Los aplausos hacen vibrar la sala.
Entre
bastidores alguien se atreve a gritar. Es un chillido tímido, cauteloso. Sin
embargo, logra contagiar al resto de los bailarines. Los saltos y los abrazos
se unen a los gritos. De una parte a otra, Carlo trata de poner orden sin éxito.
—Bene… Tranquilos
—intenta
imponerse—.
Ahora toca salir, así que en posición. Venga.
Me coloco en mitad de la fila. Las
bailarinas de mi lado se apresuran a darme la mano para empezar el ritual de
salir a escena. Fabiano, en uno de los extremos, busca mi mirada. Cuando
nuestros ojos se encuentran, me guiña uno. Giro la cara, repentinamente
turbado.
Todavía me arde la cara. Los nervios
dejan pasar al entusiasmo en la boca del estómago. Suspiro lentamente y trato
de controlarme. A mi lado, alguien me pasa una toalla. La restriego por toda mi
cara con la intención de secarme las gotas de sudor. Seguro que, con la
pintura, mi cara es todo un poema. Nunca mejor dicho.
Salimos al escenario y una lluvia de
aplausos nos embiste. Sonreímos, nos miramos, nerviosos, excitados. Hacemos una
reverencia y aplaudimos también al público. No podemos ver a nuestros amigos,
pues nos lo impiden los focos. Sin embargo, apreciamos cómo las figuras se
levantan y nos regalan más vítores.
Y, entonces…
—¡Guuuapo!
¡Queremos un hijo tuyo!
Bajo la cabeza para contener una risa.
Esa voz es la de Claudia.
Alguien me empuja por la espalda. Doy
un paso hacia delante, tan torpe como inseguro. Los aplausos vuelven a crecer
en intensidad. También hay silbidos. Me sonrojo, de la raíz de mi cabello hasta
los dedos de los pies. Trago saliva y saludo con la mano, seguro de que voy a
matar a quien me haya hecho esto.
Me giro, dispuesto a encontrarlo, y me
encuentro con Fabiano, que sonríe y me aplaude. Agito la cabeza y vuelvo a la
fila.
Volvemos a sumergirnos detrás del
telón, sin dejar de escuchar los aplausos a nuestras espaldas. Dentro, vuelve a
estallar la alegría. Esta vez es más embriagante todavía. Creo que estoy
flotando.
Carlo me coge del brazo cuando
entramos en el camerino.
—Bravissimo
—sonríe.
—Grazie mille —vuelvo
a notar que mi cara arde.
Me seco un poco el sudor y me decido
ponerme algo más más cómodo. Todavía no me voy a duchar. Antes necesito ver a
mis amigos.
Salgo de nuevo al escenario y
compruebo que ya está todo más despejado. A los pies de este, sin embargo,
reconozco a Tae-Min, Claudia, Alessandra y Camillo.
—¡Artista!
—me
saluda Claudia.
Tae-Min me da un abrazo. Luego
Alessandra. Camillo, por su parte, me da una palmada en el omoplato.
—Entonces,
¿qué? —arqueo
las cejas—.
¿Os ha gustado?
—Has
estado sublime.
—Me he
encantado —añade
Alessandra.
—Seguro
que te ha costado mucho esfuerzo… —opina
Tae-Min con admiración.
—¿Interrumpo?
Me vuelvo en dirección a la voz y
descubro a Francesca. Otra vez. Ahora entiendo a qué se refería, aunque sigo
estando confuso. Eso sí, está tan preciosa como la vez que me la encontré en la
puerta de Bacanal. No me resisto a acercarme y darle dos besos.
—¿Qué
tal?
—Impresionante.
De verdad. Has estado genial —sonríe.
—¿Has
venido sola? —me
sorprendo.
—Eh…
no exactamente.
Aprecio una figura a lo lejos, entre
las butacas. Pero todavía estoy tan cegado que no soy capaz de distinguirla. No
sé si es la hermana de Giordano o no… En cualquier caso, su mirada resulta
intimidante.
No sé por qué, pero me recorre un
escalofrío.
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