Vale. Genial. Tenía que pasar justo
ahora.
Observo cómo Giulio se aleja amenazado
por el chico de los ojos grandes de Bacanal, que dirige más de una mirada en
nuestra dirección. Inexplicablemente. Finalmente, desaparecen tras una calle.
Trago saliva y parpadeo,
desconcertado.
—¿Qué
pasa? —pregunta,
curioso, Fabiano.
—Ehm…
nada —me
llevo la mano a la nuca—.
Nada —repito
al cabo de unos segundos.
¿Cómo
explicarle todo? Y más aun después de haberme confesado sus sentimientos. No.
Es mejor no explicarle la causa de mi incertidumbre.
Nos
despedimos. Después de todo, no hay mucho más que decir y ya estábamos de pie
dispuestos a acabar con nuestra breve conversación. Giulio simplemente ha sido…
una de esas casualidades que te hacen pensar sobre el destino.
Agh.
Menuda estupidez.
Saco
el móvil y mientras camino, envío un rápido mensaje a Claudia. La cito en
veinte minutos en una cafetería cercana a su casa, a la que acostumbramos a
acudir cuando tenemos un bombazo que anunciar. Cuando me meto el móvil en el
bolsillo, me pregunto si ha sido inconsciente esta cita. Como si fuera yo quien
tuviera que revelar un importante secreto.
Tardo
cerca de media hora en llegar, pero cuando lo hago, compruebo que todavía no
hay nadie esperando, lo cual me alivia. Me recuesto en la pared de la cafetería
y saludo a la camarera, que ya nos conoce. Apenas medio minuto después, veo a
Claudia y Alessandra aproximándose a paso rápido por la esquina más cercana.
Su
conversación pronto llega a mis oídos.
—….
Egoísta, mezquino, idiota rematado…
Vale.
Alessandra está poniendo verde a Camillo. La pregunta es qué habrá hecho hoy.
—Relájate
—es mi
saludo cuando se sitúan a mi lado. Claudia se apresura a darme un beso y
Alessandra resopla sonoramente:
—Es
que lo mataré. Un día, lo mataré —insiste.
Claudia
enarca las cejas y me conduce a la mesa más próxima. Con el buen día que hace,
es normal que quiera disfrutar del sol… quién no lo haría. Alessandra, por su
parte, sigue maldiciendo en voz alta.
—Es un
capullo.
—¿Qué
ha hecho ahora? —pregunto
mientras hojeo la carta de bebidas.
—Mejor
qué no ha hecho —vuelve
a bufar—. Me
dejó plantada ayer. Tres horas —arqueo
las cejas y me reservo, por el momento, mi opinión—.
Habíamos quedado para hacer un trabajo. Pues estaba durmiendo en su casa. Con
el móvil en silencio. No hubo manera de localizarle. Y yo, como una idiota,
esperándole.
—No
quiero meter cizaña —comenta
cautelosamente Claudia—.
Pero siempre hace lo mismo, Ale. Lo que tienes que hacer es dejar de hacer los
trabajos con él. Así de simple.
—Sí,
si la tonta soy yo…
Todo
menos admitir la verdad. Claudia me mira y sus ojos me transmiten curiosidad.
Curiosidad por saber por qué necesitaba verla tan pronto. Alessandra comienza a
quejarse de nuevo y yo hago un movimiento por debajo de la mesa para indicarle
que luego le pondré al día.
Alessandra
tiene las cosas más claras que yo —y
merece ser escuchada igual—.
Aunque con una diferencia: a ella Camillo la mira, la escucha, le contesta. Son
amigos. Pero ¿y Giulio?
Como
respuesta, suspiro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario