—Lo
siento.
Sentados sobre el banco del parque más
cercano, lo miro de reojo. Me encuentro con una mirada que me expresa tantas
cosas que duele. Me muerdo el labio inferior y observo con aparente interés mis
zapatillas.
—Yo
también.
Noto
su sorpresa, y me apresuro a aclarar:
—La
noche de Bacanal me porté fatal. O sea… no debí irme así.
—No
pasa nada. Había bebido y…
—¿En
serio? —enarco
las cejas y me vuelvo hacia él—.
¿Utilizarás esa excusa de nuevo?
Baja la vista, confuso. Es lógico que
se encuentre así, pero lo más importante es que se acepte tal y como es. Aunque
no sea fácil.
—Si
eres ga…
—No lo
soy, ¿vale? –me corta.
—¿Entonces?
Emite un gruñido y se pasa las manos
por el pelo, revolviéndolo. Cuando me observa tiene un extraño peinado –todo
hay que decirlo-, y una mirada feroz, asustada.
—Mira,
a mí siempre me han gustado las chicas.
—Genial
—asiento,
percibiendo el rumbo de la conversación.
—Y tú.
Ahora
sí que me he perdido.
—¿Cómo?
—parpadeo.
—Me
gustas tú. Sólo tú —evita
mirarme y veo cómo empieza a sonrojarme—.
No me gusta ni me ha gustado ningún chico más. Pero contigo… no sé. No puedo
controlar lo que siento. No sé —repite.
Se atreve a encontrarse con mis ojos
sorprendidos. Trago saliva muy despacio, y concentro mi mirada también en el
paisaje, sin querer intimidarle.
—Mira —comienzo—.
Admiro tu valentía al decírmelo. En serio que sí —me detengo, pensativo—.
Pero primero que nada tienes que tener tú las cosas claras —trata
de hablar pero interpongo entre nosotros la palma de mi mano para que me deje
acabar—.
Sientes lo que sientes, pero te cuesta admitirlo. Creo que debes estar en paz
contigo mismo antes de dar un paso más —trago
saliva—. Y
lamento lo zen que me ha quedado esto, de verdad.
Ese último comentario logra arrancarle
una media sonrisa. Yo tampoco puedo evitar soltar un suspiro aliviado al ver su
reacción.
—Tómate
tu tiempo para entenderte y aceptarte —agrego.
—¿Tú
también has pasado por aquí? —me
pregunta, interesado.
—¿Yo? —muevo
la cabeza hacia los lados, cómicamente-. Yo siempre lo tuve claro, la verdad.
—Qué
suerte.
Estamos unos instantes en silencio,
respirando el aire de la ciudad y observando nuestro alrededor. Después,
intercambiamos una larga mirada. En ella veo aceptación y comprensión. Sonrío
brevemente y Fabiano me imita. Luego, los dos volvemos a mirar el espacio que
nos rodea.
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