Éxito.
La palabra es éxito.
La
idea de cantar a dúo Dream On me ha
pillado por sorpresa. Es el regalo personal de Iván para terminar el concierto.
Y la gente se ha vuelto loca. Yo creo que reviento de placer. De locura, de
euforia. Entre los espectadores, he descubierto la preciosa sonrisa de Fran. Y,
por qué no decirlo, la mirada de orgullo y locura de mi madre, que parece una
motera con su chupa de cuero, sus uñas pintadas de negro y su maquillaje,
oscuro y profundo. Emilio, el pobre, ha venido también caracterizado como un
amante del rock.
Euforia,
locura, excitación.
Dentro
de mí se despierta una sensación confusa. Extraña y nueva. En medio del
estribillo, mis ojos se encuentran con los del niñato del Coliseo. Es Romeo. Ha
venido. En el pecho, el corazón me da un aviso. Como un latido más intenso.
Está aquí. De verdad ha venido.
Trago
saliva y, por un segundo, mis dedos se separan del mástil. Afortunadamente,
vuelvo de inmediato. Un tipo gigantesco se pone delante del chiquillo, y lo
pierdo de vista. nada, inútil. Por más que lo busque, no lo encuentro.
Suspiro,
y decido disfrutar al máximo de los pocos segundos de música que me quedan.
Probablemente, se haya marchado. Esto… no es para nada lo suyo.
En
fin.
Iván
me hace saludar trescientas veces cuando acaba el concierto. Como bises,
tocamos Spark in the dark, de Alice
Cooper, y Sweet Child o’mine. Estamos
sudorosos, cansados, casi temblando todavía, pero nuestro primer concierto ha
sido un éxito. El ojiplático me abraza, en los improvisados camerinos de detrás
del escenario. Damos verdadero asco. Pero nos abrazamos.
—¡Yeah! —no deja de
gritar —. ¡Grande, grandísimo! ¡Eres el mejor guitarrista del mundo, hijo de
mala madre! ¡El metal corre por tus venas!
—¡Y por mi cara corre tu saliva! —le suelto —. Vete a lavarte la
cara y deja de escupirme, heavy-guarro. ¡Y traeme una cerveza!
Nos partimos de risa. Felicitamos al resto de miembros del grupo y
yo me dirijo al lavabo. Da grima, pero estoy demasiado feliz como para que me
importe. Me quito la camiseta y me echo agua en todo el pecho. Tengo muchísimo
calor. Por suerte, he venido preparado. Tengo una toalla y otra camiseta en la
mochila. Las gotitas resbalan por mi pecho y se quedan en el ombligo. El
titanio que me cuelga del cuello brilla, mojado.
Apoyo las palmas en la pila, cierro los ojos, y me río yo solo. No
ha estado nada mal. Me ha encantado, a decir verdad. Esto ha sido un concierto
de verdad, desde luego. Algo que recordaremos siempre.
Qué asco doy. Menudo blandengue.
Tanteo con la mano, busco la toalla. Me seco la cara y los brazos,
me seco la barriga y suspiro. Tengo la garganta como un desierto, necesito esa
cerveza.
—¡Iván! —grito. No tengo respuesta, escucho que se abre la puerta
de metal del “camerino” —. ¡Eh, ojiplático! ¿Viene esa cerveza o no viene? ¡Que
me muero de sed!
Nada, no me contesta nadie.
Resoplo.
Mierda, me he dejado la camiseta limpia fuera.
Salgo
del baño, tiro la toalla encima de una silla y veo a Iván parado en el umbral
de la puerta.
—Eh, metalero. Que te acabo de pedir una cerveza. ¿Quieres matar
de sed al mejor guitarrista que jamás tendrás? —le voy diciendo, mientras me
acerco. Le doy un golpe en la espalda y, de repente, me quedo helado.
Y no sólo porque el aire que entra me da directamente en la piel.
Es que tengo a Romeo delante, con cara de susto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario