Esa noche, de vuelta a casa, me
traslado con mi plato de spaghetti a
la habitación de mi compañero. El ojiplático. Me siento en su silla y apoyo los
talones en la cama. Él deja la espalda apoyada en la pared y fuma algo que dudo
sea tabaco; por lo menos, he conseguido que abra la ventana.
Da una calada, trago mi cena y
bostezo.
—Como mañana no
amanezca nublado, me voy a pegar un tiro.
El ojiplático tira
el humo hacia arriba, hace un par de anillos y esboza una media sonrisa.
—Ma, Giulio. Relájate. Siempre estás
nervioso. Consigues estresarme y todo.
—A ti no te estresa
nada —me burlo.
Creo que va siendo
hora de que llame al Ojos Grandes por su nombre. Mi compañero de piso es Iván
Johnny, un chaval de veinte años para veintiuno con el que vivo desde que
empezó la universidad. Como sus padres tienen pasta, no viene a la TorVergata
conmigo, va a la Libera Università degli Studi San Pio V (Luspio para todo el mundo), donde estudia Traducción. Y la verdad
es que se le da bien. Es un heavy de
los clásicos. Tiene el pelo largo, por los hombros, perilla bien cuidada y unos
ojos azules gigantes, de los que siempre me estoy riendo. Da miedo si los abre mucho. No es una compañía
demasiado detestable. A veces.
Da otra calada y le
entra la risa tonta. Yo arrugo la nariz.
—No voy a
preguntarte quién te ha conseguido eso.
—Tú mismo. ¿Me das
una cucharada de spaghetti?
—Ni hablar. Y que
me los contamines. Pero he hecho una olla como para alimentaros durante una
semana, pedazo de vagos. Ve a por un plato, si quieres.
—¿No te dará un
chungo por generoso? —pregunta, mientras apaga su cigarrillo de la risa y se
encamina a la cocina. La verdad es que me gusta guisar, y no se me da mal.
Muchos trucos los he aprendido de Emilio, y tiene mucha idea. En mi piso me
adoran por eso, siempre hago comida para un regimiento.
Después de cenar y
de recoger los platos, todavía nos quedamos un rato en su habitación. Suena Rock you like a hurricane de fondo. Iván
se ha tumbado en el suelo y yo sigo con los pies sobre la cama. Y me acuerdo de
mi encontronazo de esa mañana.
—¿Sabes que un niño
se me ha echado encima en el Coliseo?
—Qué dices —se ríe.
—Te lo juro.
Tendría diecisiete años, no más. De repente, se me ha quedado mirando, con cara
de idiota. Y luego me ha seguido por todo el edificio —pongo una voz nasal y
desagradable —. “Hola, me llamo Romeo, ¿tú como te llamas?”
Mi compañero se
monda de risa. Igual es por el ambiente cargado, pero a mí me empieza a parecer
gracioso también. Iván da una palmada.
—¿Se llamaba Romeo?
¡Igual quería que fueras su Giulietta!
—Imbécil —he
terminado en el suelo, a su lado, con una sonrisa absurda—. Pero tampoco lo
descarto. Por la pinta que tenía…
—¿De la otra acera?
—Seguro —me
descojono. Es como si fuera yo el que ha estado fumando—. Iba muy mono él, con
su pañuelito a juego con los pantalones —Dios, no puedo parar de reírme. Iván
esta casi llorando.
—¿Y por qué se ha acercado
a ti?
Resoplo, me paso la
mano por el pelo. Me río.
—Yo qué sé. Algo ha
dicho de los dibujos, que si estudiaba Bellas Artes…
—Mentira. Ése te ha
visto y se ha enamorado de ti. ¡Tienes pinta de marica! ¡Por eso ligas con niños pequeños!
¡Pederasta!
—¡Ojiplático! —le
atizo en el cogote con el puño cerrado.
Nos revolcamos por
el suelo de la habitación. Me va a explotar el estómago, no puedo reírme más.
De pronto aparece nuestro compañero de piso, el belga, con una botella de
lambrusco y otra de cerveza. Ese tío siempre está bebiendo. Dice que quiere
unirse a la fiesta. Terminamos los tres bebiendo, diciendo chorradas y muertos
de la risa. Iván saca otro de sus pequeños cilindros de felicidad y, por qué
no, yo le pego una o dos caladas.
De la nada aparecen
los dos compañeros que faltan, los brasileños. Al final empezamos todos a
bailar samba, haciendo el capullo y, cuando me quiero dar cuenta, son las
cuatro de la mañana. Estupendo, yo tengo clase a las ocho. ¿Y qué? Estoy
demasiado contento.
Romeo, Romeo,
Romeo. Me muero de risa. Es como si de repente lo tuviera delante, con su cara
de bobo, intentando decirme algo. ¿Qué quieres, Romeo? ¿Y si nos volvemos a
ver? ¿Vas a seguir con esa cara de idiota?
Se me cae encima un
compañero brasileño, me retuerzo en el suelo de la risa y el poco seso que me
queda me manda la señal de que ya es suficiente por hoy. Me caigo en la cama y
me quedo dormido, con una mezcla de felicidad, borrachera y dolor de cabeza.
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