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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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sábado, 28 de mayo de 2011

Romeo - XIV


Los aplausos hacen vibrar la sala.
Entre bastidores alguien se atreve a gritar. Es un chillido tímido, cauteloso. Sin embargo, logra contagiar al resto de los bailarines. Los saltos y los abrazos se unen a los gritos. De una parte a otra, Carlo trata de poner orden sin éxito.
Bene… Tranquilos intenta imponerse. Ahora toca salir, así que en posición. Venga.
Me coloco en mitad de la fila. Las bailarinas de mi lado se apresuran a darme la mano para empezar el ritual de salir a escena. Fabiano, en uno de los extremos, busca mi mirada. Cuando nuestros ojos se encuentran, me guiña uno. Giro la cara, repentinamente turbado.
Todavía me arde la cara. Los nervios dejan pasar al entusiasmo en la boca del estómago. Suspiro lentamente y trato de controlarme. A mi lado, alguien me pasa una toalla. La restriego por toda mi cara con la intención de secarme las gotas de sudor. Seguro que, con la pintura, mi cara es todo un poema. Nunca mejor dicho.
Salimos al escenario y una lluvia de aplausos nos embiste. Sonreímos, nos miramos, nerviosos, excitados. Hacemos una reverencia y aplaudimos también al público. No podemos ver a nuestros amigos, pues nos lo impiden los focos. Sin embargo, apreciamos cómo las figuras se levantan y nos regalan más vítores.
Y, entonces…
¡Guuuapo! ¡Queremos un hijo tuyo!
Bajo la cabeza para contener una risa. Esa voz es la de Claudia.
Alguien me empuja por la espalda. Doy un paso hacia delante, tan torpe como inseguro. Los aplausos vuelven a crecer en intensidad. También hay silbidos. Me sonrojo, de la raíz de mi cabello hasta los dedos de los pies. Trago saliva y saludo con la mano, seguro de que voy a matar a quien me haya hecho esto.
Me giro, dispuesto a encontrarlo, y me encuentro con Fabiano, que sonríe y me aplaude. Agito la cabeza y vuelvo a la fila.
Volvemos a sumergirnos detrás del telón, sin dejar de escuchar los aplausos a nuestras espaldas. Dentro, vuelve a estallar la alegría. Esta vez es más embriagante todavía. Creo que estoy flotando.
Carlo me coge del brazo cuando entramos en el camerino.
Bravissimo sonríe.
Grazie mille vuelvo a notar que mi cara arde.
Me seco un poco el sudor y me decido ponerme algo más más cómodo. Todavía no me voy a duchar. Antes necesito ver a mis amigos.
Salgo de nuevo al escenario y compruebo que ya está todo más despejado. A los pies de este, sin embargo, reconozco a Tae-Min, Claudia, Alessandra y Camillo.
¡Artista! me saluda Claudia.
Tae-Min me da un abrazo. Luego Alessandra. Camillo, por su parte, me da una palmada en el omoplato.
Entonces, ¿qué? arqueo las cejas—. ¿Os ha gustado?
Has estado sublime.
Me he encantado añade Alessandra.
Seguro que te ha costado mucho esfuerzo… opina Tae-Min con admiración.
¿Interrumpo?
Me vuelvo en dirección a la voz y descubro a Francesca. Otra vez. Ahora entiendo a qué se refería, aunque sigo estando confuso. Eso sí, está tan preciosa como la vez que me la encontré en la puerta de Bacanal. No me resisto a acercarme y darle dos besos.
¿Qué tal?
Impresionante. De verdad. Has estado genial sonríe.
¿Has venido sola? me sorprendo.
Eh… no exactamente.
Aprecio una figura a lo lejos, entre las butacas. Pero todavía estoy tan cegado que no soy capaz de distinguirla. No sé si es la hermana de Giordano o no… En cualquier caso, su mirada resulta intimidante.
No sé por qué, pero me recorre un escalofrío.

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