Me pego con un sonoro cabezazo contra
la ventana del autobús.
—Auch… —murmuro llevándome una mano a
la sien, y lanzando una mirada frustrada hacia el conductor que, como la mayoría
de los italianos, disfruta jugándosela con la muerte cada vez que se sube a un
vehículo de cuatro ruedas.
Debe ser la resaca, pero estoy
realmente apático. Lo noto. Y eso que yo soy una persona alegre… o, al menos,
lo era. Suspiro largamente y jugueteo con los cordones de mi sudadera a rallas.
Sé que me comprometí a sacar a Alessandra de su casa fuera como fuera, pero en
el fondo lo que me gustaría es que alguien me animara a mí. Debe ser la resaca –eso
me esfuerzo en pensar-, pero en mi mente sólo está Giulio.
Creo que es masoquismo. Es evidente
que no soy para él nada más que una distracción, una manera de pasar el rato.
La realidad es que yo soy el problemático, el tarado. El que no se puede
olvidar de su mirada. Sólo pensar en la última vez que nos vimos hace que se me
erice el vello de la nuca… Aunque quizá tenga algo que ver el hecho de que iba
semi-desnudo.
Joder.
Ojalá está desagradable sensación
fuera sólo la resaca.
Me bajo en la parada más cercana a
casa de Alessandra, y camino por el parque en el que la he citado. Hoy está
nublado, y hace un poco más de frío. Me arrebujo en la sudadera y maldigo el día,
que parece haberse levantado del mismo humor que yo.
Cuando llego a la esquina, me detengo
para buscarla en la acera de enfrente.
Ni-rastro.
Ahogando una maldición, me acerco
hasta la parada de metro y me recuesto contra la estructura. Estoy tan absorto
en mis pensamientos, que sólo el escuchar una estridente voz a mi lado hace que
salga de ellos.
—¿Qué? ¿Hacia dónde…? ¿Pero no me has
dicho qué bajara en…? Mira que estás capullo…
Poco acostumbrado a reacciones de ese
tipo, me permito echar un vistazo al autor de las preguntas, pero el pelo le
cubre tanto la cara que apenas consigo verla.
Hasta que gira la cabeza en mi dirección.
Y me quedo blanco como la pared.
Es Giulio.
Él, todavía teléfono en mano, abre la
boca y se queda paralizado. Enarco una ceja lentamente, sin ser consciente de
mi gesto extrañado. Ambos sabemos que es demasiado tarde para fingir habernos
visto, pero ninguno se decide a saludar.
—Ahm, sí, sí, te oigo —suelta entonces
Giulio y, enfadado, se dirige a la voz que le grita a través del aparato—. Ya
me apaño. Sí —sarcástico, deja escapar una risa amarga—: Ah, pues no sé… Hay
una cosa llamada mapa. Para no verla con tus ojazos, cabrón.
Reprimo
llevarme una mano al corazón, que late desbocado. Me ha afectado más de lo que
pensaba ese amago de sonrisa, tan inalcanzable como extrañamente agradable.
Finalmente,
Giulio cuelga el teléfono con un movimiento de barbilla y, tras guardarlo en el
bolsillo de su vaquero, se queda mirándome.
—Ciao
—consigo decir tras unos segundos que se me antojan horas. Qué-lento-estoy.
—Ei.
—Hmm,
¿qué tal?
—Aquí.
Un
premio a esta conversación, en serio. Viva la elocuencia.
Antes
de perder la oportunidad de perderlo de vista –no hace falta ser un genio para
saber qué está intentando llegar a algún sitio-, mi cerebro reacciona y me
permite elaborar una frase de más de tres palabras.
—¿Vas
a otro concierto o algo así?
—Realmente,
no.
Lo
evalúo desde mi posición y me doy cuenta de que su rabia no está canalizada hacia
mí. A pesar de nuestro último encuentro, supone toda una sorpresa.
Parece
captar mi mirada estudiosa, y se apresura a carraspear:
—Voy
a ver un local para ensayar, pero no me han indicado bien. Estoy… hmm, perdido.
Supongo.
Es
increíble, pero Giulio parece estar esforzándose en ser educado. Por un motivo
que, obviamente, se me escapa.
Asiento
y esbozo una sonrisa. Decido no pensar demasiado. Dejarse llevar, que dicen,
por esta sensación que me recorre entero.
—Si
quieres, te ayudo —me ofrezco—. Soy un completo desastre con la orientación,
pero cuatro ojos ven más que dos, ¿no?
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