
Resoplo. Ella parece alarmarse.
—Sólo es una horita, nada más… Te compensaré. Puedo… —su cabecita parece pensar a toda velocidad —. Puedo… puedo llevarte los trastos al concierto, si quieres. O… o te puedo limpiar el piso. O quizás…
—No necesito que hagas eso, Frani —refunfuño. Aprieto los labios y suelto el aire con fuerza —. De acuerdo… Iré…
—¡Muchas gracias, Gio! ¡Eres un auténtico sol! —yo no comparto opinión, porque odio el sol —. ¡Te quiero!
Me quedo paralizado, con el brazo alzado que sujeta el móvil. No me sale qué contestar. Tantos años juntos… y todavía no consigo enfrentarme a eso. Fran no le da importancia, porque lo sabe. Se despide, me manda mil besos de nuevo y cuelga porque se va de cena con unas amigas y tiene que cambiarse. Me desea dulces sueños y yo deseo que esté conmigo para poder abrazarla.
Todavía miro el teléfono. Yo la quiero, claro que la quiero. Joder, voy a casarme con ella, en un futuro no muy lejano. El niñato de Bacanal aparece con su insoportable sonrisa, sólo un segundo, por mi cabeza. Como el flash de una cámara de fotos.
Suspiro. Quiero a Francesca, más de lo que quiero a ninguna otra chica en mi vida. Pero la pregunta es… ¿cómo la quiero?

martes, 10 de mayo de 2011

Romeo - XII


Vale. Genial. Tenía que pasar justo ahora.
Observo cómo Giulio se aleja amenazado por el chico de los ojos grandes de Bacanal, que dirige más de una mirada en nuestra dirección. Inexplicablemente. Finalmente, desaparecen tras una calle.
Trago saliva y parpadeo, desconcertado.
¿Qué pasa? pregunta, curioso, Fabiano.
Ehm… nada me llevo la mano a la nuca. Nada repito al cabo de unos segundos.
¿Cómo explicarle todo? Y más aun después de haberme confesado sus sentimientos. No. Es mejor no explicarle la causa de mi incertidumbre.
Nos despedimos. Después de todo, no hay mucho más que decir y ya estábamos de pie dispuestos a acabar con nuestra breve conversación. Giulio simplemente ha sido… una de esas casualidades que te hacen pensar sobre el destino.
Agh. Menuda estupidez.
Saco el móvil y mientras camino, envío un rápido mensaje a Claudia. La cito en veinte minutos en una cafetería cercana a su casa, a la que acostumbramos a acudir cuando tenemos un bombazo que anunciar. Cuando me meto el móvil en el bolsillo, me pregunto si ha sido inconsciente esta cita. Como si fuera yo quien tuviera que revelar un importante secreto.
Tardo cerca de media hora en llegar, pero cuando lo hago, compruebo que todavía no hay nadie esperando, lo cual me alivia. Me recuesto en la pared de la cafetería y saludo a la camarera, que ya nos conoce. Apenas medio minuto después, veo a Claudia y Alessandra aproximándose a paso rápido por la esquina más cercana.
Su conversación pronto llega a mis oídos.
…. Egoísta, mezquino, idiota rematado…
Vale. Alessandra está poniendo verde a Camillo. La pregunta es qué habrá hecho hoy.
Relájate es mi saludo cuando se sitúan a mi lado. Claudia se apresura a darme un beso y Alessandra resopla sonoramente:
Es que lo mataré. Un día, lo mataré insiste.
Claudia enarca las cejas y me conduce a la mesa más próxima. Con el buen día que hace, es normal que quiera disfrutar del sol… quién no lo haría. Alessandra, por su parte, sigue maldiciendo en voz alta.
Es un capullo.
¿Qué ha hecho ahora? pregunto mientras hojeo la carta de bebidas.
Mejor qué no ha hecho vuelve a bufar. Me dejó plantada ayer. Tres horas arqueo las cejas y me reservo, por el momento, mi opinión. Habíamos quedado para hacer un trabajo. Pues estaba durmiendo en su casa. Con el móvil en silencio. No hubo manera de localizarle. Y yo, como una idiota, esperándole.
No quiero meter cizaña comenta cautelosamente Claudia. Pero siempre hace lo mismo, Ale. Lo que tienes que hacer es dejar de hacer los trabajos con él. Así de simple.
Sí, si la tonta soy yo…
Todo menos admitir la verdad. Claudia me mira y sus ojos me transmiten curiosidad. Curiosidad por saber por qué necesitaba verla tan pronto. Alessandra comienza a quejarse de nuevo y yo hago un movimiento por debajo de la mesa para indicarle que luego le pondré al día.
Alessandra tiene las cosas más claras que yo y merece ser escuchada igual. Aunque con una diferencia: a ella Camillo la mira, la escucha, le contesta. Son amigos. Pero ¿y Giulio?
Como respuesta, suspiro.