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¡Que te diviertas con Giulio y Romeo!


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domingo, 20 de marzo de 2011

Giulio - II


En Furio Camillo han quitado un anuncio de guitarras eléctricas que me gustaba. Ahora un enorme collage ocupa su lugar. Lo paso de largo, bajo las escaleras eléctricas y espero mi metro. Tengo que hacer transbordo, pero lo bueno de Roma es que su subterráneo es muy rápido. Lo malo, que sólo tiene dos líneas. Cada vez que levantan el suelo se encuentran una piedra vieja. Qué coñazo de ciudad. 
Me coloco los auriculares en las orejas y enciendo mi reproductor de música. Empieza a sonar World spins madly on, una de mis canciones favoritas de The Weepies. Me aporta unas notas de alegría, porque de verdad estoy de mal humor. Aparte del madrugón, no me gusta el sol ni tener que hacer prácticas a las ocho de la mañana en el anfiteatro más famoso del mundo.
Menos mal que entro gratis en todos esos sitios. En la Tor Vergata tenemos un papel especial, un pase, el attestato, con el que tenemos vía libre en todos los monumentos de la ciudad. Todos los estudiantes de Arquitectura, Bellas Artes e Historia del Arte lo tienen. De hecho, se prepara un papel especial para los estudiantes Erasmus. Y no sé si los de Historia también cuentan con uno.
Tarareo en voz baja mientras espero mi metro en Termini.
And the world spins madly on…
Totalmente de acuerdo. El mundo es una locura. Mi mundo es una puñetera locura. En mi bolsillo, el móvil sigue zumbando. Ni lo miro, sé que sigue siendo Fran. O mi madre. A ninguna de las dos voy a cogérselo, se supone que estoy en una práctica. Me concentro en mi canción.
Me gustan las melodías suaves de guitarra, letras tristes o reflexivas, letras que no se dedican a berrear lo feliz que uno se siente. ¿Para qué restregarle a otro tu felicidad? Todas esas canciones se me antojan pesadas. Y las canciones de amor… bueno, depende de qué canciones. Y depende de qué amor.
La voz oxidada y distorsionada anuncia mi parada. Dios, es como un ganso atragantado. Que alguien lo libere de su sufrimiento y le pegue un tiro a los altavoces. Subo las escaleras y el enorme anfiteatro de piedra se muestra ante mí. De crío me encantaban los cuentos de gladiadores y tenía un montón de libros ilustrados de la antigua Roma, y pegatinas, hasta gladios de madera. Un friki, vaya. Ahora sólo me parecen un montón de piedras que me han hecho madrugar. Malditas sean.
Mi móvil no deja de zumbar. En un arranque de mala leche descuelgo sin mirar.
Pronto!?
Me contesta una voz muy suave y compungida.
Hm… Bon giorno, Giulio… —dice. Me muerdo el labio. He de hacer un esfuerzo interesante para no colgar el teléfono.
—Hola. ¿Qué pasa? —suelto el aire muy despacio. Es Fran.
—Sabía que tenías que hacer una práctica hoy… Tu madre me pidió que te llamara por si te quedabas dormido. Ella tenía que irse a clases de flamenco… o algo parecido.
—Qué simpática ella —gruño—. ¿Y que me traigas el almuerzo en una bolsa de papel con dibujitos no te lo ha pedido?
Al otro lado del teléfono, ella se ríe. Se ríe. Yo no la entiendo. De todas las personas que viven en Roma, Francesca es la única que se divierte con mi mal humor. Y es la única que, con su risa, no consigue cabrearme. Me relaja. Lo que no me relaja es que mi madre vaya pidiéndole que me cuide. Por Dios, no soporto que la gente esté pendiente de mí.
—Escucha, siento el madrugón. Ya te compensaré —me froto la cabeza. Me da mucha rabia, pero me estoy sonrojando—. Ahora tengo que entrar al Coliseo. Ya te llamaré.
—De acuerdo —susurra ella, con esa vocecilla casi ridícula de suave que es—. Que te sea leve, Giulio. Ciao!
Ciao, Frani.
Y cuelgo. Voy a matar a mi madre. Igual le tiro a la cabeza una de esas piedras viejas que tengo que dibujar. Entro en el Coliseo, le enseño al guarda mi pase VIP y me subo a las gradas de arriba para empezar a hacer dibujos. Resoplo y vuelvo a ponerme la canción de The Weepies al tiempo que saco las gafas y el bloc. Supongo que tendré que llamar a Francesca después, o mi madre me cortará la cabeza.
Por cierto, Francesca es la chica con la que tengo concertado matrimonio. 

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