Dejo
el lápiz sobre el bloc, me quito las gafas y me froto los ojos. Llevo casi dos
horas dibujando, perdiendo el tiempo y recibiendo mensajes de texto absurdos de
mi compañero de piso, el ojiplático. Que las palomas de la ventana le están
cagando las camisas. Que una toalla de color rosa –¿qué tío normal tiene una
toalla de color rosa?– se ha quedado gris después de meterla en la lavadora.
Para una vez que hace la colada… Espero que no se lo tome como un signo del
destino.
Hace
un día asqueroso. Demasiado sol. Por eso estoy a la sombra. Podría decirse que
hace hasta calor. Pero, de repente, me remueve un escalofrío. Mi madre dice que
para eso soy como un animal: siempre sé cuándo alguien me está mirando. Giro la
cabeza.
Y le
veo.
Me
está mirando un crío raro, con el flequillo largo de lado, ¿le ha lamido el
pelo una vaca? Un niño, si pasa la mayoría de edad, será cuestión de suerte.
Enano, además, probablemente yo le saco una cabeza. Diría que está tísico, pero
yo mismo estoy más bien delgado, así que mejor no opinar. Y me mira con una
sonrisa de idiota. Arqueo una ceja. ¿Qué le pasa? Echo un ojo a mi alrededor para
comprobar si no soy yo el objeto de su estudio visual, pero parece que me
equivoco.
Intento
volver a mis apuntes, la perspectiva de la grada me está quedando bastante
bien. Pero no puedo concentrarme. Siento sus ojos clavados en la nuca. Aprieto
el lápiz y le lanzo una mirada amenazadora. Él, rojo como un pimiento, desvía
la vista con aire fantasioso. Hace como que estudia las piedras. Que ajusta su
reloj. Retuerce el pañuelo que lleva puesto con dos dedos. Y vuelve a mirarme
por el rabillo del ojo. Vomitivo. Dios mío, ¿de qué película adolescente se ha
escapado?
No lo
soporto.
Me
levanto, recojo mis cosas y me voy. Ya terminaré la grada. Camino con rapidez,
me sumerjo en el mar de turistas y lo pierdo de vista. Menos mal. Encuentro un
nuevo sitio para colocarme y paso la página. Hojeo mis trabajos. Y me sube el
corazón a los colmillos. Normalmente tomo notas cuando dibujo. Apunto nombres,
medidas, cosas así. Entre las últimas piedras viejas que he dibujado, he
escrito sin querer: Frani. Incluso he
hecho un bosquejo de dos ojos, ¿serán los suyos?
Resoplo
con brusquedad. Desde luego, hoy no es mi día.
—¡Qué pasada! ¡Es
una maravilla de dibujo!
Ma, che cosa!?
Miro para arriba y
contengo un grito. ¡Tengo al crío detrás, mirando mi dibujo por encima del hombro!
Cierro el bloc, me pongo de pie y camino. Me sigue.
—¿Estudias Bellas
Artes? —jadea, porque le cuesta seguirme el paso.
—No —gruño, y es
todo lo que le voy a responder. Me vibra el móvil. ¿Es que todo me tiene que
salir mal hoy? El niño no ceja en su empeño y continúa detrás de mí.
—Tus bocetos…
—esquiva a una pareja de empalagosos y a un niño pesado—. ¡Tus bocetos son una
maravilla! ¡Es increíble lo que haces con cuatro trazos…! Ya quisiera yo…
—¿Pero me quieres
dejar en paz, tío raro? —me vuelvo, de repente, y le grito.
Él parpadea muchas
veces, con los ojos muy abiertos. Si no ve el cartel de “lárgate” que tengo en
la frente, es que de verdad es idiota. Abre la boca, compungido, y balbucea:
—Tienes razón… qué
desastre. No me he presentado, ¡qué descortés! Hola, mi nombre es Romeo. ¿Cómo
te llamas? —me tiende la mano.
Este crío es
gilipollas.
—No te impor…
—descuelgo mi móvil, pero no contesto. Al otro lado del teléfono, el ojiplático
empieza a gritarme:
—¡Giulio, tío! ¡Que las palomas han entrado
en casa! ¿Qué hacemos? ¡Tío, son unas asesinas! ¡Giulio! ¿Y si nos…?—cuelgo.
El mundo está lleno de idiotas. Y el idiota número uno, el que tengo delante,
parece muy contento.
—¿Te llamas Giulio?
—No, me llaman así
por hobby. ¡Piérdete!
Casi lo empujo para
quitarlo del medio. Me alejo rápido, no vaya a ser que se venga detrás.
Mientras camino guardo el bloc y las gafas en la bandolera, saco el bono del
metro y me cabreo todavía más. Qué pesadez humana, ¿por qué la gente es tan
rara?
Subo en el primer
tren que pasa. Me quedo de pie, junto a la barra, y poco a poco me voy
calmando. No soporto a la gente, de verdad que sería feliz en un mundo en el
que viviera yo solo. Lo cual, en mi situación, es bastante paradójico. Porque,
por si no había tenido bastantes locos esta mañana, ahora me voy a ver a mi
madre.
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