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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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martes, 22 de marzo de 2011

Romeo - II


Así que al Coliseo.
Eso parece aparto la vista. Luego, confieso—: Tengo un attestato de la universidad TorVergata, y voy a aprovechar para dibujar ante la mirada de mi padre, agrego—: Para Análisis de la Forma sigue enarcando las cejas y, al final, me río—: ¡Una asignatura! Tengo que dibujar las figuritas para entender la geometría de… nada. Es imposible. ¡Bah, olvídalo, babbo!
Ya sabes que lo mío son los helados repone con otra sonrisa. ¿Y cómo es que tienes un pase de la TorVergata?
Ostras. Es verdad. Papá no sabe absolutamente nada de cuerpos geométricos en el espacio, cierto; pero tampoco de cómo funcionan las cosas hoy día. Y menos en las universidades.
Pues algunas tienen convenios y otras no. La TorVergata permite entrar gratis a sus alumnos con el attestato. La mía; no.
Ah… asiente lentamente, entendiendo un concepto que me apresura a revelar, contento. Tae-Min te lo ha conseguido, ¿eh?
Sí…
Tae-Min es mi mejor amigo. Lo conozco desde hace diez años, cuando sus padres vinieron a Roma buscando una vida mejor y abrieron un restaurante chino a escasos metros de mi casa, en Fiumicino. Después, y a consecuencia del éxito que cosecharon, se trasladaron a Roma. Pero yo nunca perdí la relación con él.
Siempre ha sido muy especial para mí. De una forma que ni yo mismo entiendo a veces…
Debería irme ya… suspiro.
¿Ya? se sorprende mi padre.
Me acerco y le abrazo con la promesa de que pasaré por la tarde para saludar a mamá. Me mira y me desea un buen día y un trabajo productivo. Y para que se cumplan esas perspectivas, nada mejor que un crêpe de chocolate. Así, salgo de la heladería relamiéndome los labios y con la una perspectiva mejor si cabe de mi vida.
El Coliseo no está lejos. Aunque podría coger el autobús, el día invita a pasearse. Por eso camino con tranquilidad hasta llegar a uno de los monumentos más emblemáticos de Roma. La cola me desespera, pero finalmente llego a las taquillas y muestro mi attestato, el cual alega que soy un estudiante de Arquitectura.
Subo a las gradas superiores y observo el paisaje lleno de turistas. Mis ojos captan tantas cosas que se me escapan. A lo lejos, una pareja se abraza. Un poco más cerca un niño pregunta a sus padres qué actividades realizaban los antiguos romanos en esa estructura. Sonrío sin poder evitarlo y me apresuro a sacar un papel de cartera –me tengo que comprar una bandolera o algo, por cierto- para intentar plasmar en él todos mis sentimientos, aunque me había prometido que hoy me dedicaría a clase.
Llevo el lápiz a mis labios y mis ojos empiezan a recorrer mi alrededor. La pareja a lo lejos comienza a andar cogidos de la mano. El niño tira de la camiseta de su padre aguardando una respuesta. Y…
Se me acaba el aire en un segundo.
Y… él. Él es la causa de que mis pulmones no quieran obedecerme.
Es un joven de mediana estatura, con el cabello despeinado, incluso desaliñado. Sus ojos marrones, fríos, estudian su alrededor para, un segundo después, trazar con un lápiz un dibujo que me moriría por ver ahora mismo. Mi mirada se posa en su nariz. En sus manos. En su boca.
Y trago saliva.
No me puedo creer lo que me está pasando. En serio, no puede ser. Desvío mi mirada, incómodo, inseguro. Pero apenas logro mi objetivo, porque en una fracción de segundo vuelvo a dirigir mis ojos hacia su figura.
“¿Crees en los amores a primera vista?”, me preguntó Tae-Min en una ocasión. “¿Acaso existen otros?”, le contesté.
Definitivamente no. Esté pasando lo que me esté pasando, ya noto mariposas en mi estómago. Y eso, en lugar de asustarme, hace que exhiba una sonrisa pequeñita.
La misma con la que se encuentra él cuando, por primera vez, me mira. 

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