Todavía permanezco en la misma
posición un minuto. Quizá dos.
Sacudo la cabeza, como si así pudiera
espantar los pensamientos que se agolpan en mi cabeza.
¿Por qué “le apetecía”? ¿Por qué “se
alegra de verme”?
¿Hola?
Que levante la mano quien lo entienda.
Me dirijo de nuevo hacia la masa de
gente con la esperanza de encontrar a Claudia e irnos de Cutrelandia. La verdad
es que después de las palabras de Giulio, no sabría qué hacer si me lo volviera
a encontrar.
Obviamente, no doy con ella, así que
opto por ir a la barra, que es el punto de reunión en ocasiones como esta. Allí
no hay nadie –al menos que yo conozca-, de manera que espero recostado contra
la pared hasta que aparezcan. Creo distinguir, en un momento determinado, el
pelo de Giulio. Pero para cuando me quiero fijar más, ha desaparecido de mi
campo de visión.
En fin.
—¡Romeooo!
Giro la cabeza hacia la izquierda y me
encuentro con Camillo. Está apoyado contra la pared, y adivino por su poca
estabilidad lo mucho que ha bebido. Resoplo y me acerco a él para ayudarle a
mantenerse de pie.
—¡Viva
el rock! —grita
cuando empiezo a arrastrarle hacia la salida.
A nuestro paso algún que otro
personaje se gira y le palmea el hombro por su repentino amor hacia este tipo
de música. Cuando finalmente salimos, cojo una bocanada de aire y siento a
Camillo en el bordillo de la acera. Luego miro hacia la entrada, dubitativo.
Opto, finalmente, por enviarle un mensaje a Claudia. Mientras tanto, me dejo
caer al lado de Camillo, que comienza a divagar.
—Pero
el heavy… ¿viene del rock? —se
rasca la nariz—. ¿O
al revés? ¿O qué pasó ¿Quién rompió la primera guitarra?
Lo miro de reojo con el ceño fruncido.
Está fatal.
—Pues
a mí no me ha gustado –declara al final-. Alessandra se ha ido y no la he visto
en toda la noche.
—Sí,
se ha ido a buscarte. Tú has sido el primero en desaparecer —le corrijo guardando el
móvil y mirando hacia la puerta del garito.
Durante unos segundos se
queda mirándome fijamente, como si de verdad su cabeza la permitiera pensar en
estos momentos. Luego, desvía la mirada hacia un punto inexacto de la
carretera.
—Pero
si a mí me gusta…
Le miro con sorpresa. Una cosa es que
todos lo sepamos, pero hasta la fecha no teníamos ninguna prueba de que Camillo
hubiera admitido sus sentimientos. Desde luego, es una revelación.
—Pues
nadie lo diría… —comento.
—Claro
—asiente
y me mira, confidente—.
Porque si no sería demasiado fácil… —frunzo
el ceño y, antes de que pueda hablar, me interrumpe—. Son las cosas que hacen
gracioso el amor y todo eso. Es un juego…
La puerta de la entrada se abre. De
ella salen Claudia y Alessandra torpemente. La primera se me acerca y observa
el estado de Camillo. Bufa.
—No se
te puede sacar de casa, ¿eh?
—Sho…
controlo —acierta
a decir Camillo.
Alessandra mueve la cabeza, pero veo
en su mirada que se siente incapaz de hacer comentarios. Además, está encogida
sobre sí misma, lo que demuestra que se está congelando. Me incorporo y me
quito la cazadora. Luego, mientras se la pongo sobre los hombros, les propongo
la idea de coger un taxi y llevar a Camillo a casa.
—Creo
que ha sido a mejor idea de toda la noche —murmura
Claudia, resignada por la extraña velada que hemos pasado.
Ya en el taxi, miro por la ventana las
calles de Roma. Y me pregunto, si como Camillo, Giulio cree que casi todo lo
que le rodea… es un juego.
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