En Furio Camillo han quitado un
anuncio de guitarras eléctricas que me gustaba. Ahora un enorme collage ocupa
su lugar. Lo paso de largo, bajo las escaleras eléctricas y espero mi metro.
Tengo que hacer transbordo, pero lo bueno de Roma es que su subterráneo es muy
rápido. Lo malo, que sólo tiene dos líneas. Cada vez que levantan el suelo se
encuentran una piedra vieja. Qué coñazo de ciudad.
Me coloco los auriculares en las
orejas y enciendo mi reproductor de música. Empieza a sonar World spins madly on, una de mis
canciones favoritas de The Weepies. Me aporta unas notas de alegría, porque de
verdad estoy de mal humor. Aparte del madrugón, no me gusta el sol ni tener que
hacer prácticas a las ocho de la mañana en el anfiteatro más famoso del mundo.
Menos mal que entro gratis en todos
esos sitios. En la Tor Vergata tenemos un papel especial, un pase, el attestato, con el que tenemos vía libre
en todos los monumentos de la ciudad. Todos los estudiantes de Arquitectura,
Bellas Artes e Historia del Arte lo tienen. De hecho, se prepara un papel
especial para los estudiantes Erasmus. Y no sé si los de Historia también
cuentan con uno.
Tarareo en voz baja mientras espero mi
metro en Termini.
—And
the world spins madly on…
Totalmente de acuerdo. El mundo es una
locura. Mi mundo es una puñetera locura. En mi bolsillo, el móvil sigue
zumbando. Ni lo miro, sé que sigue siendo Fran. O mi madre. A ninguna de las
dos voy a cogérselo, se supone que estoy en una práctica. Me concentro en mi
canción.
Me gustan las melodías suaves de
guitarra, letras tristes o reflexivas, letras que no se dedican a berrear lo
feliz que uno se siente. ¿Para qué restregarle a otro tu felicidad? Todas esas
canciones se me antojan pesadas. Y las canciones de amor… bueno, depende de qué
canciones. Y depende de qué amor.
La voz oxidada y distorsionada anuncia
mi parada. Dios, es como un ganso atragantado. Que alguien lo libere de su
sufrimiento y le pegue un tiro a los altavoces. Subo las escaleras y el enorme
anfiteatro de piedra se muestra ante mí. De crío me encantaban los cuentos de
gladiadores y tenía un montón de libros ilustrados de la antigua Roma, y
pegatinas, hasta gladios de madera. Un friki, vaya. Ahora sólo me parecen un
montón de piedras que me han hecho madrugar. Malditas sean.
Mi móvil no deja de zumbar. En un
arranque de mala leche descuelgo sin mirar.
—Pronto!?
Me contesta una voz muy suave y
compungida.
—Hm…
Bon giorno, Giulio… —dice. Me muerdo el labio. He de hacer un esfuerzo
interesante para no colgar el teléfono.
—Hola. ¿Qué pasa? —suelto el aire muy
despacio. Es Fran.
—Sabía que tenías que hacer una
práctica hoy… Tu madre me pidió que te llamara por si te quedabas dormido. Ella
tenía que irse a clases de flamenco… o algo parecido.
—Qué simpática ella —gruño—. ¿Y que me
traigas el almuerzo en una bolsa de papel con dibujitos no te lo ha pedido?
Al otro lado del teléfono, ella se
ríe. Se ríe. Yo no la entiendo. De todas las personas que viven en Roma,
Francesca es la única que se divierte con mi mal humor. Y es la única que, con
su risa, no consigue cabrearme. Me relaja. Lo que no me relaja es que mi madre
vaya pidiéndole que me cuide. Por Dios, no soporto que la gente esté pendiente
de mí.
—Escucha, siento el madrugón. Ya te
compensaré —me froto la cabeza. Me da mucha rabia, pero me estoy sonrojando—. Ahora
tengo que entrar al Coliseo. Ya te llamaré.
—De acuerdo —susurra ella, con esa
vocecilla casi ridícula de suave que es—. Que te sea leve, Giulio. Ciao!
—Ciao,
Frani.
Y cuelgo. Voy a matar a mi madre.
Igual le tiro a la cabeza una de esas piedras viejas que tengo que dibujar.
Entro en el Coliseo, le enseño al guarda mi pase VIP y me subo a las gradas de
arriba para empezar a hacer dibujos. Resoplo y vuelvo a ponerme la canción de
The Weepies al tiempo que saco las gafas y el bloc. Supongo que tendré que
llamar a Francesca después, o mi madre me cortará la cabeza.
Por cierto, Francesca es la chica con
la que tengo concertado matrimonio.
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