Por fin, han llegado los aplausos.
¿Podemos irnos ya? Al niñato ése le va a dar lo mismo que nos levantemos o no,
pero Fran se levanta. Vaya que si se levanta. Está tan emocionada que se le han
saltado las lágrimas. Por favor. Ya puestos, ¿por qué no te subes al escenario
y le entregas un ramo de rosas? Me estoy poniendo enfermo.
No contenta con tenerme sufriendo más
de hora y media (porque a los delicados bailarines afeminados les ha dado por
hacer un descanso de quince minutos), me tira de la mano y dice que tenemos que
felicitar a los bailarines por el espectáculo. El espectáculo estaba por darlo
mi estómago. Porque se me han revuelto las tripas.
Estoy a punto de decirle que tengo
prisa, que Iván me espera en casa para ensayar, que de verdad quiero largarme
porque no aguanto ni la presencia de ese niño ni la maldita música, pero Fran
se me adelanta y echa prácticamente a correr hacia el escenario. Resoplo, me
paso la mano por el pelo. De acuerdo, que haga lo que quiera. Miro el móvil y
arqueo una ceja. Tengo dieciséis llamadas perdidas de Iván. O es algo muy serio
o es una completa idiotez.
No me interesa. Lo único que quiero es
salir de aquí.
—¡Giulio! —doy un respingo, veo que
Fran me llama —. ¡Giulio, ven! ¡Quiero presentarte a alguien!
Pongo los ojos en blanco, pero camino
hacia ella. Estiro el cuello y observo disimuladamente a mi alrededor; todo mi
cuerpo está en alerta, porque no quiero encontrarme con el chiquillo del
Coliseo.
No hace ninguna falta.
Porque la persona que Fran quiere
presentarme es precisamente él.
Mierda.
—Giulio, él es Romeo, el bailarín
protagonista. ¿Recuerdas la noche que estuvimos en Bacanal? Te vas a reír…
Romeo y yo nos conocimos en la cola, ¿no es una casualidad? Su amigo empezó a
coquetear con mis amigas y él vino a salvarnos, ¡tan encantador! Me enteré de
que bailaba con Giordano y no pude dejar de venir, ¿te das cuenta? ¿Verdad que
lo ha hecho perfecto?
No la escucho. No escucho ni una
palabra de lo que dice.
Me he quedado frío, con las manos en
los bolsillos y las pupilas clavadas en él. El mismo chaval esmirriado que casi
me mata del susto en el Coliseo, el mismo que me duchó en Bacanal al tirarme su
bebida por encima. Y el mismo que ha hecho mi alma retorcerse de dolor hace
sólo diez minutos, con esa maldita música y ese maldito recital de danza.
No soy capaz de verme los ojos, pero
sé que destilan odio. El odio irracional que me provoca su presencia. Su sola
mirada me dan ganas de romperle algún hueso. El corazón se me acelera. Él me
está mirando con cara de susto, de miedo, pero con un atisbo de alegría porque
nos hemos vuelto a ver. Aprieto los puños.
—Giulio, di algo —me susurra Francesca
—. ¿Te has quedado mudo?
—Hola… otra vez —farfulla él. Se
atraganta con sus propias palabras, se tropieza con las letras, e intenta
disimularlo con una torpe sonrisa. ¡Dios, qué poco lo aguanto!
Fran ladea la cabeza.
—¿Os conocíais?
—Sí…
—No —respondo, tajante. Lo fulmino con
la mirada —. Es la primera vez que nos vemos.
Romeo, como un cervatillo asustado, se
encoge sobre sí mismo. Una de sus amigas me mira con actitud chulesca, pero me
basta estrechar los ojos para que se lo piense mejor y deje de provocarme con
la mirada. Hay un tipo, un chino, que se me queda mirando, muy fijamente.
Tampoco me gusta.
—¿Entonces os habíais visto antes? ¡Claro!
—se ríe con suavidad, ajena a la tensión ambiental—. Seguro que coincidisteis
en Bacanal, ¿quién no coincide allí? Es tan pequeño…
—Tenemos que irnos —la corto,
intentando relajarme —. Iván me ha llamado veinte veces —ella me aprieta el
brazo, angustiada de repente —. Tranquila, seguro que se les ha vuelto a colar
una paloma en la cocina. Pero tengo que volver a casa.
—Por supuesto, claro —le da dos besos
al niñato y sonríe a sus amiguitos —. De nuevo, enhorabuena, Romeo. Me has
tocado el alma, de verdad. Ha sido maravilloso.
—Gracias… —vuelve a balbucear él.
Me doy la vuelta, cojo de la mano a Fran
y prácticamente la saco de allí a rastras. De fondo escucho su voz, la voz del
niño:
—Gracias por venir… eh… Giulio.
—Es un encanto de chico, ¿a que sí?
—sonríe Fran, cuando ya estamos en su calle, caminando hacia su casa.
—Una monada. ¿Por qué no le pones un
lazo, te lo llevas a casa y le das una galletita cada vez que se siente? —le
grito, a la vez que le suelto la mano y sigo a zancadas por la acera.
Escucho sus zapatos correr detrás de
mí.
—¡Gio,
espera! —su voz se quiebra —. ¿Qué… qué te pasa?
Me apoyo en una pared. Resoplo, y no
digo nada. Maldita criatura canija y delgaducha, ¿por qué tiene que existir? ¿Y
por qué ese empeño con cruzarse conmigo? No lo conozco de nada, pero me
molesta. No me gusta, no me gusta para nada. La sensación que me provoca no es
agradable, es una arcada constante, es rechazo.
La cabecita de Fran se acerca, me pone
la mano en el pecho.
—Ha sido la música… ¿verdad?
Me muerdo los labios. Ella me abraza.
Tiembla.
—Lo siento. No sabía… No te habría
pedido que vinieras si…
—Shh… Calla, no pasa nada. No tienes
la culpa —la estrecho contra mí. Abrazarla es siempre tan reconfortante. Me
hundo en su pelo —. Se me pasará. De verdad.
Y tan rápido que se me pasa. Porque me
suena el móvil, nos llevamos un susto y la voz histérica de Iván Johnny vocea
que se han tenido que ir a urgencias porque una paloma loca le ha tirado un
bote de cristal al belga. Y le ha acertado en toda la cabeza.