—¡Me cago en la puta! —Iván cierra la puerta tan fuerte que se
tambalea toda la pared. Yo estoy a punto de darme contra los azulejos en toda
la frente.
—Iván, cálmate —intento parecer tranquilo. Una mierda, estoy
literalmente muerto del miedo —. No lo saques de quicio.
—¿Qué era esa cosa? ¿Qué coño era esa cosa? —sigue gritando él,
agarrado al vano de la puerta del cuarto de baño. De casa de mi madre, por
cierto —. Porca putanna!
El aseo es muy pequeño y estar los dos histéricos dentro no es muy
tranquilizador. Fuera, escuchamos las carcajadas de mi madre. Yo trago saliva
y, temblando, alargo los dedos para agarrar el picaporte. Iván me detiene.
—¿Estás loco?
—Algún día tendremos que salir…
—¡No mientras eso siga ahí fuera!
—Va, hombre, que no es para tanto.
—¿Pero tú estás ciego o qué? ¿Cómo que “no es para tanto”?
Escuchamos que algo rasca la puerta. Nos apartamos de un salto y
yo me doy en la coronilla con el mueble de las colonias de colección de mi madre.
Del golpe, los frasquitos se tambalean, y la fragancia de muestra de
Dolce&Gabanna se rompe en el centro de la espesa mata de pelo del
ojiplático.
La puerta se abre y aparece Emilio, vestido únicamente con una
túnica de estampado de leopardo, su pajarita y sus zapatos de pingüino. Por
detrás, se ríe mi madre.
—Endebles criaturas de ciudad, pobres cobardes. Salid, dejad de
esconderos como ratas en los rinconces. Este pequeño es inofensivo.
Minutos después, Iván y yo estamos sentados en una masa de cojines
de todos los colores, los dos literalmente pegados. Yo tengo un chichón del
tamaño de una pelota de tenis y mi amigo apesta a colonia de señora. El tic-tac
del reloj me está machacando los oídos.
A nuestro lado, mi madre conversa alegremente sobre lo que le
entusiasmó el concierto. Lleva puesta una chilaba preciosa, con piedrecillas de
colores, cristalitos e hilo dorado. Parece sacada de Las Mil y Una Noches. Toda
la casa está decorada con plantas exóticas, fuentes y pajarracos gritones. Como
si de verdad aquello fuera la selva. Y juraría que es de ahí de donde ha salido
el nuevo amiguito de mi madre, que ronronea junto a ella como un gatito bueno.
Iván tiene la mirada perdida al frente.
—Un tigre —dice —. Tu madre tiene un tigre.
Yo suspiro.
—Sí.
De vuelta a casa, Iván va quejándose todo el rato del susto que
los dos nos hemos dado, pero yo le increpo que fue decisión suya acompañarme,
así que no tiene por qué protestar. Me apetecía hacerle una visita a mi madre,
pero parece ser que se levantó con el orientalismo subido y quiso recrear en
nuestro salón los jardines del Partal, en la Alhambra. Una maravilla. Al menos,
Emilio estaba vestido, porque había escuchado que los eunucos y los sirvientes
podían ir perfectamente desnudos.
Rechazo esa imagen mental, requiere más anatomía de la
estrictamente necesaria.
Subimos al piso y mi amigo el ojiplático va derecho a por una
cerveza que le rebaje los nervios. Yo me dejo caer en la cama y me quito las
gafas. Estoy hecho polvo. Mi madre se supera día a día, hay que reconocerlo. Me
quito la chaqueta y, cuando voy a sacar el móvil del bolsillo, encuentro un
papelito amarillo doblado.
Deshago el pliegue y arqueo una ceja.
No pude evitar fijarme en que
acudió al concierto tu amigo Romeo. Interesante. ¿El jovencísimo efebo fue en
busca de su pasional amante masculino? Quizá seas tú el maestro que puede
enseñarle cuanto necesita.
Sé que es una broma de mi madre, pero arrugo la nota y la lanzo
contra la pared. Muy, pero que muy graciosa. Eso del orientalismo se le ha subido
a la cabeza.
Me tengo que morder el labio cuando veo una llamada perdida de
Romeo en mi teléfono móvil. Cuando se lo enseño a Iván, que todavía está
aturdido por lo del tigre, se encoge de hombros.
—¿Lo vas a llamar? —me lo pienso un momento.
—No lo sé. Confieso que me da curiosidad. ¿Qué querrá?
—¿Cómo voy a saberlo? ¡Nunca lo sabrás si no lo llamas! —gruñe, y
se encierra en su habitación. Dos segundos después, Black Sabbath está llenando
el ambiente del piso.
Vuelvo a mi cuarto y dejo el móvil encima de la mesa.
No voy a llamarlo.
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