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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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jueves, 26 de mayo de 2011

Giulio - XIV


Iván ha estado insistiendo en que el grupo ensaye todos y cada uno de los días de la semana. En ese sentido, me adora porque soy el único que no se queja. Cuando se ponen a discutir, simplemente me siento encima de algo y punteo con la guitarra. Está tan histérico que sus ojos han aumentado de tamaño para siempre, se quedarán como mandarinas el resto de su existencia.
Parecía que lo tenía todo controlado, pero cuando llega el fin de semana y le digo que me voy a un recital de danza, parece que le anuncie que dejo el grupo o que voy a hacerme cantante de fandango. Consigo huir antes de que se lance sobre mis piernas, pero desde el momento en que cojo el metro hasta que llego al lugar donde me reuniré con Fran, no deja de hablar conmigo por el móvil.
—Eh, ojiplático, ¿no estás exagerando un poco?
—Ni hablar —suelta, tajante —. Quiero enterarme enseguida si te atropella un autobús. ¡Mira antes de cruzar!
—Por Dios, Iván, llevo veintitrés años paseando por Roma y estoy hecho a sus conductores, ¿quieres relajarte un poco? ¡Me vas a provocar una taquicardia!
—Tú mira y calla.
Me ahorro el insulto que tenía pensado. Veo a Fran en la lejanía, junto a su amiga, esa que intentó algo con el ojiplático (no quiero acordarme de esa noche, requiere demasiada información no necesaria), y un chaval con cara de tonto. Debe de ser su novio. Resoplo. Pues vaya cosa, Iván es bajito, pero por lo menos tiene carisma. Aviso al metalero que tengo que colgar.
—En fin, dale recuerdos a Francesca de mi parte… y no te duermas en el recital, no vaya a ser que ella necesite un abrazo por la emoción y a ti te cuelgue la baba.
—Muy gracioso, capullo —respondo, con una sonrisa mordaz —. Seguro que tú no te dormirías porque estarías muy atento a cada bailarina… ¿o a cada bailarín?
Se ríe y me río. En realidad, le tengo cariño.
—¡Que el metal sea contigo! Te veo luego, donjuán.
Cuelgo, abrazo a Fran y respiro su perfume tan suave. Está muy mona, y como su amiga es un cardo, parece una perla brillando al lado de una cerdita rechoncha. Que alguien le de un guantazo a ese novio y lo devuelva a la Tierra, por favor. Me presenta, no hago ningún esfuerzo por ser simpático y nos dirigimos hacia la escuela de danza, que tiene un salón de actos bastante imponente.
Es curioso, pero atravesamos el parque por donde pasamos Iván y yo cuando íbamos a hacer la prueba, para el concierto. Donde vi al niñato del Coliseo con su amigo, o su novio, o su exnovio. Tengo un mal presentimiento, no me gusta el escalofrío que me remueve la columna cuando entramos.
Mi asiento es el del extremo. No me apetece entablar conversación con nadie más que no sea Francesca. Ella me aprieta la mano. Cuando me giro, está mirando el programa con las mejillas teñidas de rojo. Qué guapa está.
—Gracias por venir, Gio… Hacía mucho tiempo que no salíamos juntos —me mira con su encantadora sonrisa —. La próxima vez, tú eliges el sitio, te lo prometo. No más tutús, maillots ajustados y purpurina.
—Nada de purpurina —repito, y le cierro los labios con un beso. Ella se aparta un poco, tímida, y pienso que me la comería en aquel mismo instante.
La gente va chistando, nos manda callar. Por favor, Dios, si estás ahí haz que esto sea rápido y poco doloroso. Al escenario trepa un personaje que me da más miedo que Iván con los ojos abiertos. Es un tipo desgarbado, fino como una caña, con un bigote ridículo, un peinado extravagante y un gusto muy sospechoso para elegir los colores de su ropa.
—Es Carlo Menta, el director de la academia y profesor de baile —me susurra Fran, y una vieja histérica le chista de inmediato.
Joder, pues cómo serán los alumnos. Trago saliva. De verdad, tengo un mal presentimiento. Aprieto la mano de Fran en un acto reflejo, este sitio me está empezando a dar miedo de verdad. Se sube el telón, empieza la música, las personitas sobre el escenario empiezan a dar saltitos ridículos, a girar los brazos, a torcerse como si les estuviera picando una manada de arañas. Las notas me ponen los pelos de punta.
Es O Fortuna, de Carmina Burana. Una de las piezas favoritas de mi madre.
Y de mi padre.
No quiero escucharla. Hace años que no la escucho. Me trepa una náusea por la boca, pero tengo que aguantarme. No voy a montar un numerito y a salir corriendo, que ya tengo edad. Pero reconozco que no me está sentando bien esa música. Suspiro.
En el grupo de baile, todos giran alrededor de un protagonista. Tiene la cara pintada, supongo que para aumentar el dramatismo. Consigo ver su expresión, que es un reflejo de la mía. Está asustado, está perdido, está confuso. Por un segundo, pienso que en mi pobre alma, que quiere salir de aquí, y se retuerce en el escenario. Sí, desde luego, es como si mi estado de ánimo hubiera subido a bailar.
Entonces, los ojos de ese perdido reflejo se posan en los míos. Mis dedos se cierran, como una tenaza, en el brazo del asiento. Me tenso. Las ganas de vomitar aumentan.
No me lo puedo creer.
Es el crío.

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