El pitido del despertador me taladra los
oídos. ¿Qué hora es? Gruño, alargo la mano para apagar la alarma del móvil y lo
tiro todo por el suelo. Gruño más fuerte. Despego la cara de la almohada; tengo
la manía de dormir boca abajo. Efectivamente, he tirado las gafas, el reloj, el
móvil y un par de euros. Por mi ventana sin cortinas me saluda un puñetero día
soleado.
La alarma sigue sonando. Smash Mouth se burla
de mí diciendo hey, now, you’re a
rockstar. Sí, por supuesto. Una estrella del rock con mal despertar. Lo
apago, con rabia, y levanto la persiana. Adiós, pupilas; hola, luz solar. Es
raro que salga el sol en Roma. La calle se anima con el nuevo día. A mí me dan
ganas de volar el sol con un cohete para volver a dormir. Pero en fin.
Son las siete y media de la mañana. Abro el
armario y cojo una camiseta negra, mi eterna bufanda de rayas y los vaqueros
que me dejé ayer sobre la silla. Ninguno de mis compañeros se ha levantado. Qué
se van a levantar. Somos cinco tíos a cual más vago. Podría decirse que soy el
único medianamente responsable. Y sólo pensarlo me da la risa.
Ni un alma por la casa. Perfecto. En lugar de
ir al cuarto de baño que tengo al lado de mi habitación, me escabullo al que
está al otro lado del piso. El que funciona bien. La otra ducha es como un
puntero asesino, además pasa del calor al frío con un parpadeo. Así que me meto
en el otro.
Cuando salgo, secándome el pelo con una
toalla, me encuentro las zapatillas de mi compañero de piso. El belga. Tenía
una cita la noche pasada. Empiezo a pensar que aparecerá una mujer por el piso,
cuando descubro que la puerta de su habitación está abierta, y la cama está
vacía.
—Ma, che cosa!? —suelto por lo bajo.
Puedo jurar que el belga salió de casa con esas mismas zapatillas. ¿Dónde
demonios se ha metido?
Abro la puerta de la cocina y me tapo
la nariz con la toalla. Qué cerdos. Hace siglos que no la limpian. Joder, me
están dando ganas de vomitar.
Cojo mi cartón de zumo de manzana austríaco (es del TuoDi, qué podía esperar), un par de croissants y vuelvo a mi habitación.
Cuando termino de desayunar meto en la bandolera negra todo lo que me hace
falta. Lápices, reglas, escuadra y cartabón, compás, transportador de ángulos,
el bloc de dibujo, el móvil, el reproductor de música y el bono del metro.
Me llamo Giulio, acabo de cumplir
veintitrés años y estudio Arquitectura en la TorVergata. El gilipuertas de mi
compañero de piso, que estudia en una privada, la llama “TorVergüenza”. Ése
mismo gilipuertas saca la cabeza de su cuarto cuando yo estoy abriendo la
puerta.
—Ciao,
Giulio —murmura—. ¿Dónde vas?
—Al Coliseo. Tengo que hacer una
práctica —contesto, y le doy vueltas a la llave.
—¿Vienes a comer?
—No creo, voy a pasar a ver a mi
madre.
Se ríe. No. Se descojona.
—¿A tu madre? Ma, che cosa, Giulio!? ¿Quieres morir?
—Cierra la boca, ¡ojiplático! —doy un
portazo y espero al ascensor.
Mi ascensor es particular. Aparte de
un botón de los años veinte, no basta con abrir la típica puerta. No, tienes
que abrir hacia dentro otras dos más. Y cerrarlas. Si no, no funciona. Cómo
odio ese ascensor. Me bajo andando.
Mientras troto por las escaleras y voy
hacia Furio Camillo, la parada de
metro que me queda más cerca. Me vibra el móvil. Me está llamando Fran. Me
muerdo el labio; no voy a cogérselo. Ya llamaré después. De momento, tengo un
paseo hasta Termini para hacer
transbordo y llegar al Coliseo.
Menudo asco de día. Encima, hace sol.
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