Desde
fuera del restaurante chino ya puedo olisquear la comida que están preparando.
Años y años pasando tardes junto a una familia asiática me ha dotado de un curioso
talento: diferenciar los olores propios de tal cocina extranjera –que no se
parece demasiado a la italiana, para qué mentir-.
Abro
la puerta y observo que el restaurante está medio lleno. Casi dudo entre
marcharme, seguro de que Tae-Min estará ocupado con las mesas; demasiado
agobiado para hacerme algo de caso.
Oigo
una conversación en chino desde detrás de las puertas que delimitan la cocina.
Me mantengo quieto, a la espera. Una última contestación masculina me remite a
que Tae-Min, posiblemente, se esté quejando de algo. Sé que la entonación china
es muy diferente de la italiana, pero sé distinguir cuando mi mejor amigo está
disgustado por algo. Como ahora.
Surge
de la cocina después de apoyar la espalda en la puerta, que cede ante su peso.
Lleva en un mano un plato repleto de tallarines con ternera, mientras que en la
otra se muestra, delicioso, un rollito de primavera.
Me
relamo.
Y,
entonces, levanta la cabeza y sus achinados ojos me ven.
—¡Romeo! —sonríe
y, de repente, sacude la cabeza, confuso por su entusiasmo—.
Acompáñame, que ahora acabo —agrega con más seriedad.
“¡Eso no te lo crees ni tú!”, escucho desde la
cocina, y no contengo una risa. La madre de Tae-Min es así; para ellos lo
primero son las obligaciones familiares. Y luego, el resto.
Tae-Min sacude la cabeza en un gesto resignado
y enarca una ceja. Me indica que le siga, y me apresuro a hacerle caso antes de
que la señora Li nos riña a ambos. Con la mejor de sus sonrisas, sirve los
distintos platos. A continuación, se encamina hacia el pasillo del fondo, el
que conduce a la parte de arriba, donde está la vivienda.
Me dispongo a seguirle, pero suena el móvil y
me detengo para sacarlo de mi bolsillo. Descuelgo y comienzo a subir las
escaleras, situadas al fondo del pasillo.
—¡Rooomeo! —es
Ángela, cómo no. Con su llamada de información habitual, como pronto me revela—.
Se liaron.
—¿En serio?
—Totalmente. Yo no lo vi, porque justo
en ese momento estaba en la barra, pero me lo han contando.
—¿Quiénes?
—Fuentes de confianza —aclara
con voz confidencial.
—Tú y tus fuentes…
—Sí, lo sé –continúa con falsa
arrogancia—. Escucha —cambia
de tono de voz—. ¿Esta noche fiesta?
—Pues… —recapitulo
brevemente mi día de hoy. Mi estómago se revuelve y me muerdo el labio inferior
para no pronunciar el nombre que lleva todo el día dando vueltas por mi cabeza—:
Si te digo la verdad, hoy no tengo muchas ganas.
—¡Pero Romeo…! —se
indigna—.
¿Cómo puedes no salir? Llevas así más de una semana… ¿Tú sabes lo insano que es
eso? ¿Tú sabes…?
—Para, para —me
rindo—.
¿Cuál sería el plan?
—Eeeso es un sí.
—Es un quizá.
—No te arrepentirás.
Y me
cuelga.
Me
quedo mirando el móvil con cara de pasmado, preguntándome qué clase de plan
tiene previsto para esta noche. Agito la cabeza y opto por no pensar en ello. A
saber…
Alcanzo
a Tae-Min, que está prácticamente dentro de su habitación, donde se deja caer
sobre la silla del escritorio.
—Menudo
día —comenta.
—Y que lo digas… —coincido.
—¿Por? ¿Ha pasado algo? —se
inquieta, inclinándose hacia mí.
—Pse…
Dejo
la cartera en el suelo y paseo por la habitación. Me acerco a la ventana y echo
un vistazo a la calle.
—Supongo que… no.
Casi
puedo saber, sin darme la vuelta, la cara indescifrable de Tae-min. Sin
embargo, mantengo la posición, observando el mundo exterior. Giulio me pasa por
la cabeza una vez más. Luego, suspiro largamente.
Ya
basta. Pensar en ello sólo me hará daño.
Cierro
los ojos con fuerza y pienso que su imagen se desvanecerá de mi mente. Que
mañana ya ni recordaré ni el color de sus ojos. Y una vocecilla, casi tan estridente
como la de la madre de Tae-Min, se apresura a contestarme: “eso no te lo crees
ni tú”. Bf. Pues perfecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario