Acodado en la barra de Il dolce sorriso¸ echo un rápido vistazo
sobre el boceto que descansa en el papel blanco. Agh; si es que no me gusta
nada. Maldita sea. Tengo que entregarlo esta semana sin falta.
Pero, como hace escasos minutos, lo
único que hago es mirar de reojo el móvil. Esperando… yo que sé qué.
Lo cojo y reviso el último mensaje
recibido. Es de Tae-Min, y me increpa qué me pasó anoche. Lo vuelvo a dejar
sobre la barra y suspiro. No sé si me apetece hablar con alguien de Fabiano.
Estoy todavía desconcertado.
Me paso las manos por el pelo y me lo
desordeno. Maldita sea.
—¿Cómo
va eso?
—Ehm…
Va, que ya es algo.
Mi padre sale del almacén y mira el
dibujo. Frunce el ceño.
—Ahm…
qué bonito.
—Babbo
—sonrío—. Son
cuatro líneas rectas.
—Sí,
sí, ya.
Sacudo la cabeza y observo cómo vuelve
al interior de la tienda para preparar algo. Entonces, suena el teléfono. Lo
miro de reojo. Carlo. ¿Qué quiere
este hombre ahora…?
—Pronto?
—Romeo,
noticias de última hora. ¿A qué no sabes lo que me ha pasado?
—Deslúmbrame
—resoplo
mientras me paso una mano por la frente.
—He
plantado un huerto de tomates. Así, sin más. Me he levantado hoy y he pensado
“menudas porquerías llevan hoy día…”
Bueno, así es Carlo. Además de ser el
profesor de baile más excéntrico de toda Italia, de vez en cuando le dan
extraños venazos que se materializan en cosas como… sí, como un huerto de
tomates. Él es así.
—Sí,
esta gente de hoy día… Oye, te tengo que dejar.
—Pero
Romeo… que no sé cómo regarlos…
Cuelgo.
No estoy ahora para solventar eso.
Además, posiblemente ya me machaque en la siguiente clase. En la que tendré que
ver a Fabiano, por cierto. Vuelvo a coger el móvil, esta vez para mirar el
número de llamadas perdidas que tengo de su número. Once. Se debió arrepentir
en seguida… Ahogo una risa amarga y trato de concentrarme, en vano, en el
dibujo.
No pasan ni dos segundos cuando el
móvil vuelve a sonar. Me lo llevo a la oreja sin consultar la pantalla,
creyendo que se trata de Carlo de nuevo. Anda que no es insistente…
—No,
en serio. No sé cómo se riegan los tomates… —suelto nada más descolgar.
—¿Romeo?
Ups. No es Carlo.
—Romeo,
¿pero dónde te metes?
—Tae-Min…
Lo siento.
—Me
tenías preocupado. ¿Qué pasó ayer?
—No
fue una buena noche —bajo
la voz—.
Apareció Fabiano por ahí… y todo se complicó.
—¿En
qué sentido? —se
intriga.
—Me
besó.
Noto la tensión al otro lado del
teléfono; un silencio tan incómodo como desagradable. No sé cómo reaccionará
él, pero a mí el hecho de repetirlo hace que se me revuelva el estómago.
—Es
que… fue muy raro.
—Lo
supuse. Estuvo toda la noche haciendo el capullo por ahí.
—¿A
qué te refieres?
—No
sé, empezó a hacer la croqueta por el suelo… La gente tenía miedo, en serio...
—Tendré
que hablar con él —me
restriego los ojos y me lo imagino bailando por el suelo de Bacanal—.
Será lo mejor para zanjar el tema —añado.
—¿Cuándo?
–inquiere con curiosidad.
—Cuanto
antes… ¿Cómo fue, aparte de eso, la noche?
—Ah,
pues bien…
Me dejo llevar por la voz de Tae-min.
Y, repentinamente, unos labios acuden a mi cabeza. Son los de una persona
cabreada por mi culpa, con la camisa manchada. Sacudo la cabeza y, mientras
escucho a mi amigo, empiezo a dibujar de nuevo.
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