Cuando vuelvo a Furio Camillo, me
encuentro el piso vacío. Mis compañeros se han evaporado, no queda ni rastro de
las chicas y el olor a alcohol y champú crea una nube rara sobre mi cabeza.
Dejo la bandolera en el suelo y me tiro sobre la cama; todavía me da vueltas la
cabeza. Francesca me habrá llamado, seguro, pero no tengo ganas de hablar con
ella. A decir verdad, no tengo ganas de hablar con nadie.
Nada raro en mí. La gente dice que se
levanta antisocial, pero debe de ser mi mejor estado de ánimo. A veces pienso
que debería irme a vivir al monte con una cabra y un taparrabos. Seguro que
tenía conversaciones interesantes con la cabra.
Mientras pongo en orden mis cosas, me
encuentro un panfleto verde mal hecho que antes no estaba en la mesa. Tiene la
firma de Iván. Resulta que es una sala de conciertos que no ubico, que busca un
grupo para amenizar una noche. Mi amigo ojiplático habrá ido volando a decir
que tiene la banda perfecta.
Resoplo.
Perfecta. Perfectamente ridícula.
Le echo un vistazo a la esquina
melódica de mi habitación. Junto a mi cama, donde tendría que estar la mesita
auxiliar, descansan mis guitarras. Y digo “mis” porque tengo dos, una Fender
eléctrica negra y una guitarra española que me trajeron mi madre y Emilio
directamente de Sevilla. La otra la compré por Internet, pero después de que
Iván Johnny le hiciera un par de apaños, está perfecta.
Empecé a tocar la guitarra con siete
años, y además mi madre quiso que tocara algún instrumento más clásico, así que
cuando llegué al grado medio del conservatorio empecé con el piano. No me gustó
mucho, pero todo sea por darle un capricho a mi madre. Aunque sé que ella
prefiere verme con la guitarra.
Saco la española de su funda con
cuidado. Iván siempre me ha dicho que trato mejor a la guitarra que a mis
compañeros de piso. Le doy la razón, la quiero mucho más que a ellos.
Toco un par de acordes; suelo
mantenerla afinada. Echo una mirada a la puerta de mi habitación. Está abierta.
Sólo la dejo así cuando estoy solo. Repaso las cuerdas con la yema del dedo.
—Nanara-nanana,
singin’…
Esbozo una sonrisa.
Y golpeo las cuerdas con una sonrisa
todavía más grande.
—They call me
white Devil, black Jesus,
Heaven closes, Hell freezes,
ego's trippin', scripts keep flippin',
bloods keep bloodin', Crips keep
crippin'…
Me
encanta esa canción de Everlast. Es un puñetero éxito del rock. Disfruto
cantándola a voz en grito en mi piso vacío. No soy la nueva sensación de la
música, pero por mi formación y por genética tengo una buena voz. A mi madre
también le gusta mucho cantar, y en general a toda su familia. Lo he heredado.
—Nanara-nanana,
singin’… Nanara-nanana, singin’…
Lo que decía de una banda ridícula es
verdad. Junto con unos amigos de Iván (que yo no definiría como mis amigos,
sino como gente que molesta poco), tenemos un grupo de rock. Con un bajo, un
batería, un teclado ocasional y otra guitarra. Yo hago de guitarra solista.
Iván es polivalente; por lo general canta, pero también toca la batería de vez
en cuando. Las canciones que quiere que cante yo solo.
Y nos llamamos los Fragoli Gelati. Menuda mierda. Una
ocurrencia de la novia del bajista.
En fin.
El mencionado abre la puerta y suelta
un aullido muy rockero.
—Black
Jesus! —le oigo gritar —. Oh, yeah!
Nanana-nanana, singin!
Me parto de risa
y hago un punteo que me sale fatal. El ojiplático se lanza sobre mi cama y
terminamos los dos, con nuestras voces rasgadas contra las paredes de esta
basura de piso, que no parece tan malo con un poco de rock.
—It go one for
the trebble, two for the times, and three for my homies and four for the dimes.
Singin' lemons to the limes to the break of dawn
Excuse me (six minutes) Everlast you on
Intercambiamos una mirada cómplice.
Quito la mano de la guitarra.
—And
it go on and on like a rolling stone, baby, anywhere I lay my hat is my home!
La música se mezcla con las
carcajadas.
—They call me
white Devil, black Jesus!
Heaven closes, Hell freezes,
black Jesus, white Moses,
heaven freezes, hell closes.
Singin' na, na, na, na, na, na…
No hay comentarios:
Publicar un comentario