Cuando
salgo otra vez a la calle, me envuelve un olor familiar. Es el de una trattoria cercana. Me trae tantos recuerdos.
Mi madre vive en uno de los barrios más pijos de toda Roma, en un duplex espacioso y que ha reformado, por
lo menos, doce veces. Pero eso en ella es normal. Al menos una vez al mes
cambia toda la decoración. Y cuando digo toda es toda. La última vez cambió las
escaleras de mármol por unas de forja, de caracol. Mi madre está loca.
Camino
por la calle lamentando no haber cogido las Rayban que me regaló por mi
cumpleaños. Qué asco de luz solar, yo debería haber nacido murciélago. Cuando
llego al ostentoso portal, el portero se pone firme y hace una ligera
reverencia.
—Buenos días, signore Scamozzi.
Hago un gesto con
la cabeza y me pregunto qué tienen de buenos. El piso de mi madre es el ático.
Espero al ascensor y toso un par de veces. Todo el edificio despide un perfume
dulzón y probablemente muy caro al que no me he acostumbrado. Ni siquiera
después de veinte años viviendo allí. La puerta de mi madre tiene un enorme
león en el dintel, de mármol de Carrara, que me mira con mala leche. Me dan
ganas de enseñarle los dientes, a ver quién tiene peor cara.
Llamo al timbre,
suenan las campanas de Santa María di Fiore y me abre Emilio, el mayordomo de
mi madre. Con un escurridor de pasta en la cabeza. Ma, che cosa…!?
—¡Emilio! ¿Qué
haces con…?
—Protegiendo las
pocas ideas que me quedan sanas, signorino
—dice, y con la mano en mi hombro empuja hacia abajo. En el marco de la puerta
se clava un puñal. Pego un grito.
—¡Voto a bríos, que
el anciano tiene buenos reflejos! ¡Pardiez, maldita tu suerte! Hubiera acertado
en todo tu cogote, puedes jurarlo.
—Sin duda, signora.
—¿Quién viene a
importunar nuestra sesión de puntería? ¡Que se presente o, voto a tal, le
rebanaré el pescuezo!
Esa que está
hablando como si acabara de salir del siglo XVII es mi madre. Levanto la mano y
la saludo, con una media sonrisa asustada. La veo encima del respaldo de un
sofá, con un corpiño ajustado, unas botas altas y todo su pelo oscuro al
viento. Y con dos puñales más. Pero en cuanto me ve, los guarda en un cinturón
de cuero, da un salto y viene corriendo hacia mí.
—Il mio ragazzo! Carne de mis entrañas,
luz de mi vida, ¡ven a darle un abrazo a tu vieja madre! Qué precioso estás,
¿te quedas a comer? Te ruego, comparte mi comida conmigo. Emilio, presto! Pon un poco más de condimento en el jornal, ¡el
chico se queda a comer! Pasa, pasa, y ponte cómodo, ¡tráeme las buenas nuevas! Emilio, presto! ¡Un refrigerio para
nuestro joven signore!
Me dejo caer en el
sofá, de estilo neoclásico, con un suspiro de alivio. Por Dios, tendré que
reconocerlo, mamá está muy guapa vestida de mosquetera. O de algo parecido. Y
es que mi madre cada día hace de su vida una aventura diferente. Escoge una
nueva afición, escoge una nueva época. Cada día es una novedad. Desde Reina de
Saba, pasando por domadora de tigres, hasta marquesa de la Edad Media. Que, por
cierto, fue ese mismo día en el que me prometió con Fran…
Emilio me trae un
zumo de naranja recién exprimido. Adoro a este viejo pingüino. No se ha quitado
el escurridor de la cabeza.
—¿Cómo es que hoy
le ha dado por esto? —le susurro.
—Volvió a leer las
novelas del capitán Alatriste, signorino,
cuando ayer decía que era una buscadora de tesoros del otro lado del Missisipi
—responde, diligente.
—¿Qué? ¡Te pedí que
las escondieras! ¡Nada de cosas relacionadas con armas!
—Su madre es sagaz,
signorino, y las encontró. Recemos
por que no quiera adquirir un cañón o un navío de la Armada Invencible…
—¿Qué chismorreáis,
pardiez? ¡Parecéis mujeres! —suelta una carcajada muy masculina y pone los dos
pies sobre la mesa. Se acomoda y me dirige una sonrisa preciosa. Qué guapa es—.
Tesoro, cuéntame, cuéntale a tu madre.
Siempre quiere que
le cuente cosas. Es como si tuviera miedo de que la fuera a abandonar. ¡Ja!
Nadie está tan loco como para abandonar a una madre. Porque será excéntrica,
extraña y estará como una regadera. Pero es mi madre, y la quiero. Creo que
ella y Emilio son las únicas personas que quiero en este mundo.
De repente, y para
mi desconcierto, me pasa por la cabeza la risa de Fran y la cara de idiota de
ese niño raro del Coliseo.
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