Resulta difícil concentrarse.
Sí, sé que todo yo —así,
en general—
debería estar esforzándose para que todo salga bien dentro de una semana, en el
recital de danza clásica. Pero por una razón u otra, siempre encuentro razones
que me conducen a un desconcierto completo.
Por un lado, Fabiano. Actúa con tanta
amabilidad conmigo que no sé cómo reaccionar. Se muestra agradecido por nuestra
conversación, y quiere demostrarlo en cada ocasión que se le presenta.
Reconozco que tiene unos ojos preciosos y una sonrisa muy simpática, pero…
mentiría si dijera que son los que me acechan cuando menos me doy cuenta. Los
que no paran de atormentarme, estoy muy seguro, pertenecen a otra persona.
Por otro, todo el jaleo montado por
Camillo y Alessandra. Últimamente sus discusiones son peor que nunca. Eso me
preocupa, porque la línea que separa el amor y en odio —curiosamente— es
muy delgada. Creo que con varios pasos en una dirección se podrían perder para
siempre. Así que hay que hacer algo al respecto.
Acabo de estirarme en la barra y de
desentumecer mi cuerpo. Luego, entro en el vestuario y me ducho. El agua me
relaja y cierro los ojos. Antes de que, según mis cálculos, entre Fabiano,
estoy vestido y dispuesto a salir. Me despido de un Carlo más malhumorado
todavía —resulta
que sus tomates, en sus palabras, “han muerto” — y salgo a la calle.
Anochece. Tengo que hacer memoria para
recordar qué hora es. Comienzo a caminar por las calles de Roma y a fijarme en
algunos escaparates con la intención de adquirir algún complemento para el
recital de la semana que viene. Nuestro gran estreno.
Me suena el móvil.
—Pronto?
—Come va?
—Bene, bene…
¿Y tú? ¿Con ganas de tirar rollitos de primavera por doquier?
—Algo
así —resuelve
con una carcajada Tae-Min—.
No, en realidad te llamaba para proponerte un plan.
—Uh,
suena bien —aunque
no me ve, enarco las cejas con falso aire seductor—. ¿Qué
me ofreces?
Oigo la risa de Tae-Min, entre
nerviosa y alegre. De fondo, la estridente voz de su madre le grita algo en
chino que no comprendo.
—¿Es
mal momento? —me
apresuro a preguntar, serio.
—¿Eh?
No, no… —se
retira del auricular para propinar algo en su idioma que bien podría ser un
insulto. Trago saliva—.
Ehm… lo que te decía —continúa—.
Dentro de dos viernes actúa…
—¿Dentro
de dos viernes? —le
corto—.
Sabes que ahora mismo no veo más allá del siguiente, ¿verdad?
—Sí…
De nuevo, su madre vuelve a gritar.
Esta vez, parece más cerca del teléfono.
—Agh —gruñe
Tae-Min—.
Mejor hablamos luego, va bene?
—Va benissimo
—sonrío.
Guardo el móvil y me dispongo a seguir
observando las tiendas cuando, de repente, me choco. El contacto es frágil,
tibio. Aunque soy consciente de mi despiste, sé que, al menos, no he embestido
a la persona situada enfrente de mí. Levanto las manos y la cabeza en seguida
para pedir disculpas.
Y en su lugar, me encuentro con unos
ojos mieles.
—¡Romeo!
—Francesca.
Me da dos besos y sonríe.
—¿Qué
tal todo?
—Muy
bien, la verdad.
No me había fijado, pero a su
alrededor hay cinco chicas que me miran con bastante interés. Trago saliva
costosamente y ella, al percatarse de lo que sucede, vuelve a reírse.
—Ahora
tengo prisa —hace
una mueca—.
Pero nos veremos pronto, ¿vale? —me
aprieta el brazo con una mirada misteriosa y comienza a alejarse. Sus amigas,
cuchicheando, la siguen.
Me quedo paralizado, sin saber muy
bien cómo reaccionar.
¿Nos veremos… pronto?
Un momento.
¿Qué me he perdido?
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