—¿Y éste?
¿Pero de qué árbol se ha caído? –se asombra Claudia a los escasos cinco minutos
de que Giulio y Francesca abandonen la academia.
Me gustaría responderle que de
ninguno. Que, simplemente, es así. Pero por algún motivo que no entiendo no
consigo articular palabra. A lo mejor han sido demasiadas emociones juntas. O
quizá que no logro comprender, por mucho que me esfuerzo, el odio irracional
que le inspiro.
—Menudo
capullo —suelta
Camillo, sin perder de vista la puerta por la que han salido, como si espera
una respuesta a su observación.
—¿De
qué lo conocías? —frunce
el ceño Tae-Min.
Por un momento estoy tentado de
decírselo todo. Absolutamente todo. Pero luego me muerdo la lengua. No vale la
pena contar lo sucedido entre nosotros. Porque, seamos francos, no ha pasado
nada. Salvo si exceptuamos sus cortesías y miradas, muy… efusivas, por así
decirlo.
Agito la cabeza como contestación a la
pregunta de Tae-Min. Alessandra se cruza de brazos y entorna los ojos.
—Seguro
que es un amargado de la vida.
—Seguro
—coincido.
Y empiezo a pensar que de verdad es
así. No sé cómo una persona tan joven puede ser tan ceniza. Y desagradable.
Además, sin motivo alguno.
Pero yo me he hartado.
—Francesca
sí que es un encanto —trato
de cambiar de tema.
—Y muy
guapa —apunta
Camillo, que acto seguido recibe una mirada fulminante de Alessandra.
Empiezan a discutir sobre lo que
considera Camillo belleza y no y, mientras Claudia intenta mediar entre ellos,
Tae-Min se me acerca con la misma mirada ceñuda de antes.
—¿Qué?
—me
hago el inocente.
—Que a
mí no me engañas, Romeo.
Cuando me mira a los ojos, fijamente,
tengo la impresión de que sabe lo que me sucede. De que sabe, incluso, que
conocí a Giulio el mismo día que me presenté en su casa con aire distraído.
Los mejores amigos saben apreciar ese
tipo de cosas. Y Tae-Min es mi mejor amigo desde hace muchos años.
—Le
caigo mal, simplemente —me
encojo de hombros—.
Puede pasar, ¿sabes?
—No
sé… —murmura,
indeciso.
—¿No
sabes qué? —me
sorprendo.
—Yo lo
he visto bastante cortante, sí. Pero también nervioso. Y me niego a creer que
fuera por que le caes mal. Nadie actúa así sólo por eso.
—Pues
tú me dirás…
—Yo lo
que digo es… —se
hace el pensativo y luego levanta el dedo índice como síntoma de una idea que
acaba de aparecer en su cabeza—.
Que la respuesta está en una galletita de la suerte.
No puedo evitar reírme de su
ocurrencia. Sacudo la cabeza, preguntándome cómo se le pueden ocurrir cosas
así. Él, por su parte, me pasa una mano por el pelo y me lo revuelve.
Por muy mal que me haya sentado la
reacción de Giulio, me concentro en el éxito de la obra y en las personas tan
particulares que me rodean —Camillo
y Alessandra, ahora, se desafían a un duelo de miradas para decidir quién tiene
razón. Claudia hace de jueza con aire resignado—.
Pues si Giulio es un amargado… que se
amargue.
Él mismo.
Yo, de momento, tengo una cena
asiática gratis.
No hay comentarios:
Publicar un comentario