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viernes, 6 de mayo de 2011

Romeo - XI


Lo siento.
Sentados sobre el banco del parque más cercano, lo miro de reojo. Me encuentro con una mirada que me expresa tantas cosas que duele. Me muerdo el labio inferior y observo con aparente interés mis zapatillas.
Yo también.
Noto su sorpresa, y me apresuro a aclarar:
La noche de Bacanal me porté fatal. O sea… no debí irme así.
No pasa nada. Había bebido y…
¿En serio? enarco las cejas y me vuelvo hacia él. ¿Utilizarás esa excusa de nuevo?
Baja la vista, confuso. Es lógico que se encuentre así, pero lo más importante es que se acepte tal y como es. Aunque no sea fácil.
Si eres ga
No lo soy, ¿vale? –me corta.
¿Entonces?
Emite un gruñido y se pasa las manos por el pelo, revolviéndolo. Cuando me observa tiene un extraño peinado –todo hay que decirlo-, y una mirada feroz, asustada.
Mira, a mí siempre me han gustado las chicas.
Genial asiento, percibiendo el rumbo de la conversación.
Y tú.
Ahora sí que me he perdido.
¿Cómo? parpadeo.
Me gustas tú. Sólo tú evita mirarme y veo cómo empieza a sonrojarme. No me gusta ni me ha gustado ningún chico más. Pero contigo… no sé. No puedo controlar lo que siento. No sé repite.
Se atreve a encontrarse con mis ojos sorprendidos. Trago saliva muy despacio, y concentro mi mirada también en el paisaje, sin querer intimidarle.
Mira comienzo. Admiro tu valentía al decírmelo. En serio que sí me detengo, pensativo. Pero primero que nada tienes que tener tú las cosas claras trata de hablar pero interpongo entre nosotros la palma de mi mano para que me deje acabar—. Sientes lo que sientes, pero te cuesta admitirlo. Creo que debes estar en paz contigo mismo antes de dar un paso más trago saliva. Y lamento lo zen que me ha quedado esto, de verdad.
Ese último comentario logra arrancarle una media sonrisa. Yo tampoco puedo evitar soltar un suspiro aliviado al ver su reacción.
Tómate tu tiempo para entenderte y aceptarte agrego.
¿Tú también has pasado por aquí? me pregunta, interesado.
¿Yo? muevo la cabeza hacia los lados, cómicamente-. Yo siempre lo tuve claro, la verdad.
Qué suerte.
Estamos unos instantes en silencio, respirando el aire de la ciudad y observando nuestro alrededor. Después, intercambiamos una larga mirada. En ella veo aceptación y comprensión. Sonrío brevemente y Fabiano me imita. Luego, los dos volvemos a mirar el espacio que nos rodea. 

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