Busco las llaves con rapidez para
abrir la puerta de casa, giro el resorte y prácticamente salto dentro,
intentando dejar a Iván fuera. Pero el poderoso infierno del metal le da fuerza
sobrehumana, consigue zafarse del obstáculo y entra en casa detrás de mí, con
los aullidos que no ha dejado de soltar desde que salimos del garito aquel.
Asustados por la posibilidad de que
haya entrado un lobo en celo en el piso, nuestros compañeros asoman la cabeza.
Un brasileño pregunta muy rápido en su lengua, y se lleva un dedo a la sien
para indicar que a Iván le faltan un par de tornillos. Yo me escabullo hacia mi
habitación y cierro la puerta.
Las palabras del rockero se cuelan a
medias.
—…un genio, un puñetero dios de la
guitarra; ma, che cosa! Les hemos
cantado Born to be wild… ¡les faltaba
sacarnos el contrato de discográfica! ¡Los ha dejado alucinados! ¡El muy hijo
de…!
Cierro del todo. Dejo caer la guitarra
suavemente, apoyo la espalda en la madera y me paso la mano por el pelo. De eso
no me he dado cuenta. Yo estaba tocando, haciéndole los coros a Iván, con su
fantástica voz de rock viejo, pero mi mente iba dando saltos entre la noche de
Bacanal y el niñato del Coliseo. Porque, por alguna razón, me lo sigo
encontrando en todas partes.
Sacudo la cabeza. No puedo dejar que
las tonterías de mi madre hagan mella, sólo porque le haya dado por la
filosofía oriental no quiere decir que lo sepa todo. Dejo la guitarra en su
sitio y me tiro en la cama.
Aunque, por otro lado… ¿cuándo se ha
equivocado mi madre?
Gruño.
Iván irrumpe en mi habitación y se
lanza encima de mí. No me da tiempo a gritar, ni a apartarme. Todo el peso del
rock cae sobre mi caja torácica.
—¡A mis brazos, hermano! ¡El Valhala
nos espera! —y aúlla tan agudo que el cristal de mi ventana amenaza con
partirse.
—Los vikingos eran rubios y
heterosexuales, ¡quita de encima, marica! —le grito, y lo aparto de un empujón.
Pero Iván Johnny está tan emocionado que sus ojos gigantescos parecen ocuparle
toda la cabeza. Dios, da mucho miedo.
—Hay que avisar a todo el mundo, ¡a
todo el mundo! Dentro de dos viernes tenemos un concierto, ¡esto hay que
celebrarlo! ¡Eh, brasileños! ¡Dadle al rock’n
roll y poned este piso a tono, vamos a beber cerveza! No, no, mejor,
¡vámonos de fiesta! Yeah!
Es de las pocas veces que pienso en
estrangularlo con el cable del amplificador. Pero por fin consigo sacar a todo
el mundo de mi cuarto. Justo el momento que Francesca aprovecha para llamarme
al móvil. Suspiro, vuelvo a tirarme sobre la cama y contesto.
—Ciao,
Frani —no puedo evitar sonreír al escuchar su vocecilla.
—¡Hola, Gio! ¿Mucha resaca?
—La justa y necesaria. ¿Terminó sano y
salvo tu vestido?
—¡No! Es horrible, he tenido que
llevarlo a la tintorería… porca miseria!
Me parto de risa. Fran nunca dice
tacos, ni una palabra malsonante, o fuera de lugar. Por eso, cuando de verdad
está enfadada, nunca sabe qué decir. Y es muy divertida, porque suena tan
forzado y con esa vocecita de muñeca… A veces me pregunto por qué nadie la ha
vestido de gala y la ha colocado en un expositor, es como para tenerla a la
vista.
Hablamos de todo un poco, me pregunta
por mi madre y yo no le pregunto por la suya. Le informo del concierto, se
vuelve igual de loca que Iván y me manda besos y besos por el auricular. Besos
que pienso cobrarme, le advierto.
—Yo también tengo una sorpresa para ti
—me dice, emocionada.
—Soy todo oídos, signorina.
—¿Te acuerdas de Luisa? —no —. ¿Mi
compañera de clase? —para nada —. Una chica alta, morena, con los ojos marrones
—ni idea de quién me está hablando —. La que intentó enrollarse con Iván.
—¡Ah, demonios! —contengo la risa —.
Aquella… chica…
—Pues su hermano Giordano tiene un
recital de danza clásica la semana que viene, creo, y nos ha invitado a ir. Tú…
¿querrías acompañarme? Ella va a ir con su novio y a mí me da mucha vergüenza…
Resoplo. Ella parece alarmarse.
—Sólo es una horita, nada más… Te
compensaré. Puedo… —su cabecita parece pensar a toda velocidad —. Puedo… puedo
llevarte los trastos al concierto, si quieres. O… o te puedo limpiar el piso. O
quizás…
—No necesito que hagas eso, Frani
—refunfuño. Aprieto los labios y suelto el aire con fuerza —. De acuerdo… Iré…
—¡Muchas gracias, Gio! ¡Eres un
auténtico sol! —yo no comparto opinión, porque odio el sol —. ¡Te quiero!
Me quedo paralizado, con el brazo
alzado que sujeta el móvil. No me sale qué contestar. Tantos años juntos… y
todavía no consigo enfrentarme a eso. Fran no le da importancia, porque lo
sabe. Se despide, me manda mil besos de nuevo y cuelga porque se va de cena con
unas amigas y tiene que cambiarse. Me desea dulces sueños y yo deseo que esté
conmigo para poder abrazarla.
Todavía miro el teléfono. Yo la
quiero, claro que la quiero. Joder, voy a casarme con ella, en un futuro no muy
lejano. El niñato de Bacanal aparece con su insoportable sonrisa, sólo un
segundo, por mi cabeza. Como el flash de una cámara de fotos.
Suspiro. Quiero a Francesca, más de lo
que quiero a ninguna otra chica en mi vida. Pero la pregunta es… ¿cómo la
quiero?
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