Iván ha estado insistiendo en que el
grupo ensaye todos y cada uno de los días de la semana. En ese sentido, me
adora porque soy el único que no se queja. Cuando se ponen a discutir,
simplemente me siento encima de algo y punteo con la guitarra. Está tan
histérico que sus ojos han aumentado de tamaño para siempre, se quedarán como
mandarinas el resto de su existencia.
Parecía que lo tenía todo controlado,
pero cuando llega el fin de semana y le digo que me voy a un recital de danza,
parece que le anuncie que dejo el grupo o que voy a hacerme cantante de
fandango. Consigo huir antes de que se lance sobre mis piernas, pero desde el
momento en que cojo el metro hasta que llego al lugar donde me reuniré con
Fran, no deja de hablar conmigo por el móvil.
—Eh, ojiplático, ¿no estás exagerando
un poco?
—Ni hablar —suelta, tajante —. Quiero
enterarme enseguida si te atropella un autobús. ¡Mira antes de cruzar!
—Por Dios, Iván, llevo veintitrés años
paseando por Roma y estoy hecho a sus conductores, ¿quieres relajarte un poco?
¡Me vas a provocar una taquicardia!
—Tú mira y calla.
Me ahorro el insulto que tenía
pensado. Veo a Fran en la lejanía, junto a su amiga, esa que intentó algo con
el ojiplático (no quiero acordarme de esa noche, requiere demasiada información
no necesaria), y un chaval con cara de tonto. Debe de ser su novio. Resoplo.
Pues vaya cosa, Iván es bajito, pero por lo menos tiene carisma. Aviso al
metalero que tengo que colgar.
—En fin, dale recuerdos a Francesca de
mi parte… y no te duermas en el recital, no vaya a ser que ella necesite un
abrazo por la emoción y a ti te cuelgue la baba.
—Muy gracioso, capullo —respondo, con
una sonrisa mordaz —. Seguro que tú no te dormirías porque estarías muy atento
a cada bailarina… ¿o a cada bailarín?
Se ríe y me río. En realidad, le tengo
cariño.
—¡Que el metal sea contigo! Te veo
luego, donjuán.
Cuelgo, abrazo a Fran y respiro su
perfume tan suave. Está muy mona, y como su amiga es un cardo, parece una perla
brillando al lado de una cerdita rechoncha. Que alguien le de un guantazo a ese
novio y lo devuelva a la Tierra, por favor. Me presenta, no hago ningún
esfuerzo por ser simpático y nos dirigimos hacia la escuela de danza, que tiene
un salón de actos bastante imponente.
Es curioso, pero atravesamos el parque
por donde pasamos Iván y yo cuando íbamos a hacer la prueba, para el concierto.
Donde vi al niñato del Coliseo con su amigo, o su novio, o su exnovio. Tengo un
mal presentimiento, no me gusta el escalofrío que me remueve la columna cuando
entramos.
Mi asiento es el del extremo. No me
apetece entablar conversación con nadie más que no sea Francesca. Ella me
aprieta la mano. Cuando me giro, está mirando el programa con las mejillas
teñidas de rojo. Qué guapa está.
—Gracias por venir, Gio… Hacía mucho tiempo que no salíamos
juntos —me mira con su encantadora sonrisa —. La próxima vez, tú eliges el
sitio, te lo prometo. No más tutús, maillots
ajustados y purpurina.
—Nada de purpurina —repito, y le
cierro los labios con un beso. Ella se aparta un poco, tímida, y pienso que me
la comería en aquel mismo instante.
La gente va chistando, nos manda
callar. Por favor, Dios, si estás ahí haz que esto sea rápido y poco doloroso.
Al escenario trepa un personaje que me da más miedo que Iván con los ojos
abiertos. Es un tipo desgarbado, fino como una caña, con un bigote ridículo, un
peinado extravagante y un gusto muy sospechoso para elegir los colores de su
ropa.
—Es Carlo Menta, el director de la
academia y profesor de baile —me susurra Fran, y una vieja histérica le chista
de inmediato.
Joder, pues cómo serán los alumnos.
Trago saliva. De verdad, tengo un mal presentimiento. Aprieto la mano de Fran
en un acto reflejo, este sitio me está empezando a dar miedo de verdad. Se sube
el telón, empieza la música, las personitas sobre el escenario empiezan a dar
saltitos ridículos, a girar los brazos, a torcerse como si les estuviera
picando una manada de arañas. Las notas me ponen los pelos de punta.
Es O
Fortuna, de Carmina Burana. Una de las piezas favoritas de mi madre.
Y de mi padre.
No quiero escucharla. Hace años que no
la escucho. Me trepa una náusea por la boca, pero tengo que aguantarme. No voy
a montar un numerito y a salir corriendo, que ya tengo edad. Pero reconozco que
no me está sentando bien esa música. Suspiro.
En el grupo de baile, todos giran
alrededor de un protagonista. Tiene la cara pintada, supongo que para aumentar
el dramatismo. Consigo ver su expresión, que es un reflejo de la mía. Está
asustado, está perdido, está confuso. Por un segundo, pienso que en mi pobre
alma, que quiere salir de aquí, y se retuerce en el escenario. Sí, desde luego,
es como si mi estado de ánimo hubiera subido a bailar.
Entonces, los ojos de ese perdido
reflejo se posan en los míos. Mis dedos se cierran, como una tenaza, en el
brazo del asiento. Me tenso. Las ganas de vomitar aumentan.
No me lo puedo creer.
Es el crío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario