—Así que al Coliseo.
—Eso parece —aparto
la vista. Luego, confieso—: Tengo un attestato de la universidad TorVergata, y voy a aprovechar para
dibujar —ante la mirada de mi padre, agrego—: Para
Análisis de la Forma —sigue enarcando las cejas y, al final,
me río—: ¡Una asignatura! Tengo que dibujar las
figuritas para entender la geometría de… —nada. Es imposible—.
¡Bah, olvídalo, babbo!
—Ya sabes que lo mío son los helados —repone
con otra sonrisa. —¿Y cómo es que tienes un pase de la
TorVergata?
Ostras.
Es verdad. Papá no sabe absolutamente nada de cuerpos geométricos en el
espacio, cierto; pero tampoco de cómo funcionan las cosas hoy día. Y menos en
las universidades.
—Pues algunas tienen convenios y otras
no. La TorVergata permite entrar gratis a sus alumnos con el attestato. La mía; no.
—Ah… —asiente
lentamente, entendiendo un concepto que me apresura a revelar, contento. —Tae-Min
te lo ha conseguido, ¿eh?
—Sí…
Tae-Min
es mi mejor amigo. Lo conozco desde hace diez años, cuando sus padres vinieron
a Roma buscando una vida mejor y abrieron un restaurante chino a escasos metros
de mi casa, en Fiumicino. Después, y a consecuencia del éxito que cosecharon,
se trasladaron a Roma. Pero yo nunca perdí la relación con él.
Siempre
ha sido muy especial para mí. De una forma que ni yo mismo entiendo a veces…
—Debería irme ya… —suspiro.
—¿Ya? —se
sorprende mi padre.
Me
acerco y le abrazo con la promesa de que pasaré por la tarde para saludar a
mamá. Me mira y me desea un buen día y un trabajo productivo. Y para que se
cumplan esas perspectivas, nada mejor que un crêpe de chocolate. Así, salgo de
la heladería relamiéndome los labios y con la una perspectiva mejor si cabe de
mi vida.
El
Coliseo no está lejos. Aunque podría coger el autobús, el día invita a
pasearse. Por eso camino con tranquilidad hasta llegar a uno de los monumentos
más emblemáticos de Roma. La cola me desespera, pero finalmente llego a las
taquillas y muestro mi attestato, el
cual alega que soy un estudiante de Arquitectura.
Subo
a las gradas superiores y observo el paisaje lleno de turistas. Mis ojos captan
tantas cosas que se me escapan. A lo lejos, una pareja se abraza. Un poco más
cerca un niño pregunta a sus padres qué actividades realizaban los antiguos
romanos en esa estructura. Sonrío sin poder evitarlo y me apresuro a sacar un
papel de cartera –me tengo que comprar una bandolera o algo, por cierto- para
intentar plasmar en él todos mis sentimientos, aunque me había prometido que
hoy me dedicaría a clase.
Llevo
el lápiz a mis labios y mis ojos empiezan a recorrer mi alrededor. La pareja a
lo lejos comienza a andar cogidos de la mano. El niño tira de la camiseta de su
padre aguardando una respuesta. Y…
Se me
acaba el aire en un segundo.
Y…
él. Él es la causa de que mis pulmones no quieran obedecerme.
Es un
joven de mediana estatura, con el cabello despeinado, incluso desaliñado. Sus
ojos marrones, fríos, estudian su alrededor para, un segundo después, trazar
con un lápiz un dibujo que me moriría por ver ahora mismo. Mi mirada se posa en
su nariz. En sus manos. En su boca.
Y
trago saliva.
No me
puedo creer lo que me está pasando. En serio, no puede ser. Desvío mi mirada,
incómodo, inseguro. Pero apenas logro mi objetivo, porque en una fracción de
segundo vuelvo a dirigir mis ojos hacia su figura.
“¿Crees
en los amores a primera vista?”, me preguntó Tae-Min en una ocasión. “¿Acaso
existen otros?”, le contesté.
Definitivamente
no. Esté pasando lo que me esté pasando, ya noto mariposas en mi estómago. Y
eso, en lugar de asustarme, hace que exhiba una sonrisa pequeñita.
La misma con la que se
encuentra él cuando, por primera vez, me mira.
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