Attenzione!

Esta historia está escrita en formato blog, así que las entradas más recientes están arriba. Si acabas de llegar y no quieres desvelar los últimos capítulos, ¡busca la primera entrada en el archivo del blog, lo tienes a la derecha!
¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

domingo, 8 de mayo de 2011

Giulio - XII


Iván tira de mí y de mi guitarra española por las calles de Roma. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido convencerme para que lo acompañe al garito donde quieren que toquemos. Resulta que el encargado quiere “probarnos”, que le hagamos una demostración de lo que podemos hacer, y al ojiplático no se le ha ocurrido mejor idea que cantarle Sweet child o’mine, House on fire o cualquier otra canción de rock que otras veces hemos interpretado los dos.
Supongo que he aceptado porque no tenía otra cosa mejor que hacer.
Cuando salimos a una plaza, me quiero morir. Hace demasiado sol. Iván me mira, se echa a reír y se tapa la luz con la mano, a modo de visera. Finge que me observa de lejos y suelta un silbido.
—Las amigas de mi prima pequeña se volverían locas cuando supieran que vivo con el vampiro homosexual de Crepúsculo. ¡Miradlo, cómo brilla y rechaza la luz solar! ¡Cuidado, no me vayas a morder!
Le empujo para quitarlo del medio.
—¡Vete a tomar por culo!
—Con las adolescentes no está bien utilizar ese lenguaje —vuelve a burlarse —. Se lo pueden tomar al pie de la letra. ¿Cómo puede hacer tanto calor, si estamos en marzo?
Gruño como respuesta.
Mientras avanzamos, el metalero vuelve a ponerse serio para sugerirme una lista muy larga de canciones. Yo le digo que cualquiera va bien, incluso que podríamos tocar Black Jesus, que la tenemos recién “ensayada”. Me dirige una mirada que no sé interpretar. Para Iván, que en general siempre ha hecho lo que le decían sus padres, el grupo de rock es algo muy importante. A veces, he de reconocerlo, es el único que se lo toma en serio.
En más de una ocasión le he dicho, sin bromas, que en lugar de traduciendo libros de Derecho yo me lo imagino con una casa enorme, guitarras y baterías por todos los pasillos y chicas despampanantes haciéndole la ola. Y es que es un buen músico, también ha ido al conservatorio muchos años y le apasiona ese mundo. Aunque el instrumento que toca no es el más… digamos interesante.
Mejor lo dejo ahí.
Cruzamos la plaza, por un parquecito que veo por primera vez. Iván señala con el brazo y dice que queda muy poco, que si no recuerda mal un par de calles y estamos. Yo me acomodo la guitarra y, de pronto, me quedo parado en medio del parque.
El chiquillo del Coliseo está al otro lado de la acera. Está hablando con un chaval con una cara para darle guantazos hasta cansarse. Parece que de algo serio. No sé exactamente qué es lo que me lleva a quedarme mirando. Ni lo saludo ni hago ademán de acercarme, ni nada. Sólo le miro.
Es curioso, pero las palabras de mi madre vienen a acariciarme los oídos.
—¡Giulio! —vuelve Iván, jadeando —. No me dejes hablando solo, que parezco subnormal. ¿Se puede saber por qué te has parado?
No le contesto. Sigue la dirección de mi mirada y da un respingo.
—¡Anda! El chico de Bacanal. ¿Estará cortando con su novio?
—¿Pero cómo se te ocurren esas gilipolleces? —le grito, y me sorprendo de mi mala leche. Afortunadamente, Iván está acostumbrado a mi suavidad y sólo se encoge de hombros.
—Cerebro de rock, tío. Si ves a una pareja, cualquiera, hablando así, distanciados, con los brazos cruzados y mirándose las zapatillas, es que están cortando. Simple y sencillo. Da igual que sean dos tíos, dos tías, o dos gatos. Y muévete, que llegamos tarde.
Tardo un par de segundos en adelantar un pie. El niño, Romeo, levanta la cabeza y se pone blanco como el papel cuando me ve. Iván, todavía a mi lado, alza el brazo, sonríe y lo saluda. Yo no.
Casi sincronizados, echamos a andar hacia el sitio donde podríamos dar un concierto. Ya en la puerta, mi amigo heavy menea la cabeza.
—Eres un caso. En fin, ya te darás cuenta, que eres muy mayor.
—No me irás a sermonear otra vez con que fui un desagradable…
—No se me ocurriría. Venga, pasa, ¡y a dejar con la boca abierta al encargado! —entra, muy animado. Yo echo un vistazo hacia atrás, pero no sé por qué.
Quizá Iván tenga razón.
Quizá mi madre tenga razón.
O quizá no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario