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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


Att: 'Ma che cosa' STAFF

jueves, 24 de marzo de 2011

Giulio - III



Dejo el lápiz sobre el bloc, me quito las gafas y me froto los ojos. Llevo casi dos horas dibujando, perdiendo el tiempo y recibiendo mensajes de texto absurdos de mi compañero de piso, el ojiplático. Que las palomas de la ventana le están cagando las camisas. Que una toalla de color rosa –¿qué tío normal tiene una toalla de color rosa?– se ha quedado gris después de meterla en la lavadora. Para una vez que hace la colada… Espero que no se lo tome como un signo del destino.
Hace un día asqueroso. Demasiado sol. Por eso estoy a la sombra. Podría decirse que hace hasta calor. Pero, de repente, me remueve un escalofrío. Mi madre dice que para eso soy como un animal: siempre sé cuándo alguien me está mirando. Giro la cabeza.
Y le veo.
Me está mirando un crío raro, con el flequillo largo de lado, ¿le ha lamido el pelo una vaca? Un niño, si pasa la mayoría de edad, será cuestión de suerte. Enano, además, probablemente yo le saco una cabeza. Diría que está tísico, pero yo mismo estoy más bien delgado, así que mejor no opinar. Y me mira con una sonrisa de idiota. Arqueo una ceja. ¿Qué le pasa? Echo un ojo a mi alrededor para comprobar si no soy yo el objeto de su estudio visual, pero parece que me equivoco.
Intento volver a mis apuntes, la perspectiva de la grada me está quedando bastante bien. Pero no puedo concentrarme. Siento sus ojos clavados en la nuca. Aprieto el lápiz y le lanzo una mirada amenazadora. Él, rojo como un pimiento, desvía la vista con aire fantasioso. Hace como que estudia las piedras. Que ajusta su reloj. Retuerce el pañuelo que lleva puesto con dos dedos. Y vuelve a mirarme por el rabillo del ojo. Vomitivo. Dios mío, ¿de qué película adolescente se ha escapado?
No lo soporto.
Me levanto, recojo mis cosas y me voy. Ya terminaré la grada. Camino con rapidez, me sumerjo en el mar de turistas y lo pierdo de vista. Menos mal. Encuentro un nuevo sitio para colocarme y paso la página. Hojeo mis trabajos. Y me sube el corazón a los colmillos. Normalmente tomo notas cuando dibujo. Apunto nombres, medidas, cosas así. Entre las últimas piedras viejas que he dibujado, he escrito sin querer: Frani. Incluso he hecho un bosquejo de dos ojos, ¿serán los suyos?
Resoplo con brusquedad. Desde luego, hoy no es mi día.
—¡Qué pasada! ¡Es una maravilla de dibujo!
Ma, che cosa!?
Miro para arriba y contengo un grito. ¡Tengo al crío detrás, mirando mi dibujo por encima del hombro! Cierro el bloc, me pongo de pie y camino. Me sigue.
—¿Estudias Bellas Artes? —jadea, porque le cuesta seguirme el paso.
—No —gruño, y es todo lo que le voy a responder. Me vibra el móvil. ¿Es que todo me tiene que salir mal hoy? El niño no ceja en su empeño y continúa detrás de mí.
—Tus bocetos… —esquiva a una pareja de empalagosos y a un niño pesado—. ¡Tus bocetos son una maravilla! ¡Es increíble lo que haces con cuatro trazos…! Ya quisiera yo…
—¿Pero me quieres dejar en paz, tío raro? —me vuelvo, de repente, y le grito.
Él parpadea muchas veces, con los ojos muy abiertos. Si no ve el cartel de “lárgate” que tengo en la frente, es que de verdad es idiota. Abre la boca, compungido, y balbucea:
—Tienes razón… qué desastre. No me he presentado, ¡qué descortés! Hola, mi nombre es Romeo. ¿Cómo te llamas? —me tiende la mano.
Este crío es gilipollas.
—No te impor… —descuelgo mi móvil, pero no contesto. Al otro lado del teléfono, el ojiplático empieza a gritarme:
¡Giulio, tío! ¡Que las palomas han entrado en casa! ¿Qué hacemos? ¡Tío, son unas asesinas! ¡Giulio! ¿Y si nos…?—cuelgo. El mundo está lleno de idiotas. Y el idiota número uno, el que tengo delante, parece muy contento.
—¿Te llamas Giulio?
—No, me llaman así por hobby. ¡Piérdete!
Casi lo empujo para quitarlo del medio. Me alejo rápido, no vaya a ser que se venga detrás. Mientras camino guardo el bloc y las gafas en la bandolera, saco el bono del metro y me cabreo todavía más. Qué pesadez humana, ¿por qué la gente es tan rara?
Subo en el primer tren que pasa. Me quedo de pie, junto a la barra, y poco a poco me voy calmando. No soporto a la gente, de verdad que sería feliz en un mundo en el que viviera yo solo. Lo cual, en mi situación, es bastante paradójico. Porque, por si no había tenido bastantes locos esta mañana, ahora me voy a ver a mi madre. 

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