Iván tira de mí y de mi guitarra
española por las calles de Roma. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido
convencerme para que lo acompañe al garito donde quieren que toquemos. Resulta
que el encargado quiere “probarnos”, que le hagamos una demostración de lo que
podemos hacer, y al ojiplático no se le ha ocurrido mejor idea que cantarle Sweet child o’mine, House on fire o
cualquier otra canción de rock que otras veces hemos interpretado los dos.
Supongo que he aceptado porque no
tenía otra cosa mejor que hacer.
Cuando salimos a una plaza, me quiero
morir. Hace demasiado sol. Iván me mira, se echa a reír y se tapa la luz con la
mano, a modo de visera. Finge que me observa de lejos y suelta un silbido.
—Las amigas de mi prima pequeña se
volverían locas cuando supieran que vivo con el vampiro homosexual de Crepúsculo. ¡Miradlo, cómo brilla y
rechaza la luz solar! ¡Cuidado, no me vayas a morder!
Le empujo para quitarlo del medio.
—¡Vete a tomar por culo!
—Con las adolescentes no está bien
utilizar ese lenguaje —vuelve a burlarse —. Se lo pueden tomar al pie de la
letra. ¿Cómo puede hacer tanto calor, si estamos en marzo?
Gruño como respuesta.
Mientras avanzamos, el metalero vuelve
a ponerse serio para sugerirme una lista muy larga de canciones. Yo le digo que
cualquiera va bien, incluso que podríamos tocar Black Jesus, que la tenemos recién “ensayada”. Me dirige una mirada
que no sé interpretar. Para Iván, que en general siempre ha hecho lo que le
decían sus padres, el grupo de rock es algo muy importante. A veces, he de
reconocerlo, es el único que se lo toma en serio.
En más de una ocasión le he dicho, sin
bromas, que en lugar de traduciendo libros de Derecho yo me lo imagino con una
casa enorme, guitarras y baterías por todos los pasillos y chicas despampanantes
haciéndole la ola. Y es que es un buen músico, también ha ido al conservatorio
muchos años y le apasiona ese mundo. Aunque el instrumento que toca no es el
más… digamos interesante.
Mejor lo dejo ahí.
Cruzamos la plaza, por un parquecito
que veo por primera vez. Iván señala con el brazo y dice que queda muy poco,
que si no recuerda mal un par de calles y estamos. Yo me acomodo la guitarra y,
de pronto, me quedo parado en medio del parque.
El chiquillo del Coliseo está al otro
lado de la acera. Está hablando con un chaval con una cara para darle guantazos
hasta cansarse. Parece que de algo serio. No sé exactamente qué es lo que me
lleva a quedarme mirando. Ni lo saludo ni hago ademán de acercarme, ni nada.
Sólo le miro.
Es curioso, pero las palabras de mi
madre vienen a acariciarme los oídos.
—¡Giulio! —vuelve Iván, jadeando —. No
me dejes hablando solo, que parezco subnormal. ¿Se puede saber por qué te has
parado?
No le contesto. Sigue la dirección de
mi mirada y da un respingo.
—¡Anda! El chico de Bacanal. ¿Estará
cortando con su novio?
—¿Pero cómo se te ocurren esas
gilipolleces? —le grito, y me sorprendo de mi mala leche. Afortunadamente, Iván
está acostumbrado a mi suavidad y sólo se encoge de hombros.
—Cerebro de rock, tío. Si ves a una
pareja, cualquiera, hablando así, distanciados, con los brazos cruzados y
mirándose las zapatillas, es que están cortando. Simple y sencillo. Da igual
que sean dos tíos, dos tías, o dos gatos. Y muévete, que llegamos tarde.
Tardo un par de segundos en adelantar
un pie. El niño, Romeo, levanta la cabeza y se pone blanco como el papel cuando
me ve. Iván, todavía a mi lado, alza el brazo, sonríe y lo saluda. Yo no.
Casi sincronizados, echamos a andar
hacia el sitio donde podríamos dar un concierto. Ya en la puerta, mi amigo
heavy menea la cabeza.
—Eres un caso. En fin, ya te darás
cuenta, que eres muy mayor.
—No me irás a sermonear otra vez con
que fui un desagradable…
—No se me ocurriría. Venga, pasa, ¡y a
dejar con la boca abierta al encargado! —entra, muy animado. Yo echo un vistazo
hacia atrás, pero no sé por qué.
Quizá Iván tenga razón.
Quizá mi madre tenga razón.
O quizá no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario