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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

jueves, 12 de mayo de 2011

Giulio - XIII


Busco las llaves con rapidez para abrir la puerta de casa, giro el resorte y prácticamente salto dentro, intentando dejar a Iván fuera. Pero el poderoso infierno del metal le da fuerza sobrehumana, consigue zafarse del obstáculo y entra en casa detrás de mí, con los aullidos que no ha dejado de soltar desde que salimos del garito aquel.
Asustados por la posibilidad de que haya entrado un lobo en celo en el piso, nuestros compañeros asoman la cabeza. Un brasileño pregunta muy rápido en su lengua, y se lleva un dedo a la sien para indicar que a Iván le faltan un par de tornillos. Yo me escabullo hacia mi habitación y cierro la puerta.
Las palabras del rockero se cuelan a medias.
—…un genio, un puñetero dios de la guitarra; ma, che cosa! Les hemos cantado Born to be wild… ¡les faltaba sacarnos el contrato de discográfica! ¡Los ha dejado alucinados! ¡El muy hijo de…!
Cierro del todo. Dejo caer la guitarra suavemente, apoyo la espalda en la madera y me paso la mano por el pelo. De eso no me he dado cuenta. Yo estaba tocando, haciéndole los coros a Iván, con su fantástica voz de rock viejo, pero mi mente iba dando saltos entre la noche de Bacanal y el niñato del Coliseo. Porque, por alguna razón, me lo sigo encontrando en todas partes.
Sacudo la cabeza. No puedo dejar que las tonterías de mi madre hagan mella, sólo porque le haya dado por la filosofía oriental no quiere decir que lo sepa todo. Dejo la guitarra en su sitio y me tiro en la cama.
Aunque, por otro lado… ¿cuándo se ha equivocado mi madre?
Gruño.
Iván irrumpe en mi habitación y se lanza encima de mí. No me da tiempo a gritar, ni a apartarme. Todo el peso del rock cae sobre mi caja torácica.
—¡A mis brazos, hermano! ¡El Valhala nos espera! —y aúlla tan agudo que el cristal de mi ventana amenaza con partirse.
—Los vikingos eran rubios y heterosexuales, ¡quita de encima, marica! —le grito, y lo aparto de un empujón. Pero Iván Johnny está tan emocionado que sus ojos gigantescos parecen ocuparle toda la cabeza. Dios, da mucho miedo.
—Hay que avisar a todo el mundo, ¡a todo el mundo! Dentro de dos viernes tenemos un concierto, ¡esto hay que celebrarlo! ¡Eh, brasileños! ¡Dadle al rock’n roll y poned este piso a tono, vamos a beber cerveza! No, no, mejor, ¡vámonos de fiesta! Yeah!
Es de las pocas veces que pienso en estrangularlo con el cable del amplificador. Pero por fin consigo sacar a todo el mundo de mi cuarto. Justo el momento que Francesca aprovecha para llamarme al móvil. Suspiro, vuelvo a tirarme sobre la cama y contesto.
Ciao, Frani —no puedo evitar sonreír al escuchar su vocecilla.
—¡Hola, Gio! ¿Mucha resaca?
—La justa y necesaria. ¿Terminó sano y salvo tu vestido?
—¡No! Es horrible, he tenido que llevarlo a la tintorería… porca miseria!
Me parto de risa. Fran nunca dice tacos, ni una palabra malsonante, o fuera de lugar. Por eso, cuando de verdad está enfadada, nunca sabe qué decir. Y es muy divertida, porque suena tan forzado y con esa vocecita de muñeca… A veces me pregunto por qué nadie la ha vestido de gala y la ha colocado en un expositor, es como para tenerla a la vista.
Hablamos de todo un poco, me pregunta por mi madre y yo no le pregunto por la suya. Le informo del concierto, se vuelve igual de loca que Iván y me manda besos y besos por el auricular. Besos que pienso cobrarme, le advierto.
—Yo también tengo una sorpresa para ti —me dice, emocionada.
—Soy todo oídos, signorina.
—¿Te acuerdas de Luisa? —no —. ¿Mi compañera de clase? —para nada —. Una chica alta, morena, con los ojos marrones —ni idea de quién me está hablando —. La que intentó enrollarse con Iván.
—¡Ah, demonios! —contengo la risa —. Aquella… chica…
—Pues su hermano Giordano tiene un recital de danza clásica la semana que viene, creo, y nos ha invitado a ir. Tú… ¿querrías acompañarme? Ella va a ir con su novio y a mí me da mucha vergüenza…
Resoplo. Ella parece alarmarse.
—Sólo es una horita, nada más… Te compensaré. Puedo… —su cabecita parece pensar a toda velocidad —. Puedo… puedo llevarte los trastos al concierto, si quieres. O… o te puedo limpiar el piso. O quizás…
—No necesito que hagas eso, Frani —refunfuño. Aprieto los labios y suelto el aire con fuerza —. De acuerdo… Iré…
—¡Muchas gracias, Gio! ¡Eres un auténtico sol! —yo no comparto opinión, porque odio el sol —. ¡Te quiero!
Me quedo paralizado, con el brazo alzado que sujeta el móvil. No me sale qué contestar. Tantos años juntos… y todavía no consigo enfrentarme a eso. Fran no le da importancia, porque lo sabe. Se despide, me manda mil besos de nuevo y cuelga porque se va de cena con unas amigas y tiene que cambiarse. Me desea dulces sueños y yo deseo que esté conmigo para poder abrazarla.
Todavía miro el teléfono. Yo la quiero, claro que la quiero. Joder, voy a casarme con ella, en un futuro no muy lejano. El niñato de Bacanal aparece con su insoportable sonrisa, sólo un segundo, por mi cabeza. Como el flash de una cámara de fotos.
Suspiro. Quiero a Francesca, más de lo que quiero a ninguna otra chica en mi vida. Pero la pregunta es… ¿cómo la quiero?

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